Las luces interiores



Karmelo Iribarren: Las luces interiores. Ed. Renacimiento, Sevilla, 2013

Dice Karmelo que sigue siempre el mismo procedimiento de quitar y quitar hasta que los poemas se le quedan en nada. Una nada, matizo yo, altamente significativa, inconfundible. En fin, una escritura tan personal que uno ve un poema nuevo de Iribarren sin saber que es suyo y puede atribuírselo sin temor a equivocarse, distinguiéndolo de los poemas de los imitadores, que sin duda tiene y son legión.
Imitadores inconscientes casi siempre, porque el poema del donostiarra es pegadizo y parece accesible. Pasa como cuando uno va a Sevilla y se le suelta el acento sin querer, hasta hacerle sentir a uno sevillano cuando los demás siguen oyéndolo manchego. Porque escribir como Iribarren parece fácil y es lo más difícil del mundo. La clave está en esa disciplina de ir quitando piezas hasta que el poema se queda en el esqueleto, en lo esencial, y se sostiene, como entre alfileres invisibles, en el ritmo y en el fondo. Los imitadores pueden construir un poema a la manera de, pero necesitarían años para llegar al mismo resultado desnudando el borrador, por el camino de esa paciente y minuciosa disciplina de limar y pulir. En la escritura de poesía, el hábito es lo que de verdad importa, por encima de las poéticas y las teorías que luego son insostenibles con el papel delante.
Así, después de la segunda edición, ampliada y revisada, de su poesía completa (1985-2012) Seguro que esta historia te suena, aparece un nuevo librito de Karmelo, de selecto color granate, con poemas inéditos, Las luces interiores. Un libro de corazón humilde, como sacado de puntillas, con el pudor del poeta que sufre con el prurito de que escribe mucho. Y sin embargo, la poesía debería publicarse siempre en libros de este tamaño, que añaden delicadeza a la intensidad. Dentro, la voz del observador que ya conocíamos. Un observador aparentemente pasivo, solo aparentemente, porque, desde su invisibilidad, nos apuñala con chispazos de realidad cotidiana: “La vida me dio siempre / pocas posibilidades.// Y eso hizo que nadie / depositase sus esperanzas / en mí. // Era como estar / sin que te viesen. // Utilicé esa libertad / para sorprenderlos a todos.” A veces tiene que empujar las palabras para que su carga nos sacuda: Así es la puta vida, reza uno de los títulos.
A lo largo de su carrera como escritor, Iribarren ha utilizado la poesía casi para todo, sin cortarse un pelo. Por ejemplo, para la venganza. Nos ha permitido vengarnos con él, de una forma aparentemente, siempre aparentemente ficticia, jocosa, irónica, de nuestros demonios cotidianos. Como aquel Torturador, de uno de sus primeros libros. Y sigue ayudándonos a vengarnos de las mujeres (Planes) que nos dieron calabazas y hasta de los que nos recuerdan al que fuimos (El Pasado). Por supuesto, se atreve con el amor, siempre difícil de abordar para los poetas (Otra manera de decirlo, Qué suerte tengo). Y sin embargo, vencedor del pudor y del patetismo en los poemas cortos, evita o sirve con cuentagotas los que son un poco más largos, aquellos en los que no solo ofrece un efecto, sino también un clima, una atmósfera. Y sin embargo, no son menos emocionantes los que se alargan unos versos más de lo acostumbrado (por ejemplo en este libro, Las ciudades o Te sientes raro, distinto) por mucho que el autor pueda sentirse raro, distinto, en ellos.

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