La izquierda en una democracia de piedra


Me gusta vuestra lista más que la mía, te suelta un vecino. Y luego viene otro y te dice algo parecido: vuestra lista es la mejor. Y añade: cuando estéis dentro, tenéis que pactar con los de tal partido. Dando a entender que los de tal partido van a alcanzar la hegemonía en el ayuntamiento y a los de tu lista les queda el consuelo de servir de bisagra. Los que hablan de “su” lista (de esa otra lista que les gusta menos que la tuya, pero a la que van a votar inexorablemente) no utilizan el posesivo porque formen parte de ella, sino porque es a la que votan siempre, a la que van a votar aunque en unas elecciones esté conformada por marcianos verdes con bigotillo a lo Dalí. Lo de menos es qué digan, qué propongan. Lo esencial es que se trata de “su” partido, lo que les permite arrogárselo con la misma naturalidad que se autoproclaman del Real Madrid o del Barcelona, que es una condición que se celebra con vacas gordas y se sobrelleva cuando las tornas cambian, sin que se le pase a nadie por el corazón, y menos aún por la cabeza, la posibilidad de cambiar de equipo. Por supuesto hay siempre respeto, cordialidad, incluso cariño en estas conversaciones que suelen dejarte con la frustrante conclusión de que da igual que tengas un equipo unido y preparado, un estudio hecho de cómo funciona la ciudad, unas líneas de actuación sensatas, da igual lo que tengas, porque las simpatías que pueda generar todo este trabajo se diluyen en gran medida dentro de la inercia de los votos inamovibles. Hablas con un técnico del ayuntamiento que ha estado presente en los recuentos de todas las elecciones últimas y te confirma con la misma imparcialidad natural que, en el pueblo, el partido equis tiene siempre un fijo mínimo de setecientos votantes y el partido jota cuenta un fijo de novecientos y que al tuyo le corresponde un fijo de doscientos y no más. Porque los otros son el Real Madrid y el Barcelona y el tuyo el Valencia, pongamos por caso, o el Atlético de Madrid. Como si la liga (quiero decir las elecciones) estuviera jugada de antemano. Eso sí, todos añaden argumentos para convencerte de con quién has de pactar luego. Es recurrente el de que las izquierdas tienen que estar unidas y no dejar que gobiernen las derechas, dejando también claro que la orientación política está vinculada del mismo modo inapelable a las siglas de los partidos, sin tomar en consideración lo que los partidos propietarios de esas siglas hayan hecho en estos últimos años. Como si cargarse una caja de ahorros de todos o imponer los trenes ave, que son caros y de horarios raquíticos (por poner dos acciones entre un montón) fuesen decisiones de izquierda solo porque el partido que las adoptó tiene el privilegio de seguir siendo de izquierdas haga lo que haga. En Chinchilla, ese partido jota ha cultivado una política desarrollista, de plantar urbanizaciones por doquier, hasta perder el control sobre el crecimiento del municipio, lo que tampoco me parece una política de izquierdas. Con el mismo desparpajo, otro amigo te comenta: yo soy de izquierdas, pero es que la izquierda nunca ha funcionado en el gobierno: mira Cuba o Rusia o Corea. Y tú lo miras a él, con afecto de amigo, e intentas explicarle que el estalinismo y el castrismo son aberraciones de la izquierda y que pertenecen al mismo desfase que los fascismos. Cualquier ciudadano de derechas puede rasgarse las vestiduras si lo llamas facha, pero a uno de izquierdas se le supone el aguante necesario para que se le compare con Stalin o con Castro sin poner más objeción que un leve parpadeo. Y eso que, desde el siglo XIX, se asocia a la gente de izquierdas con el laicismo, el cambio frente a la inmovilidad, la libertad frente a la autoridad, la igualdad frente a los privilegios de la herencia y la solidaridad frente al individualismo rampante. Con añadir ecologismo y poco más, la definición aún vale. Pero tenemos que revalidarla en la actuación política.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me gusta tu artículo, lástima que no pueda votarte, vivo en Albacete, y si te soy sincero siempre he sido votante de IU, pero esta vez me va a costar mucho votar a la Sra. Delicado, creo que no representa lo que IU debería ser en Albacete. Saludos