Se ha ido la luz




Cada vez que mi madre exclamaba: se ha ido la luz, yo pensaba: a dónde. Estamos hablando de los tiempos en que la luz era lo único que se iba. Ahora todo es eléctrico, todo se enchufa, desde la cocina al ordenador pasando por la lavadora. En los tiempos en que digo, sólo recuerdo que se fuera la luz de la bombilla incandescente, que colgaba de un cable rizado y que una vez encendida producía una luminosidad amarillenta, indecisa, mórbida. Entonces no sabíamos que era mórbida porque era lo que teníamos y no había con qué compararlo. Pero creo que la luz llegaba a la bombilla mareada de tanto trazar bucles por el cable. Quizá esté exagerando un poco. Cómo recordar con precisión los tiempos en los que la única electricidad que entraba en la casa iba derecha a las bombillas tras pasar por un plomo que saltaba y que casi siempre era la causa de que la luz se fuese. Los tiempos en que la electricidad tenía un talante deportivo: se producía un salto en el plomo y la luz se marchaba corriendo. Los tiempos en los que uno, en su ingenuidad, llegaba a preguntarse a dónde iba la luz. No recuerdo que se hablase de apagones, palabra de mucha más envergadura que aprendí luego más tarde de oírla por la radio o incluso de leerla en el periódico. Un apagón viene a ser lo mismo que irse la luz, pero a lo grande. Un apagón no se conforma con una casa solo, necesita por lo menos una calle, un barrio, un pueblo para tomar cuerpo. Además necesita de cierta duración. No le basta con un parpadeo de los que hacen trastabillar los engranajes del frigorífico y descentran el ordenador pero apenas ensombrecen la estancia unos instantes. Entonces nos dejaban literalmente a dos velas. Había que tentar para buscarlas. Nos esperaban ya dispuestas en el murete de la cocina porque la electricidad de entonces era veleidosa. Décadas después leí en algún sitio que el humanista Luis Vives escribía en las primeras horas de la noche al amor de una vela y asocié su clima de trabajo con el que reinaba en mi casa durante aquellas penumbras. Asociaciones absurdas, infantiles, del niño que seguimos siendo toda la vida, puesto que Luis Vives vivió en el Renacimiento y eso queda aún más lejos que mis recuerdos infantiles. ¿Por qué me preguntaba a dónde iba la luz, pero no de dónde venía? Supongo que me pasaba como les sigue pasando a los chavales, que no tenía constancia de que la luz viniese: se pulsaba un botón y ahí estaba esperándonos. Walter Benjamin escribió que la primera de las pérdidas del niño es la de la magia. Probablemente uno alcance la pubertad en el momento en que comprende que la electricidad no es mágica y viene de un pantano, de una central nuclear o de un parque eólico en el mejor de los casos. Yo lo comprendí de golpe ya mayor, asomado a la ventana de mi amigo Juanjo Jiménez. No había mejor cosa que hacer. Aquello era un apagón de los gordos y el ordenador en el que estábamos trabajando había caído en estado de catalepsia profunda. Nos asomamos a la ventana y vimos una camioneta de Iberdrola atrapada en la nieve. Había salido a solucionar el problema y se había encontrado con un problema añadido. Los operarios trajinaban alrededor del vehículo, tratando de desembarazarlo, mientras la estación a la que se dirigían seguía sin tensión. Curioso que utilicen una expresión también gimnástica: la tensión se cae. No hace tanto de aquello. Sigue pasando mucho. En Chinchilla los apagones, las fugas de luz y hasta los parpadeos forman parte de la rutina. Alguien informado me ha dicho que los tendidos son aún “de cuando andaba por aquí Paquito y en Chinchilla éramos la mitad de los que somos ahora”. Creo que entendí de qué Paquito hablaba. El recibo se ha actualizado mucho desde entonces, pero la luz sigue igual de veleidosa, yéndose cada vez que nieva o truena. ¿A dónde? Supongo que a hacerle compañía a Luis Vives en el Renacimiento.

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