Retrato de un hilo



Leyendo el libro de Irazoki he recordado una reflexión extraordinaria de Umbral sobre Lorca. Decía que el libro más surrealista de Lorca es el Romancero Gitano porque es el que contiene imágenes más parecidas a la plástica de los sueños, en los que unos objetos evocan a otros y se transforman en otros. El surrealismo de Irazoki en Retrato de un hilo pertenece a esa especie de surrealismo puro, donde una mujer va con su hijo de la mano y ambos van transformándose a lo largo del poema hasta ser otras cosas, según se miran o se cruzan con otras personas en su camino. Me ha impresionado este poema, Nublo, que es en realidad una alegoría de la maternidad. La realidad proteica no brota tanto de los personajes, como del escritor, que al mismo tiempo es el lector. Todos soñando juntos.
El hilo del poema que da nombre al libro es el Ganges, el río que nos purifica y nos cambia. El río de la multitud, el río de los vagabundos, de los seres sin rostro. Cada día nos cruzamos con ellos, pero no son para nosotros individuos, sino un paisaje. La multitud cruza a pie, caminando, silenciosa, los poemas de Irazoki. Deja huella en la mirada y es como un virus silencioso que va adueñándose de nosotros, creciendo en nuestro interior. Eso ocurre en los poemas de este libro, que es un libro, por lo que veo, de escritura anterior a Los hombres intermitentes, aunque se haya publicado después. En los hombres… el mismo título nos avisaba de que atravesábamos poemas donde faltaban cosas, como suele suceder también en los sueños, lo que es una constante en Irazoki.
Destacan los poemas citados, pero también Oración negra y Ofrenda y Las estepas. Desde las páginas de Retrato de un hilo, nos atraviesa un viento frío que viene de los sueños pero nos cambia la vigilia, como en Gregal íntimo: “En el metro, en el mercado, / en los pasillos de los hospitales, / veo que pasa delante de mí, / sin repetirse, / una cadena de hombres.// Se descuelgan de mi mente, / no me miran, se alejan, / y sus ausencias son las estrías y arrugas / de mi rostro.”
Francisco Javier Irazoki: Retrato de un hilo. Ed. Hiperión, Madrid, 2013.

Matar al mensajero



Artículo censurado: me comunican que este artículo ha sido censurado por el director de La Verdad (de Murcia) y que no va a publicarse en el diario, como ha venido haciéndose todos los domingos desde hace un lustro. Obsérvese que no digo una palabra más alta que otra, ni ninguna que no sea verdad. Evidentemente la censura es por el contenido, no por la forma.

La semana pasada desapareció AbTevé y hoy cierra sus páginas en papel La Verdad de Albacete. En semanas anteriores sufrió un fuerte recorte el diario La Tribuna. Alguien dirá que es una casualidad  y una lamentable consecuencia de la crisis, pero es mucho más que eso. Que no nos cuenten patrañas: estas pérdidas son graves y definitivas. También interesadas. No se compensan con redes sociales ni con supuestos canales alternativos. Lo que estamos perdiendo son ventanas que nos permitían asomarnos directamente a la realidad, un derecho desarrollado en el artículo 20 de la Constitución. Asomarnos a los hechos. Porque es necesario que aprendamos a distinguir entre los hechos, las opiniones y la publicidad o propaganda. La verdadera información es la que sirve una relación de los acontecimientos, lo más ecuánime posible, y deja que el ciudadano, desde el conocimiento de lo sucedido, se forme su propia opinión.
Es verdad que una de las asignaturas pendientes de nuestro sistema educativo es que aprendamos a pensar por nosotros mismos y, más todavía, que aprendamos a distinguir lo que son ideas de lo que son puras emociones. Es un problema gravísimo, que deja a la mayor parte de ese ente abstracto, conocido como opinión pública, en manos de los manipuladores, de los demagogos, de los ingenieros de la mentira. Es gravísimo porque de la opinión pública depende la democracia, este sistema imperfecto por el que dicen que nos regimos, y que consiste en dar la razón a lo que vote la mayoría de la gente cada cuatro años. La opinión pública debería conformarse a partir de los hechos, reflexionando sobre ellos, sopesando los pros y los contras, valorándolos. Pero hay una parte importante de la población que ha delegado este proceso, fundamental para ser personas realizadas, en los medios populistas que les sirven la opinión ya cocinada y lista para ser digerida, después de haberles abierto la boca con gritos o con delicadezas, según el caso, que remueven las pasiones para provocar un cortocircuito en la razón.
Los medios informativos (y no todos los que dicen serlo lo son) sirven para garantizarnos el acceso a los hechos. Cierto que la objetividad no existe, pero los hechos son los hechos. La calidad de un medio de información se mide por el rigor con que es capaz de separar lo que es información de lo que es opinión. Cuanto más diferenciadas están, más fiable es el medio. Podría enumerar hasta cuatro periódicos que sobreviven a la crisis en España en los que, desde los titulares de la portada, se está ofreciendo no ya opinión, sino directamente propaganda. Porque los medios de comunicación que no tienen subvención estatal viven de la publicidad, que es una limitación sin duda, pero también una garantía de independencia política. Como todos sabemos, la publicidad anuncia bienes o servicios. Cuando la publicidad anuncia ideas, se convierte en propaganda. Y nadie desconoce que el nazismo se alimentaba de su propia propaganda, lo que nos da una medida de lo importante que es la propaganda para sostener un régimen injusto, dañino y antidemocrático.
La desaparición en cadena de medios informativos supone la pérdida de ventanas que nos permitían asomarnos a los hechos desde una perspectiva profesional y contrastada. Por supuesto que no existe el medio perfecto y que los consumidores de esas informaciones tenemos que valorar, entre otras cosas, los intereses de los propietarios de los medios, quiénes los sostienen publicitariamente y también contrastar el relato de los hechos con otros medios para diseccionar la realidad con más precisión. Esa es una parte del proceso de pensar por uno mismo, de asegurarse de que no nos engañan. Las redes sociales permiten difundir impresiones con rapidez descontrolada, permiten concertar citas masivas, pero no siempre nos garantizan que los hechos que afirman sean reales. De ahí el calibre de la pérdida que estamos sufriendo.
Para poner un ejemplo, hay unos hechos que han puesto sobre la mesa los medios de comunicación: que un tesorero del Partido Popular acopió millones de euros y los guardó en Suiza, y que en una libreta anotó cantidades asignadas a las personas que hoy rigen el país. El resto es humareda, distracción, propaganda. Que no nos desinformen.

La palabra sabe



La Unesco decidió en 1999 que el mismo día que empieza la primavera se celebrase también el día internacional de la poesía. El jueves pasado cambió la luz ligeramente, con lo que percibimos que hemos cambiado de estación. Sin embargo, no tengo noticias de ceremonia alguna que haya servido para celebrar la poesía. Nadie de mi círculo, que es un círculo donde hay muchos poetas, me ha comentado nada al respecto. Lo que quiere decir que la naturaleza, a pesar del cambio climático, ha cumplido, al contrario que los humanos, lo que ya no es noticia a estas alturas. Si la celebración del día de la poesía se decidió para hacer visible lo invisible, para estimular lo precario, para sacar a flote lo importante, siquiera por un día, no ha cumplido ni de lejos su propósito.
No están los tiempos para poesía, que diría un tertuliano. Malos tiempos para la lírica, añadiría un cantante gallego. Da igual, porque con celebraciones o sin ellas, lo invisible forma parte de lo visible. Ahí está. Sentimos, luego nuestros sentimientos forman parte de nosotros. Y no me refiero a la pornografía emocional de los reality shows, sino a ese cúmulo de afectos cotidianos que nos sirven como brújula para saber dónde estamos en el camino de conseguir lo que nos importa. No pensamos en ellos, pero los sentimientos se enredan en las palabras, de la misma manera que la humedad del baño se adhiere al espejo. Los sentimientos no son palabras, pero las palabras nos muestran algo de la humedad que empaña nuestra vida emocional. Eso es la poesía.
“Los pitagóricos afirmaban que no oímos la música de las esferas porque suena incesantemente. Quienes viven en las orillas del mar no oyen el rumor de las olas, pero nosotros ni siquiera oímos las palabras que pronunciamos. Hablamos un miserable lenguaje de palabras no dichas a fondo. Nos miramos a la cara pero no nos vemos.” La cita no ha sido extraída de las redes sociales. La escribió Viktor Shklowski en 1923, cuando las redes sociales eran impensables, internet una quimera y la Unesco poco menos. No es una preocupación nueva. Como tampoco es nueva la conciencia de que para sentirnos vivos, para estar en el mundo, necesitamos las palabras. Pensamos con ellas. Como esbozó Benveniste, el hombre no dispone de ningún otro medio para vivir el ahora que decir: Yo, ahora.
De hecho, los límites del mundo son los del lenguaje, no hay un mundo sin palabras, como estudiamos en su día en el bachillerato, cuando vimos a Wittgenstein. De modo que las palabras están ahí, sonando, y nosotros solo tenemos que prestar la atención adecuada. Como diría John Cage, “donde quiera que estemos, lo que oímos es fundamentalmente ruido. Cuando lo ignoramos, nos perturba. Cuando lo escuchamos, nos resulta fascinante.”  Bien es cierto que el guirigay de las redes sociales, por ejemplo, muchas veces es desahogo sentimental, seguramente necesario, pero rara vez es poesía, porque no se detiene en la palabra, en su forma, en su música. Tampoco la filosofía responde a los mismos parámetros, porque la poesía “desborda lo racional, incluyéndolo; reflexiona, se emociona y siente en la misma forma indistinta con que, realmente, al vivir, reflexionamos, nos emocionamos y sentimos.”
Las citas en las que me apoyo están extraídas del libro La palabra sabe, de Miguel Casado (Valladolid, 1954). La última es suya. Se trata de una recopilación de ensayos sobre poesía del que fuera descubridor para el resto de España de Antonio Gamoneda (Gamoneda era ya un personaje en León cuando apareció su antología Edad). En La palabra sabe, Miguel Casado dedica artículos al propio Gamoneda y a José Ángel Valente, pero también a autores menos conocidos o menos leídos de ese círculo, como Manuel Padorno, José Miguel Ullán, y Vicente y Aníbal Núñez. Autores que han creado y han muerto fuera de la oficialidad, al margen de las generaciones. Casado los pone bajo la tutela de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez y nos va alumbrando con su candil el camino de cada una de sus obras. No diré que son invisibles, pero casi, en el mundo invisible de la poesía. Es un gozo leerlos con un experto. Una celebración auténtica.
Miguel Casado: La palabra sabe. Libros de la resistencia, Madrid, 2012

Infancia y corrupciones



La palabra corrupción, que tiene unas connotaciones tan demoniacas en los telediarios, vuelve a ser inocente en el título de un libro: Infancia y corrupciones, del maestro Sarrión. Se cumplen ahora veinte años de su llegada a las librerías. La imagen oblicua de una alcoba con la cama deshecha, de Antonio López, ilustra su portada. El libro tiene forma de libro pero, al abrirlo, lo que se abre es una ciudad. La nostalgia de otras vidas que ya son la nuestra. Lo retomo y experimento la misma sensación que el crítico de cocina de la película Ratatouille. Desde sus páginas se transmiten a mis dedos y se reparten por todo mi organismo sensaciones reconfortantes y abrigadoras. Es como sumergirse entre las mantas en una noche de invierno cuando afuera, en la calle, está helando y hay tormenta y diluvia, Y uno, que ya estaba calentito y a salvo, se siente más calentito y a salvo que nunca. Y otra vez niño.
Me pregunto por qué el frenesí de perseguir libros nuevos, de aventurar el tiempo y la imaginación en lecturas inciertas y muchas veces insatisfactorias, cuando tenemos a mano y seguro lo que hemos comprobado que nos llena, y podemos renovar su placer las veces que queramos. Supongo que forma parte de la sinrazón a la que pertenecemos, por mucho que nos empeñemos en negarlo. Aunque lo mismo hay una edad en la que el cuerpo empieza a pedir más relecturas que lecturas nuevas. Y puede que esté desembocando en ella. No niego que se sigan escribiendo novelas magníficas, ensayos maravillosos, poemarios imprescindibles. Probablemente más que nunca. Sin embargo, empiezo a sentir que no soy el lector al que van dirigidos los nuevos prodigios. Después de medio siglo de acumular lecturas y vivencias, el cauce está trazado.
Sin embargo, ha tenido que ser el bueno de Alfonso González Calero quien me empuje a Infancia y corrupciones. Sin este empujón, el libro del maestro seguiría siendo un recuerdo maravilloso, bien abrigado en la estantería, a la espera de una revisión apetecida, pero siempre postergada por el imparable goteo de las novedades. Menos mal que le andan preparando a Sarrión un homenaje, centrado en su primer tomo de memorias, y esa sola invocación ha vencido mis resistencias. Ahí estaba el libro, esperándome, forrado en plástico transparente. Debe ser el único. De hoz y coz, nada más abrirlo, el mundo que llamamos real se desvanece y Albacete vuelve a ser un pueblo polvoriento que se recupera de la posguerra. Solo el capítulo dedicado a lo cutre, lo borde y lo hortera, apenas tres páginas incompletas, encierra más verdad que un año de telediarios. Una verdad mestiza entre la poesía, la novela y la etnología.
Siempre he defendido que la realidad no existe hasta que alguien la escribe. Pero no es suficiente con que la escriba cualquier redactor bienintencionado. Para que se obre el prodigio es necesario que se conjuguen un escritor solvente, un tema que imante a la vez su talento y su sistema emocional, y una ocasión propicia. En Infancia y corrupciones se dan los tres elementos. A partir de sus páginas, Albacete empieza a existir de verdad, emerge de entre los limbos del olvido, más allá del improbable día a día. Ni siquiera hace falta que lo que se cuenta sea cierto. Basta con que nos lo creamos. Pero me consta que Sarrión estuvo comprobando hasta los detalles más ínfimos, que nos parecerían secundarios, con el fin de ser fiel a la memoria de sus propios olvidos.
Finalmente lo recreó todo. Cada página es una recreación, en ese estilo barroco, irónico y lírico que constituye la atmósfera de lo que ya para sus lectores es el Albacete de cerrar los ojos. Caminamos, trabajamos, nos agitamos sobre la memoria menguante de lo que otros vivieron, usaron y experimentaron. Hasta lo que para muchos es cotidiano, como el edificio Bachiller Sabuco, está lleno de misterios, de lagunas y olvidos. Sarrión rescata para siempre algunos de ellos. Gracias a este libro, las crónicas de Sánchez de la Rosa y otras pocas, contadas, rapsodias, los albaceteños tenemos una raíz y una infancia a las que volver desde la corrupción de ser adultos.
Antonio Martínez Sarrión: Infancia y corrupciones. Ed. Alfaguara. Madrid, 1993