Cuentacuentos

La Verdad y la Mentira tenían sus propios territorios, pero un día se pelearon. Blandieron sendos machetes y se segaron el cuello al mismo tiempo, de tal manera que sus cabezas rodaron por tierra. La Verdad tanteó a su alrededor en busca de la suya. Creyó haberla encontrado y se la colocó como pudo. Era la cabeza de la Mentira. Ésta a su vez había palpado su entorno y por azar se había apropiado de la cabeza de la Verdad y se la había encajado en el cuello. Desde entonces la Verdad va por el mundo con la cabeza de la Mentira y la Mentira camina con la cabeza de la Verdad. Es un hermoso cuento, original del corazón de África, que demuestra que la confusión es tan antigua como el mundo y que los cuentos sirven para explicarla y también para aumentarla, según cómo se utilicen.

Los humanos somos devoradores de cuentos, y no sólo en la infancia. Si hacemos recuento de cualquiera de nuestras jornadas, nos sorprenderá comprobar la cantidad de horas que invertimos en saborear narraciones, ya sea escuchando por ejemplo radio, cotilleando que es más tradicional, viendo televisión o por supuesto leyendo. Nos gustan tanto los cuentos que nuestra propia vida es un relato que nos vamos contando a nosotros mismos. La historia del mundo es una gran novela compuesta por millones de pequeños cuentos que se entrelazan. Ni uno solo de ellos nos dejará indiferentes, sobre todo si está bien contado, porque como señaló McLuhan hace casi medio siglo “el medio es el mensaje” (para entendernos, que el mismo chiste puede hacernos reír o dejarnos fríos, según quién lo cuente y cómo).

El propio McLuhan utilizaba una cita de Hércules Poirot, el detective de Agatha Christie, para definir la Verdad: “es todo lo que patea el tablero”, o sea lo que nos impacta, dando a entender que la verdad emocional se sobrepone siempre a la racional, a la del mero sentido común. Nada nuevo por otra parte. Edward Bernays, sobrino de Freud, se convirtió en un gurú de las relaciones públicas tras conseguir, entre otras cosas, que desaparecieran los tranvías en Estados Unidos (para que los fabricantes de coches hicieran su agosto), que las mujeres descubrieran el cigarrillo (y se forraran las tabaqueras), y que no se prohibieran los aditivos en la agricultura (para que medrasen las compañías químicas). Además consiguió tirar abajo al presidente guatemalteco Arbenz (para que no expropiara las tierras de la United Fruit Company, muchas de ellas en permanente barbecho). Todo ello con unas cuantas historias bien contadas en los altavoces apropiados. Tan genial que se le cita como modelo. Un gurú, ya digo.

Claro que ya en los años 40 Goebels, ministro de propaganda del III Reich, había desarrollado un decálogo de principios para desfigurar la realidad en beneficio del partido, por ejemplo aquello de que repetir mil veces una mentira termina dándole peso de verdad. No es arqueología, funciona y se usa cada vez más. La Verdad científica con cabeza de Mentira. El modo en que los medios de comunicación contribuyen como altavoces, lo quieran o no, puede consultarse en “Producción de la realidad y diarios de referencia dominante”, un estudio internacional publicado en España en 1982. En fin que, para no salirme de la realidad, en estas semanas de intensa campaña electoral española y estadounidense, he decidido acogerme a los cuentacuentos tradicionales, o sea someterme a una dieta de novelas y de cine. A mi aire.

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