A veces de la lluvia ni nos
damos cuenta. En cambio, siempre es noticia la nieve. Da igual que la
ignoremos, que nos encerricemos en seguir a lo nuestro. Sobre todo si cuaja, la
nieve se impone. Desmonta la rutina y nos baja del coche. Nos cuesta renunciar.
Algunos ni siquiera lo consiguen. Se resisten, se debaten contra la
inestabilidad de las calzadas. Se contrarían, protestan porque nadie las limpia
conforme van cubriéndose del boicot de esta alfombra. Como todos los seres
inocentes, la nieve simplemente ocurre, ajena a la emoción de los humanos.
Este blog reúne las reseñas de libros de poesía que Arturo Tendero ha ido publicando cada semana desde el 9 de enero de 2016. En la última semana de cada mes, aparece un resumen en InfoLibre
El mago del suspense
El otro día vimos Hitchcock, la película de Sacha Gervasi
que cuenta como se gestó Psicosis desde
su concepción hasta el glamuroso estreno. Pasamos un buen rato, lo que no
significa que la película sea objetivamente estupenda. Pasará de largo por los Óscar.
Está lastrada por el desproporcionado maquillaje que convierte a Anthony
Hopkins en un busto, el de aquel individuo de barbilla prominente, labios
gordos y mirada cómplice.
La velocidad del sueño
Gil de Biedma dejó escrito que
es extraña la labor del poeta. Tan extraña que ni él mismo acaba de
comprenderla. Se limita a seguir unos hábitos, que su costumbre ha establecido,
y que le granjean a la vez consuelo e incertidumbre, mientras se aventura en un
bosque de palabras que de un modo oblicuo, como el de los sueños, le devuelve
la imagen de su propia vida. Si por alguna razón desaparecen los hábitos que la
acompañan, se esfuma también la escritura.
Estar, no ser
La semana ha sido desbordante.
Cada vez que enciendo el ordenador lo encuentro envuelto en una niebla de
felicitaciones de amigos y conocidos, de abrazos cifrados por internet, de
buenos deseos, de emociones en muchos casos tan emocionantes como el momento
mismo de tomar posesión como alcalde. Intentar resumir ese magma sería una
quimera. ¿Te felicito o te doy el pésame? Vengan las dos cosas.
Vendedores de anécdotas
Gómez
de la Serna los llamaba llevaanécdotas:
Eran curiosas aquellas mañanas en que aparecían por la redacción del periódico Ahora. Las llevaban en su bote de
hojalata, «como los golfos que pescan peces dorados en los estanques de los
jardines públicos». Subían nerviosos y muy deprisa, porque tenían hambre y no
sabían si se las iban a aceptar.
Grandes poetas que no lee nadie
Este jueves nos juntamos en Valencia para homenajear a José Luis
Parra (Madrid, 1944- Valencia, 2012). A ojo de mal cubero, calculo que estábamos
un centenar de personas en el Colegio Mayor Rector Peset. La cuarta parte de
los presente leímos un poema del autor, fallecido el pasado mes de octubre.
Algunos habíamos venido de Murcia, de Sevilla, de Albacete.
El Rey, según Josep Pla
La entrevista de Jesús Hermida al Rey me sorprendió en Madrid,
viviendo los primeros días de la República con Josep Pla. Me refiero al Madrid
de 1931. Resulta que soy muy crédulo y que cuando estoy leyendo un libro que me
gusta, me meto tanto, que es como si estuviera viviendo en lo que cuenta el
autor. De modo que me sentía inmerso en la República, en la Segunda República,
cuando dieron en la tele ese simulacro de entrevista en la que don Juan Carlos
y Hermida se olvidaron de que hay elefantes en Bostwana y de que Urdangarín es
de la familia.
Balada de una ciudad
Dedicado, con cariño y respeto, con agradecimiento, al maestro Pepe Sánchez de la Rosa
Albacete, cualquier ciudad, es un
enjambre de voces que se mezclan en el tiempo y en el espacio. Para distinguir
unas de otras, para darles forma, hace falta un médium. Sánchez de la Rosa era
nuestro médium. Se sentaba a la máquina primero, y luego al ordenador, todos
los días, incluidas las vacaciones. Las presuntas vacaciones. El soniquete de
las teclas lo ponía en trance y de su memoria infalible empezaban a brotar,
como brota un pañuelo del sombrero de un prestidigitador, sucesos, vivencias,
referencias históricas, que nacían ya enlazados, con el nudo de la prosa hecho.
Lo de Pepe era escritura automática, como la de los poetas, de escribir al
dictado de no se sabe bien qué voz, pero con cada dato en su sitio y en su
fecha. Por supuesto no era una voz que hablara, era una voz que cantaba. Una
balada que quedaba en el aire al terminar el artículo del día y que se
continuaba el día siguiente en el mismo sitio. Una balada que había nacido con
epicentro en la calle Cornejo y que nunca se mudó de allí. Porque la memoria,
hasta la más prodigiosa, necesita un punto de fijación, y la de Sánchez de la
Rosa tenía su ancla en esa calle y en los años cuarenta. Desde la actualidad
imperiosa volvía a rebuscar voces con la facilidad de quien se asoma a la
ventana y mira pájaros. El niño seguía estando allí, pasando el frío y las
privaciones de la posguerra, mientras que el abuelo avanzaba por el artículo
con una letra del calibre 56, desafiando a la diabetes y a los años. Y la ciudad, alrededor,
transmutándose, olvidándose. Y el mundo dando vueltas. Como lo suyo era contar, si alguna vez salió de Albacete fue para contarlo todo, para contar lo que veía, a bordo de su prosa
manchega, con la ventana abierta a su primera calle. Y al jubilarse, al quedarse con todo el
tiempo para su escritura, se desató por las teclas y escribió libros al galope tendido y
así pudo dejarnos las voces que se perdían, los ecos que nadie más podrá
escuchar sino en sus prosas. Las tenemos, maestro. Descansa en paz.
Sonreír y no quejarse
Recibo cada semana un correo electrónico, uno de tantos, con consejos
sobre salud muy bien documentados, o argumentados, o ambas cosas. Resulta
chocante que haya correos profesionales que no me da tiempo a leer, y que este
sí que lo hojee y hasta lo aguarde con curiosidad. En el primer mensaje del año
13, me anima a seguir unas propuestas sencillas que asegura que mejorarán mi
vida. La primera, que sonría, que es un gesto que libera endorfinas y encima
rebota en la gente con la que convives y te devuelve un reflejo estimulante. La
segunda, que recuerde los nombres de las personas y las nombre cuando me dirija
a ellas. Se intentará. Cuando llego a la tercera propuesta, me doy cuenta de
que tendré que corregirme mucho, si lleva razón: “Deje de desearle ánimo a todo
el mundo”. Resulta que decirle a la gente “ánimo” tiene un componente
subliminal que recuerda de inmediato la crisis en la que nos debatimos y
castiga más que ayuda, a menos que uno esté al borde del precipicio y tenga que
saltar, que entonces sí que es adecuado y de agradecer.
Vaya, pues me he dedicado a añadir la coletilla de “a pesar de la que
nos está cayendo”, cada vez que le deseaba a alguien feliz año. Eso, o algo similar,
aunque con la pretensión de que pareciera ingenioso. Y diría que, en el 90% de
las felicitaciones navideñas que he recibido, había también alguna alusión, más
o menos ligera, más o menos irónica, a la que nos espera. ¿Y qué es exactamente
la que nos espera? Pues no sé bien. Ha llegado un momento en que he desenfocado
un poco la vista. Sigo leyendo los periódicos y oyendo las noticias, pero con
la misma actitud con la que, en una película de terror, uno se tapa los ojos y,
como mucho, escudriña por las rendijas de los dedos lo que está pasando. Y creo
que no soy el único. Me da la sensación de que los informativos de la 1 han
pegado el bajón que han pegado a cambio de que se pongan de moda otra vez los
documentales de la 2, donde la matanza es natural, resulta ecológica, y la
sufren los cérvidos en vez de las personas.
Naturalmente acumular malas noticias es una argucia que utiliza el
poder para desactivarnos. Y naturalmente funciona. Somos informávoros, es decir
que tendemos a devorar información, incluso más información de la que somos
capaces de asimilar, a condición de que tengamos una idea, aunque sea muy vaga,
de qué hacer con ella. Pero cuando la información que se acumula es una catarata
de malas noticias, que se acentúan los viernes, cuando uno está ya con la
guardia medio baja; cuando uno constata que no puede hacer nada con esa
información, salvo sufrirla, entonces se pone en marcha la reacción B, la que
enunciaba el pájaro de Eliot: “El corazón del hombre no soporta demasiada
realidad”. Y ahí es donde entran en juego los dedos que se tapan los ojos y los
documentales sobre la sabana africana. Incluso, en medio del desánimo, somos
capaces de caer en el síndrome de Estocolmo y llegar a creernos la pamema de
que en el segundo semestre del año la crisis irá poco a poco amainando y que en
el 14 esto va a subir como la espuma.
¿Pero cómo va a cambiar, si no cambian de política? Si están haciendo
lo contrario de lo que deberían. Y sabemos que no piensan cambiar porque no les
dejará la Merkel. Ni siquiera se estabilizará. Seguirá empeorando. Leo la
cuarta propuesta de mi consejero de salud: “Nunca se queje. Es una norma absoluta”.
¿Que no me queje? ¿Entonces qué nos queda? Muy fácil: ¿qué les molesta? ¿Qué nos
manifestemos? Por algo será. A
manifestarse y a reivindicar todos los derechos que nos han ido y nos siguen
arrebatando. Por supuesto, sonriendo y llamando a cada cual por su nombre,
mientras nos manifestamos. Pero nada de quejarse. Solo manifestarse. Manifestarse
continuamente. Es el consejo que me han dejado los Reyes Magos en los zapatos.
Cuestión de salud, que es lo primero.
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