El bosque sin regreso, de Rivero Taravillo

ANTONIO RIVERO TARAVILLO
El bosque sin regreso
La isla de Siltolá, Sevilla, 2016
Escribir de amor, con toda la historia de la literatura a tus espaldas, es un reto terrible porque cómo puedes decir algo que verdaderamente suene a nuevo.
El tema del amor es el más tratado en la poesía de todos los tiempos. Sin embargo Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963), que ha traducido a Shakespeare y a Yeats entre otros grandes, se ha propuesto en El bosque sin regreso escribir un libro de amor. Se lo ha propuesto o se lo ha impuesto la propia poesía, que es así de caprichosa. En realidad se lo impuso, porque Rivero aclara en una nota final, que la obra pertenece a un periodo de su vida concluido y especialmente prolífico, del que asegura conservar una veintena de poemarios inéditos. Dice también que antes de llamarse El bosque sin regreso se iba a llamar Amour fou y que descartó el título por parecerle agotado. Si exceptuamos esta salvedad, bastante razonable, no se aprecia en la escritura de los poemas que lo componen un esfuerzo por resultar original ni por salirse de los caminos trillados, sino que se advierte en todo caso que el poeta ha jugado sin complejos y que se ha divertido poniendo todo el oficio que atesora en cada poema. En la misma nota aclara que el protagonista poemático es él mismo en la medida en que la atmósfera que se respira converge con su mundo personal, y deja de serlo en la parte en la que aspira a ser poesía. Es evidente que su mundo es el de la cultura, el de las citas, el de los autores y el de los libros, el de alguien que utiliza el conocimiento como un hermoso escudo para camuflar la intimidad, aunque sea tras el papel de Pigmalión. Y la ironía es el aceite con que engrasa la profusión, con el que remansa las emociones para que no desmanden. Se lee con complacencia. Acaba uno jugando como lector en el juego del escondite. Sin embargo, quizá por el contraste, la emoción aflora con más nitidez en las piezas que se desmarcan de la retórica, momentos como Solos, que celebran la desnudez: «Este poema no contiene nombres de ciudades / ni títulos de cantos que me enhebren las lágrimas», o como Caricia, que es poco más que un haiku. Cierto que los siguen de cerca otros como Innisfree o Paideia.