El Roche


¿Por qué decidió el coronel Ramón García Montes hacerse bandolero? No lo sabremos nunca. A medida que mueren los testigos se nos van cerrando las puertas de la certeza. Y los testigos de su decisión llevan doscientos años criando malvas. Se puede especular, como hace Antonio Matea, con que se quedó en la sierra desde el final de la tercera guerra carlista hasta su misteriosa ejecución por principios. Habría podido partir al exilio, como hicieron algunos de sus compañeros, o acogerse al indulto que ofreció Alfonso XII. Sin embargo, prefirió echarse al monte y seguir engordando su leyenda. Una leyenda que venía de sus tiempos de oficial carlista, en un ejército que ya se comportaba como una tropa de bandoleros. Hacía incursiones en pueblos desprevenidos y conminaba a los lugareños a que avituallaran a las tropas con sus gallinas y les cedieran sus trabucos y sus municiones. Ramón, que a finales del XIX ya dominaba el arte de desinformar, hizo correr la voz de que un ejército al mando del general Lozano estaba a punto de adueñarse de Hellín. Le bastó asomar por la atemorizada población con diez soldados para que se cumpliera su voluntad sin resistencia. Ordenó que se le entregaran los fondos públicos y que amontonasen en la plaza todos los documentos que contenía el registro municipal. Con ellos prendió una hoguera enorme. Luego se marchó tan campante. Lo mismo hizo en Calasparra. Allí lo persiguieron pero les dio esquinazo. Le fue tomando el gusto a la vida al relente y prefirió prolongarla que aburguesarse. Durante veinte años anduvo recortando su perfil contra la luna por las serranías, lo que no le impidió casar con Ana López y tener con ella tres hijas y dos hijos, según consta en las crónicas. De hecho, la guardia civil llegó a detener y a juzgar a uno de sus hijos, Emilio García, acusándole de haberle acompañado en sus correrías. Lo absolvieron. Parece que el bandolero se las apañaba para mantener excelentes relaciones con todo el mundo, excepto, claro, con los hacendados a los que regularmente aligeraba las arcas. Pero la historia que conocemos está distorsionada por la imaginación de quienes la fueron contando. Por supuesto dicen que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. También que era muy alto y muy fuerte y que nadie le ganaba en un pulso. Cuentan que siempre llevaba en el bolsillo una bola de veneno para no darles el gusto a sus perseguidores de que se cebaran con él en caso de que lograran capturarlo. Veinte años de vida montaraz dan para mucho. Hay oficios más pacíficos que duran bastante menos. Y Ramón, al que apodaban Roche, igual se dedicó a este porque era el único que dominaba. Tal vez porque casi siempre iba solo. De hecho los problemas se le acumularon cuando se dejó acompañar por una cuadrilla y un destacamento de la guardia civil logro cercarlos en la Venta de Minateda. Intentó escapar mezclado entre el ganado, con una piel de cordero por encima, pero lo descubrieron y se desató un tiroteo en el que murió un miembro de la benemérita y resultaron heridos otros cuatro. Es el único delito de sangre que se le conoce, y marca el principio de su declive. Juzgaron a su hijo, vinieron más tricornios de otros lares donde Roche no controlaba las simpatías y una noche lo cercaron, le dieron el alto, que no acató, y lo acribillaron a balazos. Eso dice el informe oficial. La leyenda añade otro tópico que nunca suele faltar: que lo mató un amigo para cobrar la recompensa. El caso es que la autopsia describe las heridas de bala que le causaron la muerte, pero añade que su cuerpo albergaba también tres disparos de postas, nada habituales en la munición usada por la guardia civil. El cura de Liétor, don Paco Navarro Pretel guarda en el museo de su parroquia, en medio de una escenografía deliciosa de objetos de principios del siglo pasado, la navaja de once muelles que usaba Roche y el que pudo ser su sombrero de coronel. Reliquias profanas que dan consistencia a un personaje misterioso como una sombra.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Arturo.
Primero le felicito por tan interesante artículo.
Y como coleccionista e interesado de este tipo de navajas, ¿sería usted tan amable de decirme que pone en la hoja de la misma?,debajo creo, Albacete, pero arriba me gustaría saberlo y le estaría muy agradecido.
Reciba un cordial saludo.

Arturo Tendero dijo...

Estimado lector:
Le contesto por aquí, porque no consigo encontrar su dirección de correo. Aparece como "anónimo". El artículo tiene ya unos años y no recuerdo qué inscripciones figuraban en la navaja, si es que figuraba alguna. Para mí ya es novedosa su observación de que puede que ponga "Albacete". De todos modos, puesto que observo que es usted un apasionado del tema, no creo que le resulte nada complicado acercarse por Liétor y acceder al museo etnográfico donde se conservan algunas pertenencias de Roche, entre ellas la navaja. Así podrá averiguarlo por usted mismo.
Muchas gracias por la lectura y el interés.
Un saludo libre de bandolerismo.
Arturo

Anónimo dijo...

¡¡Gracias!!
Y disculpe mi descortesía por no indicar el correo, ahora lo solvento.
Efectívamente la navaja es de Albacete, lo se con certeza aunque no llevase inscripción, es una típica albaceteña de teja y de finales del XIX. Podría elucubrar sobre el taller/artesano que la fabricó, pero prefiero inentar ponerme en contacto con el museo ya que ir, se me antoja complicado por ahora, resido en Málaga. Si prometo informarle si consigo la información para que usted lo sepa.
Y le doy las gracias de nuevo por su cortesía y prontitud. El bandolerismo es un tema del cual, poco a poco, iré poniéndome al día ya que es un tema sin duda apasionante y cercano a mí- Ronda, Alfarnate,El Borge-.
Un saludo!!
Juan.
j-j-m22@hotmail.com