Nos hacemos los suecos


Me escapo una mañana al Centro Cultural de La Asunción a ver por segunda vez la exposición Nos hacemos los suecos. La primera me fue imposible ver nada, porque era la inauguración y la sala estaba hasta los topes de conocidos saludándose y saludándome en medio de un bochorno espantoso. Ahora, en una mañana luminosa de junio, sólo estamos el coordinador y yo, él respondiendo a las preguntas de unas periodistas y yo intentando aclararme en los senderos de gres en los que unas flechas amarillas marcan la dirección de la visita. A los lados, flanqueando la ruta, se suceden las esculturas, que muy probablemente los autores no reconocerán como tales, ya que la mayoría no responden al canon del género. No han moldeado barro ni tallado ningún material para confeccionarlas. Más bien han tomado objetos cotidianos y los han colocado en una situación más o menos estética en un intento de llamar la atención o de provocar sensaciones. Supongo que prefieren llamarlas objetos a secas. Una sierra corta unas mesas de las que brotan unas margaritas, un gran pene dorado emerge del asiento de un sillón escarlata, una cortina de ducha atrae al visitante con unas pisadas para mostrarle una imagen del mar. Una tarjeta blanca, vinculada a cada obra, indica el nombre del autor y el título. Es imprescindible leerla porque en la mayoría de los casos el título completa el puzle, es decir la idea, y ayuda a entender la obra. Por ejemplo, la que ha preparado el coordinador de la muestra, José Eugenio Mañas, consiste en una tienda de campaña, de las de tipo iglú, con ladrillos pintados, por cuya puerta asoma el brazo de un maniquí sobre cuyo pecho se acumulan tablas rojas que parecen colmar la tienda. Gracias al título sabemos que el maniquí se llama Björn, y que las tablas que lo aplastan pertenecen a un armario Grömen. En otro caso, un flexo antiguo alumbra el rostro de una marioneta que parece disfrutar con los ojos cerrados de un momento de serena felicidad. El objeto, obra de José Luis Serzo, se llama Pietrolámpara y aún necesita un subtítulo explicativo: “Productor de optimismo de Piettro Ferro”. Ignoro quién es ese señor, si es un alter ego del artista, un inventor venezolano o el protagonista de algún programa de alguno de los canales de televisión que no frecuento. Se me escapa. Se me escapa todo. Pego la oreja a ver si lo que les cuenta el coordinador a las periodistas me aclara las ideas y le escucho decir que tiene mucho interés en que el arte actual cale en Albacete que por lo visto está muy atrasada en cuestiones artísticas. Conozco a algunos de los autores que firman las obras. A algunos incluso los conozco tanto que son buenos amigos. Sé que no es exactamente su soporte habitual de creación. Me imagino que se han embarcado en esta exposición porque es una buena oportunidad de experimentar y de mezclarse con otros artistas locales y foráneos. Me parece que esa filosofía es acertada. Que la convocatoria de La Bicicleta Azul es fresca. Que la idea de hacerse los suecos a partir de muebles de Ikea es tan válida como cualquier otra propuesta que haya podido salir de una tormenta de ideas. Hay que agitar el panorama estético, hay que mezclarse, porque de la agitación y de la mezcla es de donde, a veces, brotan las verdaderas ideas. Pero no extraigo de mi visita al Centro Cultural de La Asunción ninguna emoción enriquecedora. Creo que algunas sugerencias pueden interesarles a los ingenieros de Ikea, que se deja ver con desenfado y que hay chistes visuales capaces de arrancarte una sonrisa. Claro, que esta es la visión de un visitante chapado a la antigua, según los cánones de Mañas. Y puede que no le falte razón. Hace unas semanas estuve dando vueltas por el Reina Sofía, viendo una exposición similar, me distraje observando una escultura rara que había en el centro de la sala y choqué con unos cuadros que sobresalían de la pared. La vigilante casi me mata del grito. Ese sí fue un happening estimulante.

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