José Luis Parra vive en una sentina y por eso mismo se ha convertido
en un degustador de luz, en un experto en extraer del más tibio rayo de sol
toda la incandescencia de la alegría. Y quizá parezca que estoy exagerando,
seguro que estoy exagerando, porque conozco a José Luis. Pero lo que he dicho
es literal, podemos leerlo en Rayo de sol
en la cocina: “De pronto, en la cocina, / preparando el café del desayuno,
/ qué lanzada de sol me cauteriza. / ¡Absolución! / Herido, traspasado de
alegría / por el filo inocente / de un resplandor”. Absuelto por la luz. Así lo
celebra. Pocos poetas conozco que sean capaces de subrayar un contraste tan
profundo entre la oscuridad casi absoluta y el clemente fulgor.
Ya lo constata el prologuista Antonio Cabrera, cuando afirma con más
elegancia que ironía que el hedonismo de Parra es exquisito e intenso aun
siendo de bajo poder adquisitivo. Que “le bastan ciertos lugares sin ribetes:
bares baratos sobre cuyas barras se resecan las tortillas, terrazas anodinas o
calles sin drama donde cualquiera es nadie. Podrá rodearse de modestia, pero la
belleza nunca es modesta, no pierde nunca la sustancia de su brillo. El amor
caduco alcanza a regalar todavía instantes grávidos. El sol sigue clavando
rayos en el banco de la cocina. El mirlo silba. Hay a veces una luz leonada. Y
existe la cerveza.”
Se trata de una antología, de una de esas hermosas antologías
manejables y rayadas de colorines que edita Renacimiento sobre la obra de un
autor conocido, con el prólogo de otro poeta conocido que hace las veces de
lector iniciático. En medio de esta colección, la presencia de Parra puede
extrañar tal vez, porque su nombre no resuena fuera del círculo de un puñado de
lectores que veneramos su talento, incluso dentro del círculo ya por sí
reducido de la poesía. Al fin y al cabo, José Luis publicó su primer libro
válido con cincuenta tacos, lo que lo aleja de cualquier clasificación
generacional, que tantas veces franquea la frontera entre existir o no existir.
Además, él tampoco ha cultivado ni cultiva la vida literaria, fuera
de sus amigos valencianos. No busca más promoción que la de hablar de poesía
con quien le sirva de interlocutor. Sus tres primeros libros, Un hacha para el hielo, Del otro lado de la cumbre y La pérdida del reino, vieron la luz por
la iniciativa de Café Malvarrosa. Y solo en 2000 lo fichó Pre-Textos y le
facilitó el reconocimiento de la crítica especializada con Los dones suficientes, al que siguieron Tiempo de renuncia y De la
frontera, títulos que han ido incrementando el número de sus seguidores.
El valor de esta antología, Cimas
y abismos, es que recoge poemas que abarcan toda su trayectoria, arañando
incluso alguna pieza de su libro primerizo Un
hacha para el hielo. Cierto que ya antes Renacimiento había recopilado la
obra de Parra anterior a 2001 en un volumen reorganizado por el propio autor
que se llamó Caldo de piedra. Esta Cimas y abismos contempla toda,
absolutamente toda, su producción, ya que incorpora incluso poemas del libro
inédito Inclinándome, que saldrá a la
luz el próximo otoño.
El lector que no conozca la obra de José Luis Parra se preguntará
cómo es posible que no haya oído hablar antes de este poeta. A los que ya la
conocemos, al menos a mí, la antología nos depara otros atractivos. Por
ejemplo, el de comparar las piezas espigadas por Cabrera con las que nosotros
mismos hubiéramos elegido. Siendo como es Parra un poeta de nota media alta, es
fácil echar en falta poemas, a sabiendas de que los que están no desentonan. No
falta sin embargo ninguno de esa veintena que el propio Cabrera llamaría poemas
emblemáticos del autor, los que cualquier lector elegiría, entre los que
podríamos citar, así a vuelapluma, el ya referido Rayo de sol en la cocina, o la estremecedora elegía Meditación en un aniversario, Ritual de la persiana, Padre tardío y quizá alguno del libro
que se avecina, como Sentimiento oceánico.
José
Luis Parra: Cimas y abismos. Ed. Renacimiento, 2012.
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