Veinte horas



En qué trabajo te están mirando a la vez veinte, treinta personas, durante varias horas todos los días, esperando que les des instrucciones y a la vez esperando una fisura, un titubeo en tu determinación, para subírsete a la chepa. Es algo más que ser observado y llevar la iniciativa: es tener la responsabilidad de serles útil, mientras te están sacando una radiografía, motejándote, tomando nota de tus errores. Lo harán incluso los más aplicados. Sobre todo los más aplicados, porque para sentirse integrados en el grupo necesitan demostrar a sus compañeros una cierta distancia con respecto a ese extraño al que llaman profe. Cada cosa que digas, cada gesto que esboces, será analizado minuciosamente por esos ojos. Y a la vez, de forma paradójica, estarán absorbiendo lo que eres. Porque por muchos inventos y muchas aplicaciones didácticas que aparezcan, la comunicación de persona a persona sigue siendo la que más nos influye. ¿Quién no siente viva todavía la huella de cierto profesor o profesora inolvidables? Retenemos más la manera de ser, el modo de organizarse, de dirigirse al grupo, de enfocar los asuntos, que lo que supuestamente tenían que enseñarnos, que quizá lo aprendimos, pero no recordamos cómo. El mejor predicador es Fray Ejemplo. Pero no hay ejemplo sin un tema, sin una asignatura con la que asociar al predicador. Como me dijo un día un maestro de profesores: “eres un actor sobre un escenario”, un actor de teatro que hace siempre el papel de ser el que sabe, aunque cada día debe cambiar el guión. Preparas tu verdad de cada día. Pero tú sabes que cada una de esas miradas oculta y refleja su propio miedo, sus carencias de niño en crecimiento, su necesidad de ser aceptado también fuera del grupo, en un ámbito mayor, en la sociedad. Lo manifiestan como pueden: con su falta de base, con su arrogancia, cada día más a menudo con su desconocimiento de los límites que les permitirían integrarse mejor y ofrecer una mejor disponibilidad para la convivencia. Lo ves en ellos mientras les hablas y te atienden o no te atienden e incluso ni te miran, porque tienen demasiadas cosas que decirse y no esperan de ti nada novedoso o útil. Tu oficio consiste precisamente en descubrirles que hay algo que les interesa fuera de ese mundo cerrado de pantallas y amigos. Que del instituto y de ti pueden beneficiarse. Pero, ojo, el concepto de lo útil cuando se tienen entre 14 y 17 años es muy diferente del que tendrán algunos años después, cuando todo sea mucho más difícil y tengan que poner en juego la responsabilidad que aprendieron, cuando necesiten estar preparados y todos necesitemos que lo estén, que se sobrepongan a las injusticias, que no sean borregos que se resignan, sino ciudadanos que defienden sus derechos. Una clase es una ceremonia, por eso les hablo de usted. No doy una sola clase de la que no salga exprimido. A veces con la satisfacción de haber calado, otras muchas con la convicción de que tengo que cambiar cosas. Una jornada de más de tres clases supone medio maratón mental. Y nadie corre medio maratón todos los días. Aunque menos mal que detrás hay un orden. Que hay un equipo que lleva desde junio enzarzado en distribuir a los alumnos en grupos, según cursos, asignaturas o número de repetidores, decidiendo qué profesores les darán clase y en qué aulas, anticipándose a problemas que surgirán, dejando huecos para poner en común ideas y dificultades, vías para recuperar a los díscolos, para recabar el apoyo de los padres y escuchar sus preocupaciones. Pues bien, lo que nos exige ahora Cospedal es que tiremos a la papelera esa organización minuciosa de dos meses y la rehagamos otra vez en cinco días, eliminando profesores y sobrecargando de clases a los que queden. Ese es su modo de crear empleo y sembrar futuro. Una mala estrategia, que ni siquiera es suya, que ha copiado de otras autonomías. Así discurre. Tampoco es Sor Ejemplo: maestra de recortes, aún no hemos visto que recorte sus tres sueldos. Los necesitará para llevar a su hijo a un colegio de pago.

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