Virutas de taller


Miguel d´Ors es para mi gusto uno de los mejores poetas vivos en castellano. Tiene sin embargo una leyenda que lo convierte en un personaje oscuro, condenado a editoriales secundarias o terciarias y a la antipatía soterrada de algunos de sus colegas más influyentes. Él mismo ha jugueteado con la supuesta dualidad entre su persona y el personaje que le achacan sus detractores en un poema titulado “Conversación con el otro”: “somos muy diferentes / y coincidimos poco en opiniones / y costumbres: tú seco, altivo, formalista; / yo tímido, inseguro, con la lágrima fácil...” La inteligencia y el humor, cimentado en la ironía, son ingredientes habituales en sus versos. También es una característica suya que no rehúye ningún tema, y menos que ninguno la religión, que aparece muchas veces en poemas marianos o en disquisiciones bíblicas. Quizá por ello se granjeó la sospecha de ser miembro numerario del Opus y el rechazo de sus colegas universitarios: “¿Recuerdas, por ejemplo, la llegada a Granada, / qué bonita campaña, con carteles, / llamada al orden del decano, etcétera?, / ¿y mi larga carrera de poeta inexistente?, / ¿y aquellos silogismos bizantinos / con que los editores rechazaban mis libros / creyendo que eran tuyos?”. Ahora, recién jubilado y de vuelta de todo, d´Ors está publicando las reflexiones que ha reunido durante la última década. Lo ha hecho en un libro de título machadiano: “Virutas de taller”, que se refiere a los restos de madera que tamizan el suelo de la carpintería cuando el artesano ha terminado su trabajo. El volumen está tan cuidadosamente acabado como defectuosamente difundido y distribuido por la editorial sevillana “Los papeles del sitio”. Aunque en realidad, debería decir los volúmenes, ya que a una primera intentona en 2007, acaba de seguir otra, “Más virutas de taller”. En el prólogo a esta última, d´Ors deja claro que ha quemado sus barcos. Recuerda a un antepasado suyo de la Barcelona de la Restauración, de costumbres donjuanescas, que recibió la visita de los padrinos de un marido burlado que lo retaba a un duelo a muerte para resarcir su honor. Su antepasado, sin alterarse ni soltar la cuchara, respondió: “Que le comuniquen al señor de Tal que me doy por muerto”. Y siguió con sus monchetas. La anécdota le sirve a d´Ors para aferrarse al ejemplo familiar y presentar sus credenciales: “Y, puesto que no necesito nada, no temo nada, no pretendo nada y no tengo que quedar bien ante nadie, puedo permitirme el supremo lujo de decir y escribir lo que quiero, dándome yo también por muerto, por mucho que la estupidez contemporánea me mande una y mil veces sus padrinos.” El resultado es que en más de una nota a lo largo de las trescientas y pico páginas, con estupidez o sin ella, le enviaríamos nuestros padrinos. Por ejemplo cuando carga contra la homosexualidad con incomprensible denuedo. Pero también es que la libertad con que ha escrito y su inteligencia destellan en muchos otros momentos, en medio de una sinceridad atronadora, que no deja títere con cabeza. No es un libro para acérrimos defensores del pensamiento único y de lo políticamente correcto. Obliga a tragar quina a cambio de asomarse a momentos deliciosos en que d´Ors imparte lecciones de lo que, a mi juicio mejor domina, que es la literatura en general y más en concreto la poesía, donde está a la altura del mejor. Pero incluso en este terreno hay que olvidarse de prejuicios cuando carga contra mitos como Gamoneda, Brines o Umbral. Puesto que no tiene deudas, puede permitirse el lujo de argumentar opiniones que otros sólo susurran en los cenáculos. Y desde luego se aprende de piezas como la dedicada al alejandrino en el primero de los libros, o como los comentarios a poemas de Juan Ramón o de Rosalía, o cuando comenta cómo escribió su propia obra, o cuando enumera las estrategias distanciadoras del poema. Además nos revela que renunció a publicar en Tusquets, la editorial por la que tantos suspiramos. Y es que, en el fondo, el otro, ese con quien conversaba en el poema citado, es su némesis irreconciliable, su contradicción, su verdad.

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