El otro

Definimos las cosas por oposición, nombrando las características que las diferencian de otras cosas. Las personas, cuando tenemos que definirnos, también buscamos los detalles que nos singularizan, por ejemplo el nombre o el apellido, si son poco habituales (lo que suele ocurrir con los que llegan lejos, que nunca firman García, Sánchez o Martínez de forma escueta). Cuando los nombres no bastan, buscamos delante del espejo otros rasgos que nos identifiquen, decantándonos siempre que podemos por el perfil bueno de nuestras singularidades. Porque de resaltar lo malo ya se encarga el otro (entendiendo por el otro el que necesita diferenciarse y no encuentra rasgos destacables en sí mismo). El otro se sacude la vulgaridad pregonando que no es tan calvo como nosotros, o que no le silban las eses, o que no tiene las cejas puntiagudas. También puede aludir al pasado (tú hiciste esto con el terrorismo, tú dejaste de hacer aquello con los inmigrantes, etcétera) e incluso al pasado que nunca sucedió.

El otro puedes ser tú mismo cuando eras un adolescente o cuando llegues a ser un anciano. Nadie te conoce mejor, nadie es más incapaz de engañarte. Y sin mentiras, la conversación pierde su gracia. Borges, ya setentón, coincide en un cuento inolvidable con el veinteañero que fue, charlan durante un rato y al final se convence de que la conversación ha sido real para él pero sólo un sueño para su versión juvenil, porque jamás se le habría olvidado una experiencia tan intensa. Cierto que Borges paseó tanto su ceguera por los laberintos y los espejos que su propio rastro se emborrona. Llegaron a decir de él que era sólo un actor encarnando a un grupo de escritores anónimos que firmaban todos Jorge Luis Borges. Un periodista audaz le preguntó si el bulo era cierto. “Qué maravilla, ojalá”, le respondió el autor de El libro de arena.

Todos tenemos un otro rondando más o menos lejos. El mío (o los míos) llevan toda la vida manifestándose en la distancia desde que unos amigos me aseguraron que antes de conocerme en Barcelona ya me conocían de verme paseando por León, ciudad que por entonces aún no había visitado. Luego nuevos amigos me han situado en lugares variopintos de la geografía, eso sí, siempre nacional, tales como El Ferrol o San Sebastián. Pero cuando yo llego a esos sitios, mi sosias parecía haberse diluido, por lo que aún no he tenido el placer de conversar con él. De encontrármelo le preguntaría si también se resigna a ser el duplicado de otra persona. Igual pronto encuentro la ocasión porque se va volviendo cada vez más temerario y en el último año ya hay quien jura haberme visto entre el público de un partido en Villarrobledo o en una conferencia en el Casino Primitivo, lugares donde no estuve pero podía haber estado.

Cuando el otro es un tipo relevante, de los que andan por la alfombra roja, creces con él. Pero si es también anónimo y tan capaz de confundirse entre el público del fútbol o de un acto cultural, puede que esté dando sus clases en el aula paredaña a la tuya y que ni siquiera os hayáis percatado del parecido. En todo eso pensaba la semana pasada mientras dos tipos se esforzaban por diferenciarse en televisión con un árbitro de por medio. Cuanto más se esforzaban, más se parecían. Toda una tormenta mediática los había aislado para que se jugaran el país en una charla, como la de Borges, aunque más enconada. Y estaban desaprovechando la ocasión de aceptar sus semejanzas. Un tercero les habría ayudado mucho. Por eso no le invitaron.

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