Luis Francisco Esplá



Sin levantar la voz, esa voz cascada, aguda, el torero Luis Francisco Esplá es capaz de conmover con la palabra tanto o más que toreando. No pudo sin embargo evitar que el Parlament catalán prohibiera la Fiesta. “Sólo trato de mostrar mi punto de vista”, insiste, “no trato de convencer a nadie. Estoy de acuerdo con quienes defienden al animal”. Acepta con deportividad la derrota. No en vano asegura que el torero es un atleta que tiene que estar entrenado “porque si entras en deuda de oxígeno no coordinas los movimientos ni controlas las reacciones del toro”. Además, entre otras muchas cosas, el torero es un cazador, pero también un etólogo, es decir un conocedor del comportamiento del animal, de cómo gestiona los terrenos: “el toro en el campo tiene su espacio, que abarca la conciencia de sí mismo. Incluso hay jerarquías, que determinan en qué terreno está y se mueve. Aparte están las querencias, por ejemplo la necesidad de amparo o de alimento, que alteran las distancias. En la plaza, el toro cambia, defiende su espacio”. Esplá añade que “el torero es uno de los tres oficios que se visten de oro, junto con el sacerdote y el militar. Los tres relacionados con la muerte. Y es músico porque debe dar a la faena una cadencia y es geómetra porque debe calcular las trayectorias y las querencias del toro y es mago porque como artista abandona el cuerpo y se somete a la creación. Además es bailarín y como tal debe romper la cadena cinética y mantenerse en contracción de cintura para abajo y en elongación de cintura para arriba, sin perder el equilibrio”. Oír hablar de toros a Esplá es asistir a una faena incruenta en la que se respiran y se aprenden todos los lances. Hay algo en su amor por lo que cuenta que doblega la voluntad de las palabras como ha doblegado la voluntad de tantos toros: “En el toreo tenemos que incorporar la voluntad del toro a la creación, lo que no se da en ninguna otra disciplina artística. Tenemos una dependencia absoluta de las sugerencias del toro”. ¿Pero por qué se caen tanto los toros ahora, por qué son tan aburridos? Preguntan otros contertulios. Esplá lo tiene clarísimo: “Por lo mismo que no se pueden ya vender melocotones de secano con picaduras. Hemos pasado de una sociedad de esencias a una sociedad de apariencias. Tenemos un toro muy grande, el más grande que ha salido nunca, con la mejor estampa y la mejor arboladura, pero sin voluntad” ¿Eso quiere decir que ya no es bravo? “Al contrario, es más bravo que nunca. Ese es el problema. Ha perdido animalidad, mecanismos de defensa, no mide, se deja todas las fuerzas en el caballo. Ahora es tan previsible que no hay tensión en el espectador. Los toreros se han adaptado a este toro y la mayoría de las faenas son episódicas”. Pero siguen muriendo de pie. “El toro ha sido seleccionado a lo largo de 300 años para morir en el ruedo. Es el único animal que ofende y no se defiende”. Pero aún es peligroso. Dice Esplá que lee en los ojos del morlaco lo que va a ocurrir unas décimas de segundo después. “Los ojos del toro están entre el pelo, pero de cerca se ven. No todos miran igual. Recuerdo un toro de Santa Coloma que me miró de tal manera toda la tarde que me dejó de baja toda la temporada. Lo mejor es que te coja y te demuestre hasta donde da de sí su amenaza, porque si no, te llevas su mirada a la cama y es como un gusano que te va corroyendo. Todavía miro a veces debajo de la cama a ver si están los ojos del toro de Santa Coloma”. En el Parlament le preguntaron si no le daba pena matar a los toros. “Soy cazador y no hay espectáculo más conmovedor que la mirada de una res herida. Expresa absoluta desolación. Te dice: ¿qué me has hecho? Cada vez que abato una res me replanteo la moralidad de lo que estoy haciendo. Con un toro, nunca”.

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