1Q84

Cuando ve que me llevo 1Q84, Rocío dibuja una sonrisa de las suyas y me pregunta si he leído otros libros de Murakami. Le contesto que bastantes. Desde hace tiempo, mi mujer y yo nos hemos aficionado al escritor japonés y disfrutamos comentando cada novela, después de terminarla, tanto como la disfrutamos mientras la leemos. La conversación con Rocío acaba confirmando mi teoría de que los lectores de Murakami se dividen en dos grandes grupos: los que prefieren Tokio Blues y los que se decantan por Kafka en la orilla. Los que preferimos el segundo solemos disfrutar también con el primero. En cambio, hay muchos a los que Kafka… les marea, les aleja demasiado los pies del suelo. Por supuesto hay más libros publicados de Murakami, pero parece que los dos citados marcan las dos grandes tendencias en las que cabe clasificar el resto. El caso es que, si uno los compara, no son tan diferentes. Llevan el sello del autor: te sumergen en un universo donde las sensaciones son más importantes que los sucesos, donde los sentidos de pronto se activan de una manera diferente, como si estuvieras en el fondo del mar, de un mar japonés, para ser más exactos. Cobran importancia los detalles como la música que escuchan los personajes, la ropa que llevan, la comida que toman en determinados momentos, a qué huele el escenario de cada pasaje. Las recetas son japonesas la mayoría de las veces y uno se verá negro para conseguir determinados ingredientes que allí parecen habituales. Sin embargo, la banda sonora de sus libros es occidental, y cubre un amplio abanico, desde la clásica al pop, pasando por el jazz. Mi cultura musical es incompleta y leo las novelas de Murakami con el ordenador cerca, para ir escuchando sus propuestas. En 1Q84, le agradezco que me haya dirigido la atención hacia los solos del clarinetista Barney Bigard, que acompañó a los grandes del jazz. Los personajes de Murakami viven en el límite, muchos acaban mal, pero sin hacértelo pasar mal a ti como lector. Nada que ver con las novelas de Auster en las que el norteamericano va hundiendo a su personaje principal en una ciénaga cada vez más profunda de la que el lector tiene que sacar la cabeza para respirar y poder seguir el hilo del relato. Por supuesto, va en gustos. No quiero que se me enfaden los lectores de Auster, al que yo he disfrutado como el que más, por ejemplo en El palacio de la luna. ¿Qué diferencia entonces las dos grandes ramas de la obra de Murakami? Las novelas que se parecen a Tokio blues siguen a personajes adolescentes que realizan su aprendizaje sentimental a través de las relaciones y las experiencias con otros como ellos. En Kafka en la orilla hay protagonistas jóvenes, pero se mezclan con otros más veteranos que viven en un universo paralelo al nuestro, que no es exactamente el nuestro y donde suceden cosas que no son naturales. Supongo que los filólogos deben considerarlo el realismo mágico japonés. “Si te gustó Kafka en la orilla, te va a gustar 1Q84”, vaticina Rocío, sin dejar de sonreír. Así queda la cosa cuando salgo de la Librería Popular. Y lo cierto es que hago un esfuerzo porque me guste desde las primeras líneas. Al fin y al cabo, estoy de vacaciones y leo para disfrutar. Sin embargo, tarda en llegar la magia. Será porque Murakami ha alcanzado una fama que arrastra su escritura hacia el superventas. La estructura es calcada de la de Kafka...: dos personajes principales que aparentemente no tienen nada en común y a los que va dedicando capítulos de forma alternativa. Hasta que alcanza velocidad de crucero, tengo la sensación de que a la historia le crujen los engranajes. Finalmente termino sumergiéndome y disfrutando casi como siempre ¿Quiere esto decir que es un mal libro? En absoluto. De hecho, espero que lo termine mi mujer para comentarlo. Pero tengo miedo, Rocío, de que a Murakami nos lo esté empezando a robar el éxito, la industria, este universo prosaico que nos envuelve y que disuelve todas las magias. Haruki Murakami: 1Q84. Tusquets, Barcelona, 2011.

3 comentarios:

Rocio dijo...

Arturo,me ha encantado la reflexion que haces sobre los dos universos murakamianos de los que ya hemos hablado, estoy de acuerdo contigo aunque prefiero los libros en los que no despega demasiado los pies del suelo y sin embargo habla de sentimientos que estan a flor de piel que casi llegas a sentirlos tu mismo al leerlo. LO que espero, al igual, que tu,es que no sea absorvido por esa industria de la que hablas, pues perderia la esencia y la magia. Yo confio es su caracter solitario y humilde que no permitira que algo asi ocurra.
Siempre es un placer hablar de libros contigo. Un saludo
Rocio (Libreria Popular)

Rubén Martín Díaz dijo...

Gracias por la información de tu artículo, Arturo. Desde hace bastante tiempo tengo pendiente leer algo de Murakami (Haruki, no Ryu, de este último sí que he leído), pero no encuentro el momento. Sin embargo, Mª Ángeles disfrutó mucho con Tokio Blues. Al leerte dan ganas de leerlo.

Un abrazo.

Daniel Quinn dijo...

Hola Arturo.

Yo leí este verano 1Q84 (o, mejor dicho, la mitad de 1Q84, que es lo que se había publicado en ese momento) y a pesar de destellos fascinantes que me recuperaban al mejor Murakami, en general tuve la sensación de que lo perdíamos. Y es una sensación que también experimenté con Kafka en la orilla. Ya en ese libro me pareció que Murakami había hecho de sus logros un cliché, que su gusto por la precisión y el detalle estaba demasiado forzado y no se gozaba con la misma calma que en otras novelas (un cierto espíritu Kawabata que parece que se pierde...), que la divulgación se convertía en didacticismo, que por momentos había discursos que me encorsetaban como lector y que un cierto aroma de libro de autoayuda se empezaba a filtrar por sus páginas. Esto lo digo siendo admirador de la rama de Murakami que asocias a Kafka, y que para mí alcanza su punto más alto en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, que, a pesar de sus defectos, me parece fascinante de principio a fin. Sin embargo, tanto en Kafka como en 1Q84, me parece que la ansiedad de Murakami por reforzar sus logros le hace caer en un efectismo que vuelve el resultado un poco impostado, cuando la naturalidad con la que describía lo asombroso era una de sus grandes virtudes. Quizás ha dado a los logros una vuelta de tuerca más de lo que era necesario, en lugar de seguir explorando y hacer avanzar sus personales líneas hacia otros territorios. ¿Deseos de vender más? ¿Asimilación de códigos de los best-seller? Es posible, aunque los destellos de buena literatura que quedan por sus páginas siguen consiguiendo que la lectura compense el tiempo invertido.