Sentimientos de político


Nunca creí que entendería tanto a un político. El otro día, miraba a Carme Chacón sacar adelante su discurso, con la voz entrecortada y lágrimas de rabia asomándole por los ojos, y me daban ganas de acercarle un pañuelo. Salvando las enormes diferencias, quiero decir que, en los dos meses que llevo experimentando sensaciones como candidato primero y ahora como concejal electo, he tenido ocasión de comprobar que la política, incluso la modesta municipal de un pueblo de provincias, es un carrusel de emociones. A menos que tengas el corazón de acero, te minan. Durante la campaña, el vecindario parece el mismo y, sin embargo, hay sutiles variaciones que no te pasan desapercibidas. Cuando bajas a por el pan, algún que otro vecino viene a saludarte con más detenimiento del habitual, y te preguntan, como es lógico, por tus planes, y te felicitan. Otros, en cambio, con los que te has saludado siempre con simpatía, parecen arrimarse más a las paredes cuando pasas. Te lanzan un adiós huidizo. Los aprecias y sabes que te aprecian, aunque te estén diciendo con sus gestos que no van a votarte. Pero ya has cruzado una frontera, te has decantado por unos colores que te marcan. Y hay gente que esto de los partidos políticos se lo toma muy en serio. Recuerdo haber vivido algo similar en el instituto Doctor Alarcón de La Roda, donde estuve destinado seis años inolvidables. Al tratarse de un centro pequeño, acababas confraternizando tarde o temprano con todos. Además estaban los viajes de quienes íbamos y veníamos cada día desde Albacete, compartiendo coche. Terminaban convirtiéndose en auténticas tertulias de veinte minutos, en las que aprendí mucho e hice buenos amigos. Éramos una familia razonablemente unida, hasta dos meses antes de las elecciones a director. Entonces, personas encantadoras, con las que te habías ido de vinos y de almuerzos pantagruélicos, de pronto fruncían el ceño, te observaban esquinados, confabulaban por los rincones con ademanes mefistofélicos, presionaban a otros compañeros, incluso a alumnos, pugnando por hacerse con el poder. Yo los miraba y pensaba: pues vaya una lucha tonta, por ser director de instituto. Para ellos, evidentemente, era más que importante, trascendental, en vista de los procedimientos que empleaban y que te ponían a ti mismo y a los tuyos en el compromiso de contrarrestarlos por lo derecho o imitarles. Siempre he pensado que, si uno utiliza medios deshonestos para alcanzar el poder, es más que improbable, imposible, que no siga utilizándolos una vez que se haya entronizado. Entonces lo hará para perpetuarse en el poder. Cambian los objetivos, pero no los métodos. Sin embargo, he visto a buenas personas transformarse durante las campañas hasta convertirse en Míster Hyde. Y luego los he visto, poco a poco, recuperar su antiguo talante, teñido de resentimiento si perdieron, hasta volver a ser los que eran. ¿Cómo no va a afectarte? Entras en política porque consideras que alguien debe dar el paso para que la democracia siga funcionando, y porque quieres añadir tu granito de arena, sin grandes esperanzas de cambiarlo todo en un tiempo de crisis total. Y, no obstante, cuando empiezas a embarcarte en los protocolos de campaña, en las fotos, en los discursos, en las entrevistas, tienes que creerte tu personaje para salir adelante, porque esta lucha va en serio y corres el riesgo de perder por goleada y encima hacer el ridículo. Es mucha la energía que, sin darte cuenta, inviertes, y te vuelves, sin querer, hipersensible, y analizas con lupa lo que han declarado tus contrincantes, por si se han pasado de la raya al citarte, y calibras a bulto cuantas personas de las que te saludan van a votarte, según su tono de voz, y das crédito a comentarios que en cualquier otro momento te arrancarían una sonrisa. Vives situaciones chocantes, como cuando fuimos a una pedanía a la hora convenida con el pedáneo y al llegar a la plaza no había ni un alma, y se oía el paso de los rodanos, como si en vez de Izquierda Unida fuésemos Billy El Niño y sus secuaces. Una forma sutil de rechazarnos. A Carme Chacón le pasó el otro día.

2 comentarios:

Juan Martínez-Tébar Giménez dijo...

Suerte en tu labor y ya sabes que estoy en el Instituto para lo que quieras.

Arturo Tendero dijo...

Gracias, Juan. Tendremos ocasiones de intercambiar ideas, seguro. Un abrazo.