Alcandora



Existe la creencia algo extendida de que un poeta es un tipo que camina dos palmos por encima del suelo, un ser al que se prodiga una mezcla de chanza discreta y admiración secreta, sin saberse muy bien el por qué de ninguna de ambas actitudes. La creencia proviene del periodo romántico, en el que los vates se empeñaron en adornar su quehacer con una aureola de exceso, extravagancia y suicidio. Aún lo estamos pagando. Por fortuna, la realidad del poeta es ser sólo poeta los ratos en que está escribiendo, que tal y como andamos de tiempo, cada vez son menos. El resto del día, de los días, acostumbra a ser un tipo de lo más prosaico, tan infeliz y tan rutinario como cualquier otro. Ni siquiera la inspiración es su territorio exclusivo como muy bien advierte Juan Benet en un libro de 1966, La inspiración y el estilo, que no sé cómo demonios llegaría a mi biblioteca, pero me tiene atrapado. Viene a decir Benet que la inspiración abarca todos los géneros y las artes pero que en poesía se le da más importancia porque, al tratarse de un receptáculo menor, con un soplo afortunado puede uno completar un poema. Por supuesto, es mentira. Si tienes la suerte de que los dioses te regalen un primer verso, el resto tienes que sudártelos para que sean dignos del regalo. También dice Benet que escritor empieza siendo compulsivo, luego entra en un periodo en el que necesita estar satisfecho con lo que hace y desemboca en una tercera etapa en la que escribe para terceros. Es entonces cuando saca los manuscritos del cajón y anda loco buscando quién los lea y quién los publique. Los poetas han llegado a la conclusión de que tienen más garantía de ser leídos por otros poetas, aunque sólo sea porque también ellos andan a la caza de un lector. Y es esta reciprocidad, teñida de hermandad, la que genera tertulias compuestas por individuos a los que uno sólo puede imaginarse juntos porque profesan esta afición singular. Es el caso de Manuel Terrín y de Francisco Bonal que coincidieron, como no podía ser de otro modo, a la salida de una librería en la primavera del año 1986. El hombre que más premios de poesía ha ganado de la historia y el poeta social e inconformista que era Bonal decidieron citarse todos los domingos por la mañana en una cafetería. Enseguida se les fueron sumando otros, no menos diferentes en estilo y personalidad. Pronto fueron más de una docena. Hacía falta alguien que sirviera de amalgama y conector y apareció la figura de Francisco González Bermúdez, periodista, cronista de Barrax y sobre todo persona cabal y organizada, que sin escribir un solo verso (al menos que se sepa) ha hecho más por la poesía de Albacete que muchos escritores prolíficos. Se bautizaron como Alcandora, palabra de origen persa que significa camisa o algo parecido. Se constituyeron en asociación, dando así carta de naturaleza a sus reuniones, ahora sabatinas, en el altillo de la Suiza. Y por fin, veintitrés años después, han sacado un libro conjunto, que ya era hora. Un libro necesario porque estas tertulias ejercen un influjo en su entorno, igual que los antiguos monasterios que todos los municipios aspiraban a acoger para beneficiarse de sus efluvios espirituales. En la actualidad los efluvios son culturales, pero no creo que exista tanta diferencia. Después de un cuarto de siglo, es triste aunque natural que algunos no hayan llegado a celebrarlo. Las bajas más notables son la de los notables Andrés Duro y Antonio Matea. Pero ahí están también, y arropándoles, la finura de Alfonso Ponce, el oficio de Paco Jiménez Carretero, el entusiasmo de Isidoro Ballesteros y Martín Giménez, la inteligencia de Juan Lorenzo Collado, la honradez de Antonio Galdón y el academicísimo de Daniel Sánchez Ortega. También está Miguel Jesús Martín, reciente incorporación, y por supuesto los fundadores. Los apadrina con la elegancia de costumbre Ramón Bello Bañón. En la presentación del libro los vimos disfrutar y los disfrutamos. Venían todos leyéndose encima de pura ilusión, pero ninguno dos palmos por encima del suelo, como debe ser.

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