El hijo adoptivo y la Virgen



Pocas personas pueden ir por ahí presumiendo de ser hijos adoptivos de dos pueblos. Ya serlo de uno es un título infrecuente, que huele a parque, a estatua de bronce entre palomas, a placa explicativa en un pedestal que curiosean los visitantes y que tienden a olvidar los hijos del pueblo. No encuentro constancia de que Chinchilla tenga otros hijos adoptivos declarados, aunque habrá muchos que lo hayan merecido. De hecho, cuando el ayuntamiento en su pleno de 31 de agosto pasado decidió por unanimidad nombrar a Victoriano Navarro Asín, hubo que copiar el protocolo de otros municipios porque no existía uno a propósito en la propia Chinchilla. Don Victoriano, como lo conocen sus feligreses, era también hijo adoptivo de Hellín desde 2000. Lo demuestra un lujoso documento que exhibe enmarcado en la pared de su casa. ¿Qué hay que hacer para que te nombren hijo adoptivo de dos pueblos distintos? , le pregunto. “Supongo”, me responde, “que querer a la gente”. Sencilla conclusión que luego aclara: “Yo he intentado encarnarme en las costumbres de los sitios donde he estado. Mi política parroquial ha sido aceptar lo que la gente tiene y tomar los elementos positivos. Parece que ellos lo han sabido ver así”. Los promotores del nombramiento en Chinchilla han sido jóvenes del club que don Victoriano fundó en los años setenta. Aunque ahora son talludos, porque la vida vuela, no olvidarán nunca aquellas estimulantes sesiones de cinefórum vividas en el cementerio de la iglesia. Como no hallaron mejor sede, llamaron al Club Osarium. En verano, se juntaban al aire libre. Para el invierno lograron levantar un modesto local. Tampoco olvidan haber reinventado la romería al patrón del municipio, San Miguel, aprovechando que el 29 de septiembre, el veranillo al que el santo da nombre suele ofrecer buena temperatura. “Qué tiempos”, parece decirse a sí mismo don Victoriano. “Yo era el alma de aquello. Pero lo hacían todo los jóvenes”, puntualiza. Y añade que, pese a la intensidad del recuerdo, “el Club duró solo cuatro o cinco años, hasta que empezaron los pubs y las discotecas. En otros pueblos, ya no lo he intentado. Todo está plagado de pubs y de discotecas y yo me he hecho mayor también. No sé si aquello cabría ahora. Entre otras cosas, promovido por un cura”. Lo afirma con la tajante lucidez de alguien con muchos bautizos y entierros a sus espaldas. Setenta y cinco años bien llevados, sobre todo el último, desde que dejó el tabaco: “después de sesenta años de engañar a todos menos a Dios, y a mí mismo”, recalca con expresión pícara. Pero el recuerdo que acaricia quizá con más cariño es lo que aquí llaman “el descubrimiento de la Virgen de las Nieves”. Dice que llevaba 300 años embutida en un cilindro de plata del que solo asomaba la cabeza. Que se la llevó a su casa y estuvo manipulándola sin éxito, porque no había modo de moverla. Que, después de tantear a la feligresía, de echarle mano izquierda, en secreto la metieron en una bolsa de deporte y la bajaron a Albacete, a la joyería Mompó. Que uno de los oficiales iba a cortar el cilindro por los pies, pero les dio miedo que dañara la imagen. Y que, tras considerar otras posibilidades, se les ocurrió ir calentando el cilindro. Aquello funcionó. La Virgen empezó a cantearse ligeramente en su encierro de plata, hasta que por fin, estiraron y salió entera. Estaba sujeta con lacre, como si fuera una carta divina que los feligreses del siglo XVII enviaban a sus descendientes. Ese domingo, en la misa, un don Victoriano jubiloso montó el número: “¿Conocéis a vuestra patrona?”, preguntó. Los parroquianos se rieron. “Ahora la vais a conocer de verdad”. La llevó al altar, “ya que es tan manejable” y la extrajo con facilidad del cilindro. Asegura que se oyó un Oh estremecedor. Luego votaron para decidir si seguía en el cilindro o quedaba desnuda la talla de alabastro de fabricación inglesa que tan bien conocemos. “No salió ni un no”. Fue tan unánime como la votación para declararlo a él hijo adoptivo de la ciudad.

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