José Mateos: Primavera, año cero

JOSÉ MATEOS
Primavera, año cero
Editorial Milenio, Lleida, 2020

«Y cómo / le cuesta al alma ahora / aprender lo que sabe».

José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963) sigue en su persecución de lo esencial, un camino que ha ido describiendo en libros anteriores: en Otras canciones (2016) o en Un sí menor (2019), donde aún aparecían escenarios urbanos, como un hotel, un hospital. En Primavera, año cero, le sobran la ciudad y todas sus razones. Apela a los elementos: «No la zarza o el muro; / el agua que resbala entre las manos». Las palabras parecen resonar directamente desde la naturaleza, prescindiendo de intermediarios: «Ya solo sé decir palabras sin sentido. / (…) Ya solo sé decir lo que me pierde, / lo que me hiere / al borde del camino, entre la brisa / de esas hojas de un álamo». Pero antes de abandonarse, Mateos ha ido dejando las emociones enredadas en árboles y en animales libres: en el pájaro que «se atreve / a cantarte, / recóndita, / suavísima alegría», o en el Guadalete, «río de pocas palabras / y certezas. Río hecho / de olvido, con esa calma / de lo que pasa por dentro», o «en este balcón alto, ante un paisaje / de interminables viñas que bajan del ocaso, / siendo feliz casi sin darme cuenta». La felicidad es ese raro abandono, esa falta de afán que a veces acontece cuando no se la espera, y entonces hay que fijarla con palabras en el poema para que se comparta y se difunda. La familia asoma como una prolongación de la naturaleza. Lo que resalta es precisamente lo que tiene de incontrolable. Así en «Genética» dice: «A veces me sorprendo oliendo a ti. // O me asusta tener no sé qué gesto / que yo recuerdo idéntico a uno tuyo». Y, al igual que en el libro anterior había un poema estremecedor, memorable, dedicado a su madre, en este hay uno que se titula «Madre» y es también muy expresivo, muy verdadero en su aparente sencillez, en su sentido que va escapándose de las manos como el agua del río. Al final «Todos / se van. “Todos nos vamos / más temprano o más tarde”, / nos decían las nubes / raudas y el ciprés recto / a cada instante. / Y cómo / le cuesta al alma ahora / aprender lo que sabe».



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