El bruixo de Portosín


Foto de Manuel Podio
Aún estaban los jugadores del Albacete y el Girona santiguándose para iniciar el partido del pasado domingo, cuando se desató sobre el estadio un chaparrón furioso que dejó la alfombra hecha una charca en un decir amén. Hubo suerte de que, nada más empezar, Hidalgo ajustara un torpedo junto a la línea de flotación del poste derecho visitante, porque en cuestión de minutos era el campo el que jugaba con los jugadores más que los jugadores en el campo. Tan pronto se aceleraba un pase hasta parecer un proyectil como se enredaba el balón entre las piernas de un futbolista en carrera, resistiéndose a responder a sus requerimientos, como si se hubiese convertido en un perro desobediente. Perdió cordura el partido. Entonces los ojos dejaban de seguir los escorzos de pantera rosa Stuani o los zigzags de Fernando Sales para fijarse en el mimo con bigote que oficiaba a la orilla del pasto, en el área técnica de los entrenadores. Más consciente que nunca de su sagrado papel, enfundado en el chubasquero rojo del equipo, David Vidal agitaba los brazos, componía muecas, caminaba con la rudeza de un vaquero dispuesto a disparar. Atacaba el Girona y el míster conminaba a los suyos a replegarse con gestos elocuentes. Recuperábamos el balón en defensa y sus brazos cambiaban la dirección incitando a sus jugadores a desplegarse en el campo rival. Despejaba alguien con precipitación y él lo serenaba con las palmas orientadas hacia el suelo. Daba igual que el juego rondase su banda o transcurriese a setenta metros. Era evidente que sus pupilos no podían verlo, que estaban a lo suyo, con toda la atención pendiente del balón; también deben saber a estas alturas cuándo replegarse y cuándo adelantar metros, estaría bueno. Sin embargo los aspavientos de David Vidal, sus pasos de baile con los brazos en jarra, no son para dirigir al equipo ni para entretener al respetable. Tal vez sirvieran para ello al principio, en sus comienzos como entrenador. O quizás nunca. Los gestos de este gallego inefable son para él mismo, son su manera de ver el fútbol, de involucrarse en el partido. Le gusta contar que engañó a Arsenio Iglesias, el bruixo d´Arteixo, cuando hizo la prueba con el Fabril a los diecisiete años. Dice que consiguió que eligiera a un central con tan pocas condiciones como las que él tenía. Arsenio le da la razón: “Es verdad, pero tenía tanta ilusión... Probó durante mes y medio y pensé que podíamos sacar algo de aquel tío". También asegura que Javier Clemente fue profesor suyo en el curso de entrenador y que le puso un cero en táctica. Pero que lo hizo porque, en el examen, criticó la estrategia del Athletic en la final de copa del 85, donde perdió ante el Atlético de Madrid, con el propio Clemente de entrenador. Luego añade que tomó venganza cuando se encontraron frente a frente en los banquillos, en un Cádiz-Español, donde le ganó la partida al vasco condenándolo al cese. Habla, habla y habla con esa pronunciación masticada a la que él atribuye que no lo quiera ningún equipo de primera: entrené al Logroñés en primera cuando no sabía entrenar y, ahora que he aprendido, no me quieren más que los de segunda. Hijo y hermano de pescadores, dice que se vino al fútbol huyendo de las grandes olas y de los fríos de Terranova. Como buen gallego, guarda un auténtico arsenal de anécdotas con las que hipnotiza al que quiere escucharle y da lustre a su currículum. Sin embargo, no todo en él son luces. Salvó en su día al Murcia y al Elche, pero no pudo evitar el descenso del Rayo Vallecano, Las Palmas y el Lleida. Esta tarde veremos si consigue añadir a sus logros la salvación de un Albacete que capotaba cuando lo tomó de las riendas en marzo. De lo que no nos cabe duda es de que el domingo, bajo el chaparrón infernal, era en la banda el mejor director de la orquesta de sí mismo, disfrutaba y gobernaba sobre la lluvia como un niño gallego en su aldea coruñesa. Igual ganamos por eso.

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