El reino de los aplazadores


Procrastinar está de moda. La palabreja suena a pecado, pero en principio no es pecado ni delito. Los psicólogos llaman procrastinadores a aquellas personas que tienden a ir posponiendo las decisiones o las tareas importantes, sustituyéndolas por otras más fáciles o agradables. Los que dejan para mañana lo que pueden hacer hoy, para decirlo de forma más castiza. Aunque nos asalte la tentación de pensar que los primeros procrastinadores son quienes adoptaron el término sin traducirlo del inglés, en realidad el palabro procede de la unión de las partículas latinas pro, que quiere decir adelante, y crastinus, que significa referente al futuro. En una sociedad como la nuestra, todos aplazamos. A quién no se le acumulan recados sin hacer, limpiezas sin acabar, periódicos sin leer, cachivaches inútiles que nunca tiramos a la basura. Quién no se enreda contestando el correo electrónico o divagando por las redes sociales, antes de hincarle el diente a la tarea que le aguarda en el ordenador. Nuestra vida moderna está llena de tentaciones para procrastinar, pero uno sólo merece este apelativo cuando su manía de posponer las obligaciones afecta a su salud o la de otras personas. Cuando genera ansiedad, frustración o estrés por postergar sus compromisos. Porque hay procrastinadores voluntarios que esperan hasta el último momento para actuar porque el agobio de la prisa les produce una euforia tonificante y creen que trabajar bajo presión les añade creatividad. Por ejemplo, tengo un amigo pintor que espera a que falte un mes para inaugurar la exposición que tiene apalabrada para entonces atacar el grueso de la obra que va a colgar en la sala. Y a pesar de ello, sus resultados siempre me han parecido como mínimo notables, por lo que habrá que concederle el beneficio de la duda. Pero la mayoría de los que procrastinan habitualmente lo hacen por miedo a fracasar, e incluso a lograr el éxito; así de raros somos. Luego hay un tercer grupo, el formado por los indecisos, que son los que intentan no tomar decisiones para no afrontar la responsabilidad de haberlas tomado. Una vez expuesto el asunto, podemos entretenernos un rato en elucubrar a qué grupo de procrastinadores pertenece el líder de un partido político que no se decide a expulsar de su formación a aquellos correligionarios que están acusados de utilizar el dinero público para su enriquecimiento personal o de aceptar sobornos a sabiendas de que les comprometían a favorecer a los desaprensivos que se los ofrecían. La tentación es pensar que los expulsados poseen información que compromete al propio líder, y que tiene miedo de que se enfaden y acaben difundiéndola. Pero, claro, también puede tratarse de un simple enfermo de indecisión. Del mismo modo, nos preguntamos a qué tipo de procrastinador pertenece el líder de una organización religiosa a la que de pronto le han salido a la luz, como afloran las setas tras la lluvia, un sinfín de casos de pederastia cometidos por sus subordinados. Y, lo que es peor, la sospecha ominosa de que el susodicho líder había conocido y ocultado algunos de estos casos. Unidos en su procrastinación, ambos líderes callan, ocultan la cabeza bajo el ala o el hábito y, cuando no tienen más remedio que hablar, lo hacen de forma evasiva o ininteligible. Uno omite con torpeza la pregunta que se le hace y contesta cualquier otra de las notas que lleva preparadas, el otro apela a su jerigonza metafísica. Ambos saben, sin embargo que los sostiene la fe. Me refiero a esa inercia de la sociedad de la información que vuelve viejas las noticias de la semana pasada y las entierra en el olvido sin que se hayan resuelto, por el simple procedimiento de esperar a que otras las entierren. Sostenerlas con vida supone un esfuerzo titánico y el riesgo de aburrir a la concurrencia, que ya tiene clara su decisión, porque a los seguidores de ambos líderes procrastinadores les mueve la pasión no el raciocionio. Al final es muy probable que todo permanezca como está y que sólo nos demos cuenta unos cuantos procrastinadores que leemos los periódicos acumulados demasiado tarde, lejos de la fecha en que ocurrieron las cosas.

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