Pues venga otra vez


Coincidimos en los informativos locales de Radio Popular, hace un cuarto de siglo. Andábamos siempre cortos de tiempo para encajar las noticias. No por repetido deja de ser cierto el tópico de que, en radio, el tiempo es oro. Entonces vivíamos de las sobras que nos dejaban los informativos nacionales, una miseria que había que repartir entre la información de Albacete, los deportes y una coda final que pertenecía por tradición a José Antonio Tendero y su crítica de cine. He de confesar que yo llevaba muy mal este espacio. Le cedía paso de mala gana y se lo acortaba, no por fastidiar, sino porque no encontraba modo de comprimir más los datos y me resultaba inconcebible recortar la actualidad candente para concederles minutos a unos comentarios intemporales que en ese momento de vértigo me resultaban hasta vetustos. Porque la velocidad característica de los informativos desembocaba con el comentario de José Antonio Tendero en un remanso más propio de la tertulia y del café que de la rabiosa última hora. Lo llevaba yo muy mal, ya digo, hasta que alguien me hizo un buen día un reproche afortunado: pero si el ratito de Tendero es lo mejor del informativo; es imposible que exista otro igual ni en España ni en el mundo. A la cura de humildad que me dejó con el gesto congelado, sucedió un éxtasis de lucidez. Joder, es cierto. Nuestra relación, que se había caracterizado hasta ese momento por una pugna cortés en torno al tiempo que yo le escatimaba, cobró una cordialidad enriquecedora. Tendero era un hombre minucioso con el lenguaje. Antes y después del informativo, al que acudía puntual, recién apurado el vermú obligatorio y con el Abc doblado bajo el brazo, sus amistosos comentarios equivalían a lecciones doctorales. Lecciones de un maestro veterano, pero en un jovial y permanente reciclaje. Valga una anécdota: un día me preguntó que cómo estaba y le respondí que atofagado. Me hizo repetir la palabra. Él era un admirador confeso de Ramón Gómez de la Serna y a menudo intercambiábamos hallazgos verbales que José Antonio pasaba siempre por el tamiz del autor de las Greguerías. No dijo nada entonces, pero al día siguiente venía con los deberes hechos: Arturo, esa palabra que me dijiste ayer, no existe. No está en ningún diccionario, ¿de dónde la has sacado? No supe contestar. Debió de ser un invento. Buscamos juntos probables orígenes del término, sin llegar a ninguna conclusión. Pero así era. Agotó hasta el extremo la posibilidad de que se tratase de una errata, de que fuera alguna letra la que estuviera mal, no la palabra entera. Meses más tarde, en el último informativo que compartimos, le dije que me habían despedido y que no le iba a robar más tiempo en el micrófono. Se le cambió la expresión. ¿Por qué?, inquirió. No lo sé, dije. Es cosa de la dirección. Se levantó como un resorte y acudió al despacho del director a interesarse por mi suerte. Por un momento llegué a concebir la esperanza de que lograra convencerlo. Volvió, sin embargo, contrariado y con la impotencia de la jubilación reflejada en el rostro. Nunca he dejado de agradecerle aquel arranque. Luego nos hemos cruzado, siempre por azar, por la calle del Rosario o la de Carnicerías. Sólo verlo ya suponía un paréntesis en el tráfago, un tiempo para saborear. Antes de empezar a hablar, era un recuerdo vivo, con su sombrero, su cortesía y sus zapatos impolutos. Una manera propia, irrepetible, de referirse al poblacho que fue Albacete, al cine que creció con sus comentarios, a la vida. Hace mucho tiempo que me había anunciado su renuncia a hacer crítica, desde que desterraron las salas al extrarradio y había que ir de excursión para ver una película. Va para tres años que hablamos por última vez, pero tomé notas del encuentro. Había cumplido los noventa, y había dado un bajón, se le notaba. No obstante, su gusto por la tertulia permanecía intacto. Hablamos de la muerte. De hecho, terminó con la anécdota de un moribundo que, con su último aliento, preguntaba: ¿Y la vida era esto? Pues venga otra vez.

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