Avatar y Teniente corrupto



Hay un tipo de crítica que me parece muy necesaria. La que orienta al consumidor en medio del torrente incesante de posibilidades al que se incorporan sin cesar nuevas ofertas. Por ejemplo, en cine. Lo habitual es que haya varios estrenos cada viernes, que es cuando se reajustan las carteleras. Yo suelo echar un vistazo a la opinión de los críticos, aunque a la hora de sacar las entradas muchas veces termina imponiéndose el horario a la primera preferencia. Fue lo que pasó el otro día. Teniente corrupto empezaba demasiado tarde y mi mujer propuso que viéramos la aclamada Avatar. Al fin y al cabo, argumentó con buen criterio, para opinar tenemos que verla. ¿Por qué no hoy? Varios amigos se nos habían adelantado y me aseguraban que merecía la pena, aunque con comentarios no demasiado estimulantes, como que era una mezcla entre Pocahontas y ET. A pesar de los prejuicios, me encantó. Salí flotando de la atmósfera que ha creado James Cameron con su nuevo sistema de tres dimensiones, si es que eso existe y no es una estratagema publicitaria. Cuando abandonábamos la sala para incorporarnos a la noche gélida y nevada, hubiera calificado Avatar como ecologista, fractal, cuántica e impropia de la industria de un país que por los días del estreno acababa de negarse a firmar el acuerdo de Copenhague para reducir las emisiones contaminantes que están destruyendo la Tierra. Al fin y al cabo, en la misma película salen estadounidenses malos, que quieren a toda costa explotar los yacimientos mineros del planeta extrasolar que han colonizado, y estadounidenses buenos que intentan comprender la cultura de los aborígenes y la profunda conexión que mantienen con la naturaleza, con sus antepasados y entre ellos mismos. Es el contraste entre el desarrollo de la tecnología y el estancamiento del espíritu, un tema actualísimo, el gran hallazgo de James Cameron cuya peli sin embargo va perdiendo cuando transcurren los días y el subconsciente la analiza. Porque supongo que a todos nos pasa lo mismo: yo disfruto del cine cuando lo estoy viendo en la sala, hasta el punto de que me olvido de la realidad más inmediata, y sigo rumiando la película a la mañana siguiente al despertar, cuando me llegan impresiones fugaces, secuencias a veces secundarias, parte de la atmósfera de lo que vi. Si la película es muy intensa, esas breves regresiones persisten todavía, como un telón de fondo, cada vez más desdibujados los rostros y las situaciones, cada vez más disueltos en las infinitas batallas cotidianas. Cierto que el que Avatar sea un filme maniqueo, sin personajes contradictorios, le va quitando valor en el tiempo. Ni hacen sus necesidades ni se cabrean como dios manda. Termina siendo un cuento edulcorado, de buenos sentimientos. Todo lo contrario que Teniente corrupto, película que hemos ido finalmente a ver. No he leído críticas destructivas sobre ella. No entiendo cómo los críticos pueden hablar bien, o por lo menos no hablar mal, de ese bodrio infumable. ¿Qué le encuentran? Es increíble de principio a fin gracias, sobre todo, al omnipresente Nicolas Cage, aunque sus compañeros no le andan a la zaga. Literalmente finge todo el rato tener dañada la espalda, llevar un hombro más alto que otro, finge estar colocado, finge preguntar, finge cabrearse. Sobreactúa. Es siempre un actor fingiendo. Ya que faltan ideas y hay que hacer remakes, propongo un guión sobre actores que protagonizaron filmes buenos, incluso memorables, en su juventud, y que después no encuentran el tono, o nunca lo tuvieron. Le pasa a Cage, pero también le pasa a Al Pacino e incluso a De Niro. Son caricaturas de sí mismos y condenan al fracaso las películas en las que actúan, por lo general acaparando ególatramente todo el metraje. No hay cosa que más me moleste que un actor distrayéndome todo el rato, impidiéndome meterme en la película, olvidarme de la realidad más inmediata, que es a lo que uno, en el fondo va al cine. Sin duda resultan más creíbles los títeres de Cameron que el memo de Cage. Nos salimos antes de que acabara para evitarnos el cabreo de verlo al final sonreír victorioso. Encima.

1 comentario:

Rubén Martín Díaz dijo...

El universo de Avatar es una maravilla, Cameron ha logrado un mundo realmente apasionante, pero la historia me pareció la misma de siempre. Curioso eso de las gafas de 3D, nunca lo había probado. Me gustó la experiencia, aunque nos pegaron un buen estacazo.

Un abrazo.

Rubén