No huyas, cobarde


Un amigo me repite siempre que correr es de cobardes. Y otros no me lo dicen, pero lo deben pensar, seguro. Es su forma de ver las cosas, qué le vamos a hacer. Lo bueno es que, como suele pasarnos, me conforta saber que no soy el único ni mucho menos. Cada vez hay más gente que corre. A la vista está. Si pruebas con el ritmo adecuado, acabas cogiéndole el gusto. Al final se convierte en un hábito que te conecta con tus raíces más remotas, los homínidos que corrían por la sabana africana, con la familia a cuestas, huyendo de los depredadores y buscando comida. Por fortuna a mí las lesiones me han obligado a moderarme, pero tengo colegas que relatan galopadas de vértigo. Javier participará en la maratón que sube uno de los picos de Sierra Nevada y habla sin descartarlas de ascensiones a gigantes de los Alpes que dan miedo hasta en coche; Paqués insiste en que corramos la maratón del Sáhara y, mientras nos decidimos, porque sabemos que no olvidará el proyecto, ha organizado una de las etapas del camino de Santiago en forma de media maratón. Suavecita, aseguraba, para animarnos. Pero me conozco yo su concepto de lo suave. La primera vez que participé en una de las carreras del circuito de la Diputación, me propuso que fuéramos juntos: vente, que vamos tranquilos, a ritmo. Sonó el disparo de salida y a duras penas lo seguí durante doscientos o trescientos metros mientras sorteaba en zigzag a corredores más despaciosos, en lo que para mí era poco menos que un esprín. Intenté no perderlo de vista hasta que empezó a faltarme el resuello y opté por mantener un paso más a mi medida y dejar que se esfumara entre la multitud. No recuerdo qué explicación me dio al llegar, pero Paqués es Paqués. Sin embargo, aunque he decidido entrenar a mi aire para no agobiarme en mis interminables recuperaciones, me resulta entrañable la camaradería de los corredores. El entusiasmo de Cosme, el impulso vacilón de Remo, la humanidad de Jose y de Francis. Somos más de ochenta en el equipo de Chinchilla y sería imposible nombrarlos a todos. Para algunos, correr es una religión. Estoy pensando en Curro y en Manoli, que se han pasado a la pista y que acaban de participar con éxito en los campeonatos de España de veteranos que se han celebrado en Tenerife. Manoli se ha traído dos medallas de bronce, en 400 y 200 metros, aunque sólo hace unos meses que se entrena para estas distancias. Corre contra especialistas de toda la vida, ella que el año pasado quedó primera en el circuito de resistencia de la Diputación. Son mis amigos y los admiro, pero la hermandad con la gente que corre es instintiva, como el propio acto de correr, y abarca también a los desconocidos con los que uno se cruza por los arcenes de las carreteras y por los parques a cualquier hora de la mañana o de la tarde. Inmediatamente se desata en tu interior un impulso de imitarlos; tienes que decirte: no, yo ya corrí al amanecer, o me toca descansar hoy. Cuando descubres por azar que alguien a quien conocías también corre, gana puntos en tu estima. Ya disfrutaba leyendo a Haruki Murakami, hasta que he descubierto en su libro De qué hablo cuando hablo de correr que es un obseso, rayano con la vigorexia, y que impelido por su obsesión comete barbaridades como entrenar todos los días. Mucho más razonable me parece el estadounidense Lamar Harrin que a sus setenta años corre media hora un día sí y otro no, de forma metódica y apacible. Al final, los adeptos a esta práctica formamos una especie de hermandad secreta. Secreta porque no es posible distinguirnos por un tatuaje en la frente (aunque mejor no dar ideas). Intento convencer a mis alumnos para que se unan. Me consta que lo he conseguido con algunos. La mayoría odian el test de Cooper que los mantiene en carrera apenas doce minutos. Pero seguimos sembrando. Hay que llenar de cobardes nuestros caminos en busca de un futuro más sano.

2 comentarios:

Rubén Martín Díaz dijo...

Pues también comparto contigo el gusto de salir a correr. Me gusta correr, sobretodo correr por el campo, en la mañana o en la tarde, cuando la luz rompe o cuando cae. Siempre corro con mi perra Roma; todavía no he conseguido ganarle una sola vez, y temo que nunca lo conseguiré, es de raza Pitbull, es una buena perra y una excelente atleta. Siempre se queda con ganas de más. No puedo con ella, y eso me gusta porque me obliga a zurrarme para seguirle el ritmo.

Un abrazo.

Cosme J. Gómez dijo...

Un entrañable artículo, Arturo. Lo de "correr" es increible, porque no puedes imaginar que un deporte que no ofrece en apariencia diversión (no es un juego como el fútbol, tenis o baloncesto) acabe enganchándote de esta manera. Es una especie de droga que te alivia en los momentos en los que tu mente está obstruida por las mil y una preocupaciones de este ritmo frenético de vida. Es curioso que corriendo consigues en cierta manera ralentizar ese ritmo en el que nos mete (nos metemos) en este mundo tan consumista, capitalista, y en el cual formamos parte -a veces sin quererlo- de una forma muy activa.