Antonio Cabrera



No sé si uno acaba pareciéndose a sus pasiones o si uno se apasiona por las cosas que se le parecen. Antonio Cabrera, apasionado de las aves, anillador titulado, traductor de poemas de aves y escritor de poemas de aves, tiene algo de pájaro en el perfil. Sus libros están surcados de vuelos que huyen de cualquier explicación y son tanto más hermosos cuanto más inexplicables resultan. Porque Cabrera se ha empeñado en cubrir la distancia que le separa de la realidad con una fina gasa de palabras que nos permitan apreciar lo que no se ve de tan encima que lo tenemos: el aire que nos rodea, la luz de un atardecer, los anillos que se forman en el agua cuando alguien tira una piedra. Creemos que estas cosas nos emocionan, pero en realidad lo que nos suscitan no es una emoción, sino la fotocopia de una emoción, la dictadura de una emoción que nos impusieron los que llegaron antes que nosotros y supieron plasmarlo en un poema. Toca emocionarse en determinadas situaciones porque así ha sido siempre. Cabrera no acepta este emocionarse porque sí. Vive cerca del mar, pero no siente nada mirando el mar. Se concentra en los pliegues de las olas, el ajetreo del agua, la espuma, los tornasoles de la luz. Hay quien no lo comprende, pero no se trata tanto de sentir, como de entender qué se está sintiendo. El aire que nos rodea, unas monedas olvidadas sobre la mesa, un cerezo en flor no son en sí mismos emocionantes, o tal vez sí. Qué es lo que nos sucede cuando los observamos. Ese es el espacio que sobrevuela el poeta Cabrera, el que disecciona con su pico de lenguaje, el que nos ofrece masticado y vuelto del revés, reconocible y puro como un nido. Así, como quien no quiere la cosa, se ha abierto un hueco en la poesía española. Aquí y allá le aparecen admiradores y hasta imitadores, pero él sigue a lo suyo, diseccionando, bajando desde la altura a picotear en los detalles. Como buen pájaro, es un naturalista del siglo XXI. Igual que los naturalistas del XIX consideraban que la naturaleza es el punto de partida de todas las cosas, Cabrera lucha por no dejarse vencer, se resiste a la dictadura de las ideas, que cambian nuestro modo de percibir las cosas incluso mientras las estamos viendo: “esta luz recordada no es la misma”. Tiene que sujetarla para que no se confunda con otra anterior. “Canta el alrededor, no te dibujes”. Esa es la consigna, la obsesión: no hablar de él mismo, que sean las cosas, los objetos, los elementos los que se expresen a través de sus poemas. Se trata de evitar que los sentimientos lo traicionen y empiecen a contar la realidad de otra manera diferente a la que muestran los sentidos: “con la retina del conocimiento, no la mires”. Un esfuerzo titánico que, como no podría ser de otro modo, está condenado al fracaso por la simple razón prosaica de que los objetos son objetivos, pero los sujetos somos subjetivos. Qué demonios. En el camino, sin embargo nos va dejando hermosos poemas y también artículos fragantes de vida, en los que es posible aprender a distinguir un bicho o una planta mientras se mece al son de una prosa. Estoy refiriéndome a su libro El minuto y el año, que es otra cara distinta de su ser de pájaro, quiero decir de poeta. En el vuelo de su lucha, nos va enseñando a mirar de otra manera, a ver en la luna de octubre el escenario que cruzan las aves migratorias, una ruta antiquísima, anterior a cualquier contemplación humana, anterior a cualquier pensamiento. Nos va enseñando a escuchar el laberinto que recorren las notas de un oboe en su camino hasta nuestros oídos. Nos va enseñando a distinguir la aspereza sorprendente del liquen y su humilde lección. Nos va enseñando cómo el agua estancada impregna hasta la luz que yace sobre ella. Serenas lecciones de este poeta pensador que cuando desciende a pescar versos lo hace para pescar peces vivos, que eso es un poeta según don Antonio Machado.

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