Bendita escasez



A lo largo del año recién finalizado han seguido arreciando los estudios que determinan que, reduciendo la ingesta de calorías, se retrasan el envejecimiento y sus enfermedades o, lo que viene a ser lo mismo, se puede alargar la vida. Los científicos lo han probado ya con la mosca de la fruta, con ratas, con ratones, con macacos y con monos rhesus. En todos los casos sugieren con prudencia que los beneficios podrían extenderse a la especie humana. Pienso en ello mientras repaso con la mirada la opípara e interminable cena de fin de año con su epílogo de turrones y su traca final de uvas y brindis espiritosos. Y me pregunto si no será un lento suicidio esto de la Navidad, si no habrá un modo de apartarse del torrencial consumismo que nos arrastra inevitablemente, con poco que uno se relacione y tenga una familia que ansíe convertir en especiales estos días. En un canal cualquiera de los que desfilan por el zapping, he visto un reportaje en donde comparaban los fastos culinarios de estas fechas entrevistando a tres generaciones de mujeres de la misma familia. La abuela comentaba que en su época se lo pasaban en grande con lo que hubiera a mano. Una paella constituía un festín. Supongo que para los postres habría cascaruja. A la hija la sola mención de este menú ya le resultaba deprimente. A la nieta, no digamos. Podemos extender el mismo desbordamiento a otras parcelas. El yanqui Papá Noel ha terminado colonizándonos la Nochebuena y sembrando de regalos el pie del abeto, que no se qué pinta en estos páramos. Mientras, a muchos hogares también vienen los Reyes Magos porque se resisten a ser desterrados y siguen acudiendo a su cita del 5 de enero con una fidelidad sostenida a duras penas por la tradición de los belenes. Y quien dice regalos, dice relaciones. El año recién finalizado ha vivido la explosión de las redes sociales en internet. Uno entra en cualquiera de ellas y tiene la sensación de que podría pasarse horas y más horas inmerso en un banquete de comunicación con interlocutores desperdigados por el mapa, sin saber cómo parar. Aunque no hace falta ir tan lejos, basta poner al día el correo electrónico, contestar a los corresponsales habituales, para fragmentarse en conversaciones variopintas y atardecer abriendo archivos que pretenden ser ingeniosos y que nos llegan con todo el cariño. Además, en palabras de José Antonio Marina, somos informávoros, o sea devoradores de información, y queremos enterarnos de todo, lo que hace mucho tiempo que ya es imposible. ¿El sabio quién es? Dan Coyle, que ha pasado los últimos años analizando los semilleros de talento, ha llegado a la conclusión de que las escuelas donde se forman y se entrenan los mejores se caracterizan, en general, por la pobreza de medios. Por la escasez. Donde hay menos estímulos, es más fácil elegir. El sabio es el que ha encontrado la manera de sacarle fruto al silencio, de seleccionar en medio de este torbellino diario los estímulos justos, los imprescindibles para vivir creciendo hacia la felicidad. Para alguien que vive en la estrechez, un atracón supone un desquite. Para quien vive siempre en el atracón, lo de estas fechas es rutina. Como rutina es el atasco por la inflación de tráfico y el atasco por inflación de comida. Si hay un modo de revertir esta tendencia, sin duda pasa por la educación. Ya no se trata tanto de epicureísmo como de moderación. Es improbable que los que tienen que tomar las decisiones caigan en ello, porque los que pueden hacerlo viven en sus nubes de Murphy, pero las materias principales que habría que enseñar en los colegios y en los institutos son cómo detenerse, cómo discernir lo importante en medio del caos y cómo controlarse para tomar sólo lo necesario. Por ejemplo, comer con tiento en Navidades. La inteligencia emocional también procede de Estados Unidos pero prolifera mucho más despacio que Papá Noel porque no entra por la chimenea ni la tele. Lo de menos es que su implantación nos permita vivir más, lo bueno es que puede hacernos más dueños de nosotros mismos.

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