Elogio de un librero inolvidable

Juan Valero, Arturo y Eloy Cebrián, en Librería Popular. Mayo de 2006
De tanto tratar con novelas, lectores y escritores, Juan Valero fue disolviéndose poco a poco en la ficción. Ni los que más lo conocían lo notaron. Ni él mismo se dio cuenta. O si se dio, procuró que no lo supiéramos.
Aquel adolescente, calcado a Tintín, que buscaba Mundo Obrero en las frías trastiendas del franquismo, y que luego, encima, se lo leía como si fuera una medicina que curaba más por el contacto que por el entendimiento; aquel librero admirable a quien proponíamos a veces pruebas de búsqueda, más por verle en acción que porque estuviéramos seguros de necesitar el libro; aquel amigo que se enteraba antes que tú mismo de que estaba ya en la calle tu última creación, y que te recibía con un ejemplar en las manos cuando entrabas en Librería Popular; aquel que saltaba de alegría como un niño, después de haber obrado la proeza de haber conseguido tu libro antes que nadie; aquel Juan Valero ya no está. Hace tiempo que no estaba.
Quien nunca lo vio reaccionar ante los vagos datos que le dabas (un título tergiversado, un autor sin apellidos, simplemente una idea), se perdió para siempre aquella taumaturgia profana que Juan Valero ejecutaba con la sencillez de un druida. Con una sencillez no exenta de rituales. Se acercaba la mano a la barbilla y se sostenía el codo con la otra mano. Fruncía la boca. Elevaba la mirada unos segundos, para consultar el mapa de su prodigiosa memoria. Y, voilà. A veces, en la segunda o la tercera fila de una estantería. A veces, tanteaba en dos o tres lugares, como el mago que, sabiendo dónde está el conejo, lleva y trae a su público por los alrededores para alimentar la intriga.
En vez de decrecer, con los años fue aumentando aquel entusiasmo juvenil para contar las cosas, para exagerar las cosas con la voz, con el braceo, con la elevación de las cejas. Cuando te contaba sus anécdotas con los taxistas (siempre se las arreglaba para requerir los servicios de los más excéntricos). Cuando te contaba una salida de un par de días al barrio de Chueca a ver a la familia, la narración se convertía en una escena costumbrista. Cuando te relataba la última hazaña de El Chache, como llamaba a Eloy Cebrián, se sentía partícipe del acontecimiento. Siempre enfundado en aquellas camisas hawaianas, casi indescriptibles, y con la chaquetilla, que usaba a modo de guardapolvo, llena a rebosar de chapas. Y, sobre todo, cuando me señalaba la magnitud de mis publicaciones, que yo mismo relativizaba unos minutos antes.
Y, luego, conversaciones más íntimas, cuando se abría y dejaba aflorar ligeramente sus dudas y sus fragilidades, con el cigarrillo en la puerta, con un café vertiginoso en la cafetería de enfrente. Entonces, se apeaba del entusiasmo y se ponía serio, trascendental, pero le quedaba grande aquella trascendencia, como si no terminara de creérsela. Todos íbamos notando que la ficción se lo estaba comiendo a pedazos. Nos decía una cosa y veíamos otra, y llenaba de impotencia no saber cómo transmitirle a alguien tan listo lo que él mismo seguro que notaba. “Siempre se preocupaba por los demás y se olvidaba de sí mismo”, me recordaban el otro día, con los ojos empañados aún de no creérselo, las Rocíos, sus compañeras en la librería. Tan real como fue Juan, ha ingresado para siempre, completo, en la ficción. Y de ahí no habrá quien lo saque. Solo le queda crecer y crecer, como pasa siempre con los magos.

1 comentario:

Llanos Campos dijo...

Que alguien escribiera algo así sobre mí... Y habría valido la pena.