Ruta de los Machos


Que nadie se altere ni se rasgue las vestiduras por creer que se trata de una ruta solo para varones: Los Machos es un pico del Cordel de las Almenaras, esa cadena montañosa que separa las cuencas mediterráneas de las atlánticas, lo que resumiendo mucho es decir las del río Mundo por un lado y las del Guadalimar por el otro. Los Machos se queda a dos centímetros de los 1500 metros, con lo que no es el más alto de la cadena ni mucho menos, pero en cambio es el más despejado de vegetación. Desde su cúspide se divisa la sierra entera, o eso dicen, porque el sábado que lo subimos con el Centro Excursionista de Albacete la niebla no dejaba ver ni cinco metros más allá de las narices. Subimos porque era un reto trepar por las estrecheces zigzagueantes de la montaña, siguiendo con cuidado las pisadas del compañero y poniendo los cinco sentidos en cada apoyo, puesto que lo blando estaba embarrado y lo duro brillante y resbaladizo. Ya que estábamos allí, algunos no quisimos desaprovechar la ocasión. ¿La ocasión de qué? Resultaba más atractivo forzar el resuello ascendiendo que quedarse abajo, en el desfiladero, empapándose lentamente bajo la lluvia morosa de marzo. Una vez arriba, había que ver a Gerardo González tanteando con el índice, más en hombre del tiempo que en geógrafo: por allá viene el Cordel de las Almenaras, ahí abajo está el valle de Riópar… Ni por aquí ni por allá se veía otra cosa que niebla, naturalmente. Y aun así, por no faltar a la costumbre, uno sentía un vértigo o una inclinación hacia el vahído en aquella cumbre sin precipicio visible, y caminaba con tiento por entre las hierbas cimeras y las piedras húmedas por si acaso se terminaba la terraza bajo los pies. En esos momentos, a mí que soy de natural fantasioso, me daba por pensar que detrás de la niebla no había nada de nada. Por supuesto, soy fantasioso, pero no gilipollas, lo que me permitió bajar con normalidad y me granjeó la posibilidad de escribir esta crónica. Pudo impedírmelo una piedra del tamaño de un melón, que se desgajó de su emplazamiento cuando uno de los excursionistas la utilizó como apoyo, y que bajó rodando juguetona por las estrecheces en las que nos movíamos los que estábamos más abajo, precedida de un grito de advertencia de los que la veían pasar. Todos nos quedamos paralizados, cada cual en su equilibrio, contemplando el rodar caprichoso de la piedra. Algunos, como yo, abiertos en compás sobre dos rocas, usando además las manos como garfios. Tuvo a bien la piedra venir a detenerse en mi espinilla, a la sazón bien protegida por las polainas y los pantalones recios de trekking de mi amigo Paco Ruiz Fillol, que me los había prestado. Quedó allí quieta y no hubo nada. Pudimos así, horas más tarde, probar la olla gitana que preparan en el Salobre, desde la que asomaban como submarinos unas morcillas llegadas de Povedilla, según me contaron. Hubiéramos repetido hasta el éxtasis, si el sentido común no dictara precaución. Un verdadero regalo para los sentidos que venían entrenados de experimentar olores y colores a lo largo de los catorce kilómetros de ruta. La niebla quedó arriba. En cuanto bajabas unos cientos de metros, había lluvia y barro, pero visibilidad completa. Lo bastante como para subir las faldas de las montañas por sendas tan embarradas que las botas acababan acumulando sobresuelas de quince centímetros de espesor de pura arcilla. Y bajar luego por la otra vertiente laderas que se iban convirtiendo en pistas de patinaje a medida que los primeros se deslizaban por ellas en su descenso, con lo que al final te sentías esquiar más que caminar sobre el piélago de la montaña, por supuesto entre pinos y matas de lavanda. Atrás dejabas, invisibles en medio de la niebla, la lluvia y la vegetación, cortijos de nombres llenos de sugerencias, como el de La Boleta o el de La Rebusca. En el camino, risas y risas, y un exhaustivo empapamiento que cada uno enjugó como pudo antes de subir al autocar.

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