El cuento, como reactivo


He salido estas semanas últimas a presentar mi libro de cuentos por esas capitales de las Españas y he vuelto cargado de aprendizajes. Porque se aprende más cuando sales de tu rutina; será porque la rutina adormece la capacidad de aprender. Y porque la gente es generosa, te enseña sin querer, sin darse cuenta. Uno de los asistentes a la presentación de Valencia comentaba que nos gusta que nos lean cuentos; nos gusta de pequeños, pero nos sigue gustando toda la vida. Esta observación, que en principio parece una perogrullada, tiene el poder de acentuar algo que ya sabíamos, pero que solemos olvidar porque la rutina lo va depositando en el fondo de nuestras inquietudes: los cuentos son para contar.
Es curioso que un género que comercialmente no funciona, o que funciona poco fuera de los ámbitos infantiles, funcione en cambio tanto como guía interior. Hay un cuento infantil primordial en nuestra identidad, nuestro cuento favorito, el que seguimos siendo toda la vida, aunque ya no recordemos los detalles, aunque parezca desdibujado en la memoria. Unas personas son de Caperucita y otras de Hánsel y Gretel, y otras de La Cerillera de Ándersen, y así sucesivamente. Y esto sucede en lo individual, pero también en el ideario colectivo: Jon Juaristi explicaba en El bucle melancólico que no hay una historia del País Vasco que genere argumentos, pero sí una constelación de historias que generan vínculos emocionales, más fuertes que los históricos.
Y esta capacidad de estimular a la gente a dar un paso físico la tienen los cuentos, los buenos cuentos, más que ningún otro género. Están a caballo entre la poesía, que es un fogonazo en la inteligencia o en las entrañas, y la novela, que es una inmersión durante un tiempo prolongado en otras identidades que te liberan de tu propio ser sin peligro para tu integridad, al menos aparentemente. Entre la carrera de cien metros que es el poema y la maratón que es la novela, el cuento es la prueba reina del atletismo literario, los mil quinientos, donde hace falta estrategia, pero ni el escritor ni el lector pueden permitirse el lujo de reservar energía.
Luis Alberto de Cuenca nos enseñaba el otro día en Madrid que el cuento es el género más terrorista, porque funciona como una bomba de relojería que tiene que explotar en el momento preciso. Si el mecanismo está bien dispuesto, explota dentro de ti y te empuja a dar un paso, hacia adentro o hacia afuera, pero un paso. A los niños, por ejemplo, cuando lo escuchan en el último momento del día, les ayuda a dormir con la seguridad de que todo está bajo control, que los personajes definitivamente son felices y están comiendo perdices, mientras el lobo yace en el fondo del río con la barriga llena de piedras. Una crueldad que serena mucho.
Nos gusta que nos cuenten cuentos, y sin embargo, ironías de la vida, el género no funciona comercialmente. A lo mejor porque estamos todo el día oyendo cuentos. Solo que no tenemos conciencia de que lo sean. El Gran Wyoming abre cada noche su programa El Intermedio con estas palabras: “ya conocen las noticias, ahora vamos a contarles la verdad”. Desde su sorna, con fachada surrealista, nos está destripando el cuento, el que exhalan los informativos y destilan los diarios, el cuento que nos adormece, nos desesperanza o nos indigna. Igual que hay un tropel de poetas apócrifos que urden eslóganes para los anuncios publicitarios y para los discursos políticos, hay una pléyade de cuentistas que cada día preparan la relojería de sus historias para que exploten en nuestro interior y nos hagan reaccionar en el sentido que a ellos o a sus jefes les interesa.
Son cuentos, pero no son arte. Porque el arte, como acuñó Picasso, es una mentira que nos acerca a la verdad, mientras que las mentiras que brotan desde el clamor de los medios nos van alejando de la verdad de forma vertiginosa. Para contrarrestarlas, siguen estando los cuentos, la lectura, la rumia de lo leído, que es un placer y un despertar. Afuera está Mátrix, el diluvio de información que nos anega.


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