Martín López-Vega, Gótico cantábrico

MARTÍN LÓPEZ-VEGA
Gótico cantábrico
La Bella Varsovia, Madrid, 2017, 124 pág.12€

«Las alas que llevamos a la espalda y nunca usamos / se atrofian y duelen como si fueran algo ajeno / haciendo que nos encorvemos hacia la tierra / cuando deberíamos estar buscando nuestro lugar en el cielo».
Martín López-Vega (Poo de Llanes, 1975) a menudo escribe a chorro, con desaliño, o más bien con despreocupación aparente por la forma. Sin embargo hay pasajes de su libro Gótico cantábrico transidos de inteligencia lírica. Es un diario vital, un cóctel de viajes, de lecturas, de visitas, de fragmentos tomados a vuelapluma. Detrás queda una impresión de verdad: «el universo se acomoda dentro de mí / pero la valentía de vivir / es solo un gesto por la mañana, / frente al espejo, cuando me digo / hoy sí». El fluir automático de los poemas consolida un tono adictivo, como el de la prosa, aunque con descontinuidades. No impiden que disfrutemos con poemas como «Un Chernóbil en la mente» o «Un nom», en los que nos deslizamos de una imagen a otra: «donde me enseñaste aquella canción/ que no olvidarán ni mis cenizas». Uno de los fuertes del libro son los poemas de amor de una sutileza bien administrada, como la suite «Patricia Variationen», con versos como «ayer conocí a tu abuela y cuanto más / camino por estas calles tuyas más sé que el amor / no crece solo hacia el futuro: / ¿Quién sabe qué cosa es el tiempo?». La carga social suele aparecer teñida de nostalgia: «Y sin embargo, llevo conmigo a todas las personas de mi vida / como un tren fantasma. Y no hacen daño, acompañan». «La mejor salida es siempre a través», citando a Frost, «el consumo nos hará libres», «levántate y anda no es un milagro: / es el oficio de toda nuestra estirpe», mensajes de este poeta que nos habla con la voz de Sísifo: «porque quien no quiera ser como yo / debe saber / que solo hay otra opción, y es ser la piedra». Si este lector puede elegir, se queda sobre todo con dos poemas «Cereza sola en un plato» y «Fin de semestre en la escuela de arte», pero la tetera sigue encendida: «el té que preparamos para relajarnos / silba sobre el fogón urgiéndonos, también él».