Juliet, desnuda



Confieso que aún no llevaba veinte páginas de Juliet, desnuda, cuando aparqué la novela para meterme en la wikipedia y comprobar quién es Tucker Crowe. La novela puede disfrutarse igual aunque no estés seguro, pero devorar páginas con la mosca detrás de la oreja termina incomodando. No en vano, según el novelista, Tucker Crowe es un cantante de la talla de Springsteen, Dylan o Cohen. Casi nada. La wikipedia aclara las cosas, pero solo hasta que retomas la novela. Enseguida vuelve Tucker Crowe a ser real. Nada hace más real a un personaje que haya otro personaje obsesionado con él. En el fondo Don Quijote es tan grande porque va detrás Sancho amplificándolo. En Juliet, desnuda, el forofo de Crowe viaja desde Gran Bretaña hasta la estadounidense Minneapolis para visitar los apestosos aseos masculinos de un bar, el lugar donde, según los cronistas, Crowe decidió dejar la música. Otros forofos igual de insensatos se le han adelantado: buscaban, más allá de las sensaciones primarias que se captan en un váter público, entender qué movió a su ídolo a retirarse. Parece delirante, pero solo es delirante para alguien que no sea un mitómano. Y todos tenemos algo de mitómanos. Por ejemplo, yo a veces, dando un paseo, me he preguntado por qué calles entraría César Borgia en Chinchilla, qué sentiría cuando lo metieron preso en el castillo. Intento ponerme en su lugar, trato de ver con sus ojos y tocar con sus manos, lo que es quimérico, por supuesto. Y no fue el único. Podría referirme a San Vicente Ferrer o al Infante Don Juan Manuel, los Reyes Católicos o El Cid. Estamos pisando terrenos que pisaron, aunque entre sus pisadas y las nuestras hayan pasado muchas excavadoras. También Cela, a quién le negaron posada, y se vengó en Pascual Duarte llamando a Chinchilla ruin, gris, macilenta y manchega (cosa esta última que nunca pudo ser, por hallarse en alto). Si uno es razonablemente mitómano, vivir en Chinchilla es estar respirando un aire usado por lejanos personajes cargados de glamur. La novela de Nick Hornby me resulta tan cercana porque hay un mitómano, pero también un creador que perdió la inspiración Eso es terrible. La inspiración es un modo como otro cualquiera de olvidarte de la vida y de la muerte. En cuanto te falla, las sombras te cercan. Y crecen tanto más cuanto más tarda en volver la inspiración. En el fondo, toda nuestra existencia es una lucha por mantener lejos la idea de la muerte. Componer canciones, escribir poemas o tener hijos vienen a ser, indirectamente, maneras de combatir esa idea, huevos que pones con la esperanza de que sean mucho más duraderos que tú mismo. No es que Juliet, desnuda se meta en estos berenjenales metafísicos. Lo que hace en todo caso es dejar encendida una llamita para que tú te fabriques tu propia hoguera, si tienes tiempo y ganas de hacerlo. La novela es sencilla, agradecida de leer. En algunos pasajes me he carcajeado como solo recuerdo haberlo hecho leyendo El Quijote mismo, salvando las distancias. Una risa que se alimenta de la ironía y que crece dentro de ti. Es lo que hacen las buenas novelas: dejar abiertos caminos que tú puedes recorrer o no. La mayoría de las veces, uno termina de leer y borra las sugerencias, antes de que tomen vuelo, empezando a leer otro libro inmediatamente después. A mí me gusta rumiar lo que leo y veo, lo que oigo. Despertarme al día siguiente inmerso aún en imágenes, situaciones, versos. Eso no lo puedes hacer si te cepillas dos libros y un periódico al día, o si te ves dos películas y siete telefilmes. Entonces todo se mezcla y se confunde. La suerte ha querido que me dé tiempo de rumiar Juliet, desnuda antes de que vuelva la vorágine. Eloy Cebrián no me explicó por qué le gustó tanto. Solo me dijo que me la recomendaba. Y, como estábamos de tertulia hojeando títulos en Librería Popular, eché mano del libro. Ahora le agradezco la sugerencia. Estoy seguro de que él no necesitó la wikipedia para saber quién era Tucker Crowe. Nick Hornby: Juliet, desnuda. Anagrama, 2010.

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