Lamar Herrin

Hay que ver lo lejos que puede llevarnos un cuento de apenas diez páginas. A Lamar Herrin lo trajo hasta Albacete, lo que es decir muy lejos si tenemos en cuenta que es estadounidense y que vive cerca de Nueva York. Aunque para ser precisos sólo se le encuentra allí siete meses al año. Los otros cinco se afinca en Valencia, la tierra de Amparo, su mujer. Pero cuando el martes pasado Herrin asomaba desde el foso de la estación de Renfe, con su aire inconfundible de guiri y su zancada larga como la de Gary Cooper en Solo ante el peligro, venía porque un día, hace ya muchos años, escribió un cuento titulado Last Respects. Un cuento que ni siquiera insinúa que exista Albacete. Todo lo más, en su traducción al castellano, menciona unas amapolas rojas junto al trigo que son más propias de aquí que de Oklahoma, la tierra donde se desarrolla su relato. Allí las amapolas son doradas.

Lamar Herrin es escritor. Ha publicado cinco novelas, dos de las cuales transcurren parcialmente en España. Y por cierto que sólo se ha traducido al castellano una de ellas. Todavía sigue inédita en nuestro idioma la historia en la que una joven norteamericana muere en un atentado de ETA y su padre viene desde la América profunda a buscar explicaciones que le ayuden a sobrellevar la pérdida. Tras dar vueltas y hacer preguntas en los caseríos y en los pueblos que sirven de caldo de cultivo al nacionalismo abertzale, concibe el desesperado proyecto de asesinar al líder político de la banda. Y no sigo contando para no pisarle el final al que tenga ocasión de acercarse a las páginas de La Casa de los Sordos. Para escribir esta novela, Lamar frecuentó las herrico tabernas e intentó empaparse del ambiente de los violentos porque asegura que necesita tomar contacto con los lugares sobre los que escribe.

Por eso había visitado ya Albacete, más concretamente Tarazona, hace quince años, en busca de notas para una historia sobre las Brigadas Internacionales que aún está en proceso. Nada que ver con la visita que cursó a nuestra ciudad el martes pasado para hablar de una pareja que recorre en coche las llanuras de Oklahoma, bajo un calor achicharrante, en busca de una mujer que murió joven. Una mujer de la que estuvo enamorado en su juventud el protagonista y cuya evocación va creciendo cuando la esposa decide que buscarán el cementerio donde la enterraron. El paisaje se adueña de la historia y termina impregnando al lector. Diez páginas para perderse en Oklahoma, para emocionarse con el desconcertante final.

Pero no era el final. Como si el destino quisiera intervenir, un escritor albaceteño había leído el cuento en la universidad y quedó impresionado por esas diez páginas. Luego lo olvidó durante veinte años, hasta que reapareció amarillento en el fondo de una carpeta. Hoy no existen las distancias. Internet le permitió localizar al autor y contactar con él. El resto es amistad y entusiasmo, el que llevó al escritor albaceteño Eloy Cebrián a traducir el cuento y a difundirlo, a invitar a Herrin y a traerlo sin ayudas institucionales, para que hablara ante el club de lectura de la Biblioteca Pública y ante los alumnos del Bachiller Sabuco, por el mero afán de compartir su pasión. Profesor jubilado de Cornell, una de las grandes Universidades de Estados Unidos, Herrin continuó en las llanuras de Albacete aquel viaje iniciado en Oklahoma. No sabemos si para terminar el cuento o si el destino aún le reserva algún capítulo en la manga.

El otro

Definimos las cosas por oposición, nombrando las características que las diferencian de otras cosas. Las personas, cuando tenemos que definirnos, también buscamos los detalles que nos singularizan, por ejemplo el nombre o el apellido, si son poco habituales (lo que suele ocurrir con los que llegan lejos, que nunca firman García, Sánchez o Martínez de forma escueta). Cuando los nombres no bastan, buscamos delante del espejo otros rasgos que nos identifiquen, decantándonos siempre que podemos por el perfil bueno de nuestras singularidades. Porque de resaltar lo malo ya se encarga el otro (entendiendo por el otro el que necesita diferenciarse y no encuentra rasgos destacables en sí mismo). El otro se sacude la vulgaridad pregonando que no es tan calvo como nosotros, o que no le silban las eses, o que no tiene las cejas puntiagudas. También puede aludir al pasado (tú hiciste esto con el terrorismo, tú dejaste de hacer aquello con los inmigrantes, etcétera) e incluso al pasado que nunca sucedió.

El otro puedes ser tú mismo cuando eras un adolescente o cuando llegues a ser un anciano. Nadie te conoce mejor, nadie es más incapaz de engañarte. Y sin mentiras, la conversación pierde su gracia. Borges, ya setentón, coincide en un cuento inolvidable con el veinteañero que fue, charlan durante un rato y al final se convence de que la conversación ha sido real para él pero sólo un sueño para su versión juvenil, porque jamás se le habría olvidado una experiencia tan intensa. Cierto que Borges paseó tanto su ceguera por los laberintos y los espejos que su propio rastro se emborrona. Llegaron a decir de él que era sólo un actor encarnando a un grupo de escritores anónimos que firmaban todos Jorge Luis Borges. Un periodista audaz le preguntó si el bulo era cierto. “Qué maravilla, ojalá”, le respondió el autor de El libro de arena.

Todos tenemos un otro rondando más o menos lejos. El mío (o los míos) llevan toda la vida manifestándose en la distancia desde que unos amigos me aseguraron que antes de conocerme en Barcelona ya me conocían de verme paseando por León, ciudad que por entonces aún no había visitado. Luego nuevos amigos me han situado en lugares variopintos de la geografía, eso sí, siempre nacional, tales como El Ferrol o San Sebastián. Pero cuando yo llego a esos sitios, mi sosias parecía haberse diluido, por lo que aún no he tenido el placer de conversar con él. De encontrármelo le preguntaría si también se resigna a ser el duplicado de otra persona. Igual pronto encuentro la ocasión porque se va volviendo cada vez más temerario y en el último año ya hay quien jura haberme visto entre el público de un partido en Villarrobledo o en una conferencia en el Casino Primitivo, lugares donde no estuve pero podía haber estado.

Cuando el otro es un tipo relevante, de los que andan por la alfombra roja, creces con él. Pero si es también anónimo y tan capaz de confundirse entre el público del fútbol o de un acto cultural, puede que esté dando sus clases en el aula paredaña a la tuya y que ni siquiera os hayáis percatado del parecido. En todo eso pensaba la semana pasada mientras dos tipos se esforzaban por diferenciarse en televisión con un árbitro de por medio. Cuanto más se esforzaban, más se parecían. Toda una tormenta mediática los había aislado para que se jugaran el país en una charla, como la de Borges, aunque más enconada. Y estaban desaprovechando la ocasión de aceptar sus semejanzas. Un tercero les habría ayudado mucho. Por eso no le invitaron.

Cuentacuentos

La Verdad y la Mentira tenían sus propios territorios, pero un día se pelearon. Blandieron sendos machetes y se segaron el cuello al mismo tiempo, de tal manera que sus cabezas rodaron por tierra. La Verdad tanteó a su alrededor en busca de la suya. Creyó haberla encontrado y se la colocó como pudo. Era la cabeza de la Mentira. Ésta a su vez había palpado su entorno y por azar se había apropiado de la cabeza de la Verdad y se la había encajado en el cuello. Desde entonces la Verdad va por el mundo con la cabeza de la Mentira y la Mentira camina con la cabeza de la Verdad. Es un hermoso cuento, original del corazón de África, que demuestra que la confusión es tan antigua como el mundo y que los cuentos sirven para explicarla y también para aumentarla, según cómo se utilicen.

Los humanos somos devoradores de cuentos, y no sólo en la infancia. Si hacemos recuento de cualquiera de nuestras jornadas, nos sorprenderá comprobar la cantidad de horas que invertimos en saborear narraciones, ya sea escuchando por ejemplo radio, cotilleando que es más tradicional, viendo televisión o por supuesto leyendo. Nos gustan tanto los cuentos que nuestra propia vida es un relato que nos vamos contando a nosotros mismos. La historia del mundo es una gran novela compuesta por millones de pequeños cuentos que se entrelazan. Ni uno solo de ellos nos dejará indiferentes, sobre todo si está bien contado, porque como señaló McLuhan hace casi medio siglo “el medio es el mensaje” (para entendernos, que el mismo chiste puede hacernos reír o dejarnos fríos, según quién lo cuente y cómo).

El propio McLuhan utilizaba una cita de Hércules Poirot, el detective de Agatha Christie, para definir la Verdad: “es todo lo que patea el tablero”, o sea lo que nos impacta, dando a entender que la verdad emocional se sobrepone siempre a la racional, a la del mero sentido común. Nada nuevo por otra parte. Edward Bernays, sobrino de Freud, se convirtió en un gurú de las relaciones públicas tras conseguir, entre otras cosas, que desaparecieran los tranvías en Estados Unidos (para que los fabricantes de coches hicieran su agosto), que las mujeres descubrieran el cigarrillo (y se forraran las tabaqueras), y que no se prohibieran los aditivos en la agricultura (para que medrasen las compañías químicas). Además consiguió tirar abajo al presidente guatemalteco Arbenz (para que no expropiara las tierras de la United Fruit Company, muchas de ellas en permanente barbecho). Todo ello con unas cuantas historias bien contadas en los altavoces apropiados. Tan genial que se le cita como modelo. Un gurú, ya digo.

Claro que ya en los años 40 Goebels, ministro de propaganda del III Reich, había desarrollado un decálogo de principios para desfigurar la realidad en beneficio del partido, por ejemplo aquello de que repetir mil veces una mentira termina dándole peso de verdad. No es arqueología, funciona y se usa cada vez más. La Verdad científica con cabeza de Mentira. El modo en que los medios de comunicación contribuyen como altavoces, lo quieran o no, puede consultarse en “Producción de la realidad y diarios de referencia dominante”, un estudio internacional publicado en España en 1982. En fin que, para no salirme de la realidad, en estas semanas de intensa campaña electoral española y estadounidense, he decidido acogerme a los cuentacuentos tradicionales, o sea someterme a una dieta de novelas y de cine. A mi aire.

Un pez que va por el jardín

A menudo confundimos las emociones, que suelen manifestarse acompañadas de alguna señal física, como pálpitos, sudoración o una breve suspensión del proceso respiratorio, con las pasiones, que no son otra cosa que emociones que empujan a la acción. En cualquier caso, nos parece que sólo estamos sintiendo cosas si nuestro cuerpo lo nota. Y sin embargo la vida es un largo viaje de minúsculos sentimientos, la mayoría de ellos imperceptibles, que se confunden con el mar de la rutina, pero que van dejando huella en nuestro estado de ánimo primero y que se acumulan para trazar a largo plazo las líneas maestras de nuestro carácter. No hay una sola de esas cosas pequeñas que no haya influido en lo que te ha pasado ni en lo que está por pasarte, como avisaba un personaje de Chejov y como recreó luego Borges en uno de sus poemas.

Quizá sea por cierto esta una de las funciones útiles de la poesía: señalarnos las pequeñas cosas de nuestra vida, permitirnos comprender que desatan en nosotros emociones y de este modo ayudarnos a que las hagamos conscientes, es decir a que las convirtamos en sentimientos, que son emociones domesticadas, por así decirlo. Claro está que el poeta no piensa en todo eso cuando escribe. Se deja arrebatar por las palabras, que son cápsulas en las que viaja el sentimiento, e intenta organizarlas siguiendo unas pautas que ha heredado de sus maestros y que constituyen el oficio del poeta, su varita mágica.

En cualquier caso, una de las corrientes de la poesía de todos los tiempos, con claras raíces en el mundo oriental, se concentra en las cosas pequeñas de la vida. Y uno de mis autores favoritos de esta corriente es José Corredor-Matheos (Alcázar de San Juan, 1929). No soy el único al que le gusta porque con su libro anterior, El don de la ignorancia, obtuvo el premio nacional de poesía en 2005. Es aquel un libro tan hermoso que crece conforme nos alejamos de él, exactamente como ocurre con el vuelo de las aves. Habla de la importancia de una mosca, de que el gorrión no sabe que es gorrión, de cómo el infinito cabe en un cántaro, de cómo la realidad se adelgaza hasta alcanzar el espesor del canto de una hoja, del fugitivo placer de la inexistencia, de que en la luz está el misterio de lo permanente.

Ahora Corredor-Matheos ahonda en aquellas sendas con un nuevo libro, que lleva el desconcertante título de Un pez que va por el jardín. Un libro que huele a árboles y a pájaros, escrito por un estoico que oscila entre lo naíf y el budismo zen. Insiste en que la razón es un lastre: “cómo cuesta aprender / a ver las cosas / que comparten tu vida”. Nos dice que “no hay soledad que pueda compartirse”, pero que uno puede enriquecerse si es capaz de ver las cosas, simplemente: “contemplas ese perro / vagabundo / y te sientes perdido / como él”.

Son poemas caminados, que se debaten en ese umbral casi imperceptible entre el sentir y el pensar: “Qué dolor alejarme / de estos árboles / y olvidar lo que soy: / sólo un árbol en busca de raíces, / bajo el brillante manto / de la lluvia”. Cierto que sus intensidades están algo más diluidas que en el libro precedente, pero también cierto que nos susurra que nuestra verdadera vida está en lo pequeño y en lo cotidiano y que se nos escapa si dejamos que pase sin contemplarla por ir siempre en busca de emociones más fuertes: “Hay algo que me dice / que ni el sauce ni nada / de lo que fuera mío / he de considerarlo / perdido para siempre.”

Miércolas

El miércoles pasado, conocido por miércoles de ceniza, como todos los años desde hace doce, algunas mujeres de mi pueblo se levantaron muy temprano, antes de que cantaran los gallos, para que les diera tiempo a apuntalar y a colocar con mimo los personajes que llevan preparando desde diciembre. Cuando salimos a la calle, los monigotes ya estaban esperándonos frente a las puertas y los portones de las casas, en los soportales, delante de las columnas. Para quien no los haya visto, son muñecos de tamaño humano, elaborados a propósito con tosquedad, para que se parezcan a los que se sacaban en tiempos remotos, antes de que se perdiera la costumbre, que eran de paja y que iban vestidos con las camisas desechadas y los pantalones y las faldas más zurcidos que contuviera el arcón. Fina Ortega y sus socias de Antigua Tradición han conseguido devolver a la normalidad de la vida, a la rutina del año, este acontecimiento singular con el que acaban los carnavales y en Chinchilla se quema la sardina.

Amaneció soleado, es decir que el tiempo acompañó, aunque fuera a costa de este veranillo inquietante que nos está regalando febrero. Y fueron muchos los chinchillanos y también los albaceteños, que se asomaron a ver la escuela de Miércoles en la puerta del Sol de la iglesia, y el nacimiento con cigüeña de la puerta de la Dalia, y los dentistas en distintos lugares, y las bordadoras, y los espigadores, y hasta a una pareja en moto, entre otras muchas ocurrencias. Me contaba Santiago los sudores que le había costado enderezar la moto atándola con cables a las rejas, y luego conseguir que los muñecos permanecieran firmes sobre su lomo. Pero el trabajo mereció la pena porque ganó el primer premio, aunque ni él ni la mayoría de los que sacan Miércoles pensaba en el concurso (que es una añadidura institucional) porque disfrutan más con ver que la gente pasa y se asoma a mirar qué dicen los monigotes a través del cartel que llevan pegado al pecho, que suele contener chanzas rimadas, confusas malicias sin maldad.

A la hora del café es costumbre recorrer en grupo el circuito formado por todos los Miércoles detrás de una charanga que interpreta canciones de carnaval. Las mesas camilla que los acompañan ofrecen entonces la mejor invitación, a veces unos rollos de vino, o unos bizcochos regados con mistela que saben a delicia y que desaparecen como por ensalmo de los platos que sostienen sus creadoras. Algunas recuerdan que en la parte alta del pueblo llamaban a los monigotes Miércolas y que las subían con cuerdas, una vez ensilladas, a las ventanas altas y los balcones de las casas. El rumor de los recuerdos se agita con la música y con la mistela para ir añadiendo alegría a la comitiva conforme avanza por las calles sinuosas, y al final muchas mujeres se enlazan de los codos y avanzan bailando al ritmo de la charanga.

Viéndolas se despereza la memoria incluso de lo que uno nunca ha llegado a ver. El pueblo se aleja del presente para volver a ser el pueblo de sus raíces, con la alegría de todas las generaciones fundida en esas mujeres, en nosotros mismos que las observamos con la sonrisa puesta, con la mirada tropezando de pronto en rincones, aleros, murallas de la ciudad que siempre han estado ahí, pero que de no ser por esta correría jamás hubiéramos descubierto. Necesitamos los ritos para que nos devuelvan al ser tribal que fuimos, para sentirnos herederos de un lugar, de una costumbre, para no perder el pie en el torbellino sin alma de la tecnología.