El arte de esfumarse

 
Desaparecer sin pasar a mejor vida. Ese es el anhelo de mucha más gente de la que se atreve a confesarlo. Hacer mutis, pero seguir vivo. Y no me refiero a ganar la invisibilidad, que es poco recomendable porque conlleva la ceguera: el ojo humano funciona atrapando la luz, no dejándola pasar del todo. Me refiero a ausentarse aquí y aparecer en otro lado, como creen algunos fantasiosos que pudo hacer Federico García Lorca sólo porque no encuentran sus restos. Ya es echarle ilusión. Además, por lo que cuentan, no sería de las personas a las que les resultase fácil pasar desapercibidas, ni siquiera en las antípodas. Porque desaparecer es un arte en el que el ingrediente fundamental es la discreción. Y parece que a Federico le podía el duende, el ingenio, se le iban los dedos al piano o adonde fuera, necesitaba ser el centro. Cómo esconder ese carácter. No. Para ser invisible hay que tener piel de espía, ser capaz de confundirse con la pared gris de cualquier habitación y llegar reptando hasta los documentos que vas a venderle a Rusia, sin que se sepa si eres cabo o directivo del CNI, si lo que estás haciendo te lo pagan los rusos o lo haces para engañar a los rusos, si lo haces por amor al dinero o por amor a la patria, de acuerdo con las directrices secretas de tus jefes, que no dicen ni pío. Eso le pasa a Roberto Flores, al que ahora juzgan por traición de Estado. Cuesta creer que la justicia haya conseguido reunir en un mismo cuerpo a una mezcla de seres tan dispares y además sentarlo en el banquillo de los acusados. Esperemos que al menos él tenga claro quién es quién cuando visita el retrete, ahora que ha empezado a existir, porque un espía sólo existe cuando lo pillan. Otro, Francisco Paesa se escabulló publicando en El País una esquela de su propia muerte en Tailandia, después de haber vendido misiles a ETA, presionar a una testigo de los GAL y engañar, según dicen, a Belloch y a Roldán. Doce años después, sigue en alguna parte, siendo a la vez el muerto, el fugitivo y quién sabe. Pero ya digo que son espías. Es su oficio. Impresiona más el esfuerzo descomunal de Salinger por desaparecer hasta de las solapas de sus libros después de haber escrito una novela (El guardián entre el centeno, 1951) que ha leído todo el que lee en su país y algunos que leemos fuera, muchos hasta obsesionarse con ella, como el asesino de John Lennon. Y en vez de entregarse a la fama, de darse baños de popularidad, de salir de vez en cuando en las tertulias de la televisión y en algún concurso del tipo Mira quién baila, el viejo testarudo se camufló en un agujero de Estados Unidos hasta casi esfumarse, aunque lo acecharan durante medio siglo todos los paparazzi, todos los forofos, todas las editoriales. Terco como una mula, se negó a las entrevistas y se sacudía a los fotógrafos, no fueran a robarle el alma, como pensaban los masáis. Hemos sabido así que el alma moderna es la intimidad. La única foto que le hemos conocido hasta su recientísima muerte con 91 años, se la sacaron cuando conducía el carrito del supermercado, lo que demuestra que desaparecer no te libra de hacer la compra. Nos revela a un viejo iracundo con los brazos abiertos y el tronco inclinado y borrascoso como el de un personaje de Miguel Ángel. Sólo quería que lo dejaran tranquilo y para eso no basta renunciar a facebook, a internet y al teléfono. Es preciso un esfuerzo de voluntad y de imaginación superior al que requiere escribir una novela. Pienso en ello mientras acompaño a mi hija a sacarse el deneí en la comisaría, y veo lo fácil que resulta existir, que ya ni te pringas las yemas de los dedos con la tinta. En un cuarto de hora, sales con la pastilla. Y encima te aseguran, para engolosinarte más con ella, que funciona como una tarjeta de crédito. Cada vez te ponen más complicado hacer mutis.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿Y dónde me dejas a Elvis, al que un tanto por ciento bastante alto de americanos han visto en tantos sitios?
Un abrazo.
JLP