Miguel D´Ors

Entre los asistentes a la lectura de Miguel D´Ors, cerca de medio centenar de personas que se habían desplazado sólo para escucharle hasta el Campus en la inhóspita noche del viernes, flotaba una pregunta que al final alguien se decidió a formular en voz alta: ¿por qué salen tus libros siempre en editoriales periféricas, con una distribución tan limitada que cuesta un montón conseguirlos fuera de Sevilla? El poeta ha contestado muchas veces a esta pregunta para la que tiene dos respuestas: prefiere confiar sus libros a sus amigos, que se los editan con cariño. Pero además, dice (y asegura que lo dice con ironía pero en serio) que él basa su éxito en que la gente no lo ha leído mucho, sólo de una forma parcial, en antologías, donde todo el mundo queda más o menos bien. “Por eso, insiste, tengo una cierta fama. Si me hubieran leído completo, sería otro cantar”.
Y los asistentes, muchos de los cuales se han venido con un libro bajo el brazo (conseguido con ímprobos esfuerzos) para arrancarle una dedicatoria, sonríen y piensan a la vez. Esa sonrisa mezclada es la mosca que queda flotando en el ambiente, la mosca que ha dejado su poesía, llena de sorpresas, viva como una lagartija que sabe hacer cosquillas donde debe hacerlas un poema, y que sin embargo ha sonado más bien floja en la voz de D´Ors, que la lee con frío. No anda bien la megafonía, dos micrófonos superpuestos no dan abasto para llevarle hasta las últimas sillas, y ha sido necesario apagar el rumor de la calefacción para echarle una mano al silencio que reina en la sala. Da igual, sus poemas pueden con todo, vencen a la intemperie interior en que se ha convertido el salón de Grados de Humanidades.
Miguel D´Ors, el montañero en los fines de semana, el profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada, el capricornio, el ciclista de los miércoles, el gallego que ejerce, el perfeccionista, es sobre todo en la tarde de Albacete un poeta de culto, cosa que el mismo, por supuesto, negaría. ¿Qué diablos es ser un poeta de culto? Acaso haber escrito poemas que ya se saben de memoria un puñado suficiente de aficionados, como Pequeño Testamento, o La Carta, o La Mujer Diez. Él los lee para su público. Los lee al final. Pero antes introduce los nuevos, algunos inéditos que nadie ha escuchado antes. Le gusta probar cómo suenan, qué cara pone la gente al escucharlos, dice que para sacar conclusiones antes de seguir rumiándolos y puliéndolos en el ordenador. Porque esto es noticia: se ha pasado al ordenador, que facilita un trabajo que antes fue de manualidades, de pegar una palabra o una frase sobre la errata hasta dejar el borrador convertido en un mapa o un palimpsesto de textura variable.
“Sólo el trabajo borra las huellas del trabajo” es el lema que ha repetido hasta la extenuación D´Ors, que ahora ni lo menciona, de tan interiorizado como lo tiene. Y ahí sigue, con sus dudas, que luego se convierten en hallazgos magistrales, con su sentarse de perfil para que no le moleste la lesión de rodilla de cuando tuvo que rescatarlo de la montaña la Cruz Roja. Un poeta de culto es eso: un montañero que se pierde en solitario en busca de una cumbre inaccesible, la perfección. Pero él no valorará el camino andado, por supuesto, porque ya hay otra montaña esperándole. Y busca las razones por las que la edad va lentificando su creación. “A lo mejor es que me he vuelto más exigente…” ¿todavía?

Eloy Sánchez Rosillo

Es difícil imaginarse, mirando al Eloy Sánchez Rosillo de hoy en día, cómo fue aquel chaval de doce años a quien su madre internó en los Escolapios de Albacete, con la esperanza de que se apaciguase su carácter. Ahora nos visita con cierta frecuencia, tiene amigos aquí, admiradores de su poesía. Y el azar ha querido que se aloje casi siempre en el hotel San José, en una habitación que se asoma a las ventanas de la nave donde durmió aquel curso, Una estación en el infierno, como lo ha descrito en un poema. Yo lo he visto temblar de pies a cabeza al acercarse a la cámara donde los internados recibían las visitas de los familiares, temblar con el temblor del niño que se reencontraba con su madre, con un piano por testigo. Y lo he oído asombrarse con su voz ronca: “está exactamente igual”.
Porque Eloy Sánchez Rosillo tiene la voz ronca y cordial, en una combinación casi imposible. Es alto y se inclina hacia la amistad y hacia el micrófono. Ahora viste de negro en sus lecturas, como el mirlo con el que conversa en otro poema. El negro le resalta la barba y el pelo abundante que son tan canosos como la luz de la luna, que también aparece en todos sus libros, pues no en vano es un poeta lunático, como buen nativo del signo de cáncer. Pero ahí termina cualquier concesión a la locura, puesto que enseguida advierte que su obsesión es la claridad: “si alguien va a comprar un libro mío a una librería, lo primero que espera encontrar es que esté escrito en español, ya que soy un poeta español; y lo segundo es que se entienda. Porque lo que ocurre con una parte de la poesía española actual es que está escrita en chino. Y la gente que intenta leerla, se dice: será que no entiendo de poesía. Pero sí que entiende, porque no está escrita para los académicos ni para los eruditos, sino para la gente que se acerque a ella con un mínimo de costumbre de leer”.
Y con el mismo tono pausado con el que marca los acentos ayudándose de un vaivén de la mano, sigue afirmando: “quizá la palabra que más aparece en todos mis poemas es luz. Yo creo que la poesía es un ejercicio de claridad. Es un ver el mundo y tratar de hablar de lo que has visto, de lo que pasa por delante de tus ojos. La poesía es voluntad de ver. Y hay que hablar de eso, no rehuir los temas que importan, los cinco o seis temas que estamos siempre barajando los humanos”. Pero aclara que no escribe para explicarse el misterio del mundo, sino para participar de él. Fue un poeta elegíaco que ha descubierto la alegría.
Sí, cuesta ver en este hombre alto y ronco, pausado pero firme en sus convicciones, a aquel niño de doce años que temblaba de miedo, o de frío, o de ambas cosas, cuando iba a reencontrarse con su madre. También al adolescente que descubrió la vida en una aldea situada entre Barrax y Lezuza, en la que pasaba los veranos. “Le debo mucho a esta ciudad. Tuve la suerte, por mi edad, de conocer la noche sin luz eléctrica. Una noche que no debió de ser muy diferente a la que conocieron Hesíodo, Teócrito o Virgilio”. La noche que le fue calando lentamente hasta explotar un día: “La poesía se apoderó de mí en la adolescencia, de una manera febril, y ha sido el centro de mi vida”. Gracias a ella vuelve en todos sus libros a aquella aldea original, y se acerca al pozo y otra vez bebe y le sabe como entonces: “siempre el agua es un don, / pero nunca la vida ha vuelto a darme / un agua como aquella”.

José María Bermejo

José María Bermejo nació en Tornavacas, en lo alto del Jerte, asomado al valle donde cada año en abril florecen los cerezos conformando una ceremonia oriental sorprendente tan lejos de Japón. Ya se ha convertido en una romería citarse en ese paraje durante los días luminosos en que la primavera hace estallar las flores más apreciadas por los japoneses. Curiosamente, Bermejo se crió en una familia humilde mucho antes de que llegara la explosión turística. En sus primeros años sólo conoció el frío y la nieve. Dice que ya no se acatarra porque quedó vacunado para siempre por aquellas tiritonas de la infancia. No se sabe por qué extraña conexión con los cerezos, nació japonés en Cáceres y por eso es un lince traduciendo poemas venidos de Oriente y sobre todo haikus.

Quedó finalista del premio Adonais con un libro que tituló Epidemia de nieve en el ya lejano 1971, y parece que aún sigue hablando en medio de un paisaje nevado cuando toma la palabra y cuenta con agradecimiento su llegada a Albacete, en tren, sorprendido por la desnudez de la llanura, el cielo alto y la sensación de hallarse tan al norte que casi esperaba entrever una aurora boreal mientras contemplaba a unos tordos abatiéndose sobre las viñas. Su voz brota con cuidado, como si temiera dañar el silencio de una nieve invisible o provocar un alud si pronuncia una sílaba con demasiada brusquedad. Y se demora, retrasa la lectura de sus primeros poemas hasta que casi hay que arrancárselos de las manos.

Dice Bermejo que reivindica al lector, que lo considera tan creador como el que escribe, que un lector sensible es mejor que un escritor mediocre. Trabaja como periodista y se queja de que algún colega detecta en sus reportajes una carga lírica de la que él reniega, porque le parece que el periodismo necesita la llaneza del periodismo para cubrir sus objetivos, muy distintos a los de la poesía. Luego nos lee una prosa descriptiva en la que aparecen todos los pájaros, cada cual en su rama, y todas las clases de cerezas, que son tantas por lo menos como los pájaros, y uno de los asistentes al acto le aconseja que se resigne, que el colega periodista llevaba razón cuando le señalaba el lirismo de su prosa.

Pero el momento estelar de la lectura llega cuando desempolva los folios de los haikus, las traducciones de poetas japoneses que le han dado fama entre los aficionados al género. Es curioso que no los traduzca de la lengua vernácula, sino a través de traducciones de traducciones, del francés o del italiano, con la ayuda inestimable de algún amigo japonés, que pone la guinda. Y sin embargo es como si renacieran en sus manos. Cita a los autores y se ponen en pie durante un segundo, algunos vienen desde el siglo XVI para escucharse puros durante esos tres versos de cinco, siete y cinco sílabas. “También Cernuda tradujo a Hölderlin sin saber ni palabra de alemán”, se justifica, aunque no lo necesite.

“El haiku no se impone, se expone como la gota de rocío”. Y los va desgranando, uno a uno, como gotas que caen en el silencio del salón de grados de Humanidades y estallan con todos los matices. A veces hasta incumplen las medidas sin dejar de ser haikus: “también envejece el ruido de la lluvia” o “ahí viene el gorrión”. Para el final se reserva uno propio, que lee con rubor. “Desperezándose / en su lecho de nieve / la primavera”.

Jaime Siles

“Soy un poeta cerebral”, se define Jaime Siles. Y asegura que esta condición requiere de un gran entrenamiento perceptivo: “yo siempre estoy entrenando los sentidos”. Le pregunto cómo lo hace, cómo se entrenan los sentidos para la poesía, a lo mejor traduciendo a otros poetas en cualquiera de las ocho lenguas que domina. “No, eso también ayuda desde luego. Pero yo me entreno estudiando a los clásicos, viendo exposiciones, viajando, analizando lo que escribieron otros antes que yo”. Y añade que así es como escribían los autores de la antigüedad, en los tiempos en que había dos filosofías de la creación: la imitatio (o imitación de los modelos) y la emulatio (que es el afán por superarlos, por echar un pulso con ellos tratando el mismo tema que ellos trataron). “Ese es mi ideal de poesía”.
Resulta difícil separar en Siles su faceta de eminente profesor de tantas universidades de España y Centroeuropa y su faceta de poeta. Pero él afirma sin dudarlo que todos sus estudios, todos sus ensayos y clases son una excusa para escribir poesía; los elige antes que nada para preparar sus poemas, que es lo que más le importa. Luego, al leerlas ante un auditorio, las enriquece explicando el proceso que siguió cada una de ellas para llegar a la vida, el recorrido de mitos y de hitos culturales, pero también de anécdotas y de viajes que fueron forjándolas hasta que alcanzaron la forma con la que las enuncia, cambiando el tono de pronto, poniéndose rítmico. El resultado es una clase magistral de absoluta amenidad.
Se siente tan a gusto en el estrado que, cuando Valentín Carcelén, dejándose llevar por el chaparrón de aplausos, sugiere cerrar la sesión, él rompe el protocolo y da las gracias, pero para retar al público a que le hagan más preguntas. Y aprovecha el silencio que se ha creado, el halo de admiración que se palpa en el ambiente, para introducir algunos párrafos teóricos que subrayan su visión de la escritura: la identidad es fruto de la palabra y lo que hace el poema es romper la cadena de pensamientos que constituyen la identidad y crear durante el tiempo que dura esta sucesión de palabras que es el poema una nueva identidad, no sólo para el que lo ha escrito, también, e incluso especialmente para el que lo lee.
Y fuera del estrado despliega otra vez ese fascinante arsenal de anécdotas y de conocimientos que ha ido reuniendo con los años, ganando premios, impartiendo clases, pero sobre todo estudiando. “Dice mi hijo mayor que soy la única persona que conoce que es feliz haciendo lo que le gusta, que es estudiar, sin percatarse del paso de las horas”. Y sonríe, satisfecho. Ahora ejerce de catedrático en la Universidad de Valencia y concentra todas sus clases y tutorías en un solo día de la semana, para dedicar el resto a estudiar. Pero antes tuvo que pasar trece años volando todas las semanas a Zurich, cuando era profesor de aquella Universidad, trece años en los que sólo consiguió cerrar un libro de poemas.
Ahora anda completando cuatro a la vez, con distintos personajes poéticos. El proceso nace con los poemas, tres o cuatro que le marcan el camino sobre el que profundizar, estudiando todo lo que pueda enriquecerlo. Entre sus modelos cuenta que Velázquez tenía una biblioteca personal mayor que la de Lope de Vega y que cuando le encargaron pintar Las Lanzas, pidió que le trajeran todos los cuadros sobre rendiciones de ciudades de los que tenía referencia, para analizarlos y componer su obra. “Por eso el rey decía que era tan lento”.

Olvido García Valdés



Cada poeta escribe en un tono que no siempre coincide con su tono vital. La poesía es su manera de estar solo, como la definió Pessoa. Por eso muchas veces te sorprende conocer al poeta que has leído, tan diferente a la persona que te imaginabas en sus versos. No son personas distintas, pero pertenecen a facetas diferentes de la misma persona. Los poemas de Olvido García Valdés hablan de frío, de noche, de soledad, de muerte; es su estilo dominante de escritura. Además los lee con un susurro, con voz sonámbula, absorta. La sala se va llenando de un silencio que pesa como si la luz se agotara lentamente: “aire o cielo / no para respirar”. Y comprendes que la tristeza, aunque sólo usemos esta palabra para designarla, está llena de matices, de gradaciones que hacen que no existan dos tristezas iguales: “La forma de la tristeza no tiene olor, no suena”.
A Olvido García Valdés le gusta el negro. Tal vez sea una coincidencia, pero siempre la he visto vestida con ese color y usa unas gafas de montura negra. Dentro sus ojos se mueven engrandecidos, miran con respetuosa distancia: “alimento para los ojos, corazón quebrantado”. Le gusta el negro. “Me da miedo la luz, lo quieto de la luz, el hueso de tu sien contra la mía”. Sobrevuela muchas de sus piezas el símbolo del cuervo y sin embargo su inspiración bebe en los paisajes encendidos, casi siempre de su tierra asturiana, y en muchas ocasiones en el arte visual. Un libro suyo, Caza nocturna, creció a partir de tres pintores tan diferentes como Gorky, Uccello y Malevich.
Su poesía busca calor en la tristeza, luz en la oscuridad, pero en cuanto apaga el micrófono y se apea del estrado, se relaja, conversa, ríe, es otra. Nos ha dicho que se sintió poeta (lo prefiere a poetisa) en la adolescencia: aprendió a encerrarse en esa soledad, que no es melancolía sino intensidad del sentimiento, pero sin renunciar a ser una chica de su edad. Un poeta no es un raro, es alguien que tiene una manera diferente de estar solo. Se declara lectora un poco obsesiva. Las lecturas tienen épocas y ella ha vivido periodos febriles con Artaud, con San Juan de la Cruz, con Emily Dickinson, con Gamoneda… Iba pasando a otro cuando se saturaba del anterior, aunque no cree que saturarse sea la palabra más apropiada para describir la necesidad de cambiar de libro de cabecera.
Asegura que su taller de escritura es su cuaderno, una especie de diario azaroso al que confía versos, pero también reflexiones e impresiones cotidianas. Algunas de ellas las ha reunido en las últimas quince páginas del volumen de su poesía reunida, editado por Círculo de lectores y Galaxia Gutenberg bajo el título de Esa polilla que delante de mí revolotea. Sale a defender su poesía en cuanto percibe un leve aire de crítica: “se habla de que es abstracta; yo siempre digo lo contrario, que es de una gran concreción”. Nace de una impresión, se alimenta de la vida y mezcla reflexión, descripción, sueños, vigilia. El poema queda en la carpeta y lo va trabajando; “trabajarlos en general en mi significa descargarlos. He visto que a los pintores también les pasa eso. Sólo está terminado cuando no necesito tocarlo más”. El salón de Grados de Humanidades queda envuelto en un silencio teñido por sus versos, “Algunas piedras almacenan luz”, pero nosotros regresamos a la calle y Olvido vuelve a reír.