La poética de la libertad



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Los responsables de la exposición La poética de la libertad le han puesto el título con el mismo criterio con que se bautiza un coche: porque suena bien y es sugerente.
Y la han centrado en SACRED, obra del chino Ai Weiwei, porque ha sabido atraerse la atención mundial de los medios culturales y crearse una reputación usando el arte como denuncia del régimen de su país. El resto está cogido con alfileres: se reparten la catedral de Cuenca tres exposiciones para celebrar tres efemérides: el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, el vigésimo de que Cuenca sea Patrimonio Cultural de la Humanidad y alguna fecha imprecisa sobre los pintores que promovieron el Museo de Arte Abstracto. El concepto de libertad relaciona las tres muestras: la libertad que le costó comprar a Cervantes cuando estuvo preso de los turcos, la libertad que anheló Weiwei durante los 81 días que estuvo preso del régimen chino en un estrecho habitáculo y bajo la ininterrumpida vigilancia de dos centinelas, y la superación del régimen de Franco que lograron los informalistas rompiendo las cadenas del arte. Son los reclamos. Luego viene la experiencia de visitar la exposición. El arte conceptual es un cuento que te cuentan y que para cumplirse tiene que embaucarte. Me resulta curiosa la acumulación de dioramas de Weiwei y meritoria la determinación de su lucha contra la nomenklatura de su país, pero no siento que esté ante una obra de arte. Más me mueve la cortina cúbica de alambres de espino de Florencio Galindo, sobre todo por su relación con la Catedral. Y me saben a poco la media docena de obras de los informalistas agrupadas en la Sala Capitular. Sin embargo tácitamente la exposición se amplía al propio templo, al arco de Esteban Jamete, a la puerta de Berruguete, a la visión de la nave desde muy cerca del techo gracias a una plataforma provisional. Y las entradas dan acceso al Museo Diocesano en donde esperan dos pequeñas maravillas de El Greco en medio de la hojarasca, y por supuesto al Museo de Arte Abstracto. Incluso al lejano monasterio de Uclés, donde yacen Jorge Manrique y su padre don Rodrigo. Y a la hermosa envoltura de Cuenca.

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