El Giner de los Ríos



En realidad lo de Giner de los Ríos es posterior. Para nosotros eran Los Salesianos. Lo de Giner de los Ríos, con todos los respetos que merecen don Francisco y su mítica Institución Libre de Enseñanza, era ya un disfraz que intentaba enmascarar el pasado, empezar a disolverlo. Pero harán falta muchos juicios y muchas vistas en las futuras dependencias judiciales para borrar las vibraciones de nuestra infancia. Porque fuimos muchos y pasamos allí muchas horas creciendo, aprendiendo, jugando y también sacudiéndonos de vez en vez, que de todo hay en una niñez como Dios manda. Hay lugares que parecen impregnados de una energía que cambia nuestras sensaciones. Como cuando una nube de pronto cubre el cielo y el sol que lucía hasta ese momento deja paso a una penumbra inesperada. También puede ocurrir al revés. Sánchez Ferrer me dijo hace tiempo que se llaman lugares hierofánicos. No se sabe si esas ondas estaban ya en ellos como un residuo telúrico o si las han ido acumulando quienes los visitaban atribuyéndoles misteriosas virtudes. A lo mejor ambas cosas. También puede tratarse de pura sugestión. Pues bien, ¿por qué no pensar que hay lugares hierofánicos que se forjan de la pura acumulación de vivencias infantiles? Cuántas leyendas nacieron de la muerte de un niño en una alberca. Los niños tienen esa fuerza, sus gritos y sus lloros impregnan el aire de una energía mucho más poderosa que la de los adultos. Si se agrupan, si gritan, si juegan durante décadas en el mismo lugar, sus ecos alcanzan un peso que resulta complicado disolver. Y ahí siguen. El trajín de los recreos entre las cristaleras de los patios cuadrados, el ruido de los pasos, de las carreras, el sabor a lápiz frío de las fuentes. Sólo consigo recuperar imágenes fragmentadas. Por ejemplo, apenas visité un par de veces la capilla en el tiempo en que fui alumno, de hecho creo que allí empezó a forjarse mi agnosticismo, pero recuerdo las velas y los estucos dorados como si los estuviera viendo en un escorzo, con la cabeza inclinada sobre un banco. Más sensaciones me llegan, claro de los campos del fútbol, donde desbordé mis ilusiones y viví las experiencias más gozosas de mi niñez. Ya me estaba doliendo pasar y ver la portería donde marqué mis mejores goles borrada por el acristalado edificio del Conservatorio de Danza. Ahora están echando abajo la fachada, que reproducíamos en clases de dibujo, la misteriosa jaula que ocupó durante un tiempo un pavo real. Es como si lo soñase. Es un sueño. Y sin embargo alcanzo todavía a saborear los regalices que consumíamos durante las sesiones vespertinas de cine de los domingos. Qué buena iniciativa aquella. Tal vez fuera del Luises, que era de todos los curas (muchos no eran curas) el que tenía las ocurrencias mejores. Durante los veranos puso en marcha una piscina que era poco más que una balsa remozada. Allí acudíamos, a pesar de vivir en la otra punta de la ciudad. Allí acababa entonces Albacete. Y recuerdo sus clases de educación física en el gimnasio, palabra enorme para describir un almacén reconvertido. Y sin embargo, se las ingenió para que conociéramos todos los deportes y todas las variedades del atletismo, incluida el lanzamiento de jabalina. Qué valor el suyo, inconcebible hoy en día, tal y como están las cosas. Hasta aquí llegan los gritos de don Javier por los pasillos, el jefe de estudios, aunque entonces se le reconocía con el pomposo y a la vez sobrecogedor apelativo de El Consejero. Y lo veías aparecer y no levantaba dos palmos del suelo. Pero su voz y su geniazo, lo preservan gigante en la memoria. Nos hablaba como si fuéramos adultos, nos contaba sus progresos en la lectura rápida mostrando sin querer sus dos filas de dientes. No era mucho más alto don David, que se subía a una silla cuando quería imponerse y que nos inició con paciente pasión en los secretos de la música clásica. Y el Topo, que hablaba con dificultad, y nos daba francés. Forman parte de un tiempo que están en demolición. Sólo intento salvar unos cascotes.

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