José Luis Parra




Se levanta a leer a las seis de la mañana. Dice que es la hora en la que mejor se defienden sus maltrechos ojos, cuando el silencio es un cómplice fiel y la luz tiene una pureza intacta. Dice también que la lectura va acompañada de pequeños placeres añadidos, como sentir que la claridad se extiende en la cocina, que es su estancia de la casa favorita para estos menesteres, o como notar con el rabillo del ojo que se van encendiendo las bombillas en las alcobas de los edificios colindantes. Para muchos empieza una jornada de trabajo y madrugar es la primera de las condenas asociadas a la vida laboral. Estas reflexiones cruzan un instante por la mente de José Luis Parra mientras sus ojos se deslizan por el papel. Acaba de jubilarse y la sociedad ya no le impone este tipo de esclavitudes. En realidad hace quince años que mantiene esta rutina matinal. Para él, como es evidente, leer no es cualquier cosa. Es un ejercicio vital equivalente a respirar. Cuando el día acaba de instalarse, se toma un café y, si está inspirado, compone. Antes salía a la calle e iba construyendo mentalmente el poema mientras recorría un circuito cotidiano de Quart de Poblet, un circuito que incluía paradas en ciertos bares y cervecerías donde era un parroquiano habitual. Al verlo sentado ante la barra, con la cerveza en la mano y aparentemente ocioso, a veces se le acercaba algún mochuelo aburrido con ganas de pegar la hebra y lo distraía de los versos. Llevar el poema en la cabeza, mantenerlo vivo mientras uno va añadiendo o quitando adjetivos e imágenes, es una tarea que a la mayoría de los poetas se nos antoja inabarcable. Casi todos necesitamos emborronar un montón de cuartillas o utilizar un procesador de textos, bendito invento que permite quitar y poner, reencontrando cada vez la página limpia. Así, de cabeza, y paseando por las calles de su pueblo, Parra ha compuesto poemas prodigiosos, como Meditación de un aniversario, que tiene ochenta y dos versos y es un clásico para los privilegiados que sabemos que este tipo bajito, nacido en Madrid pero recriado en Valencia, es un portento. Es tan bueno que los Manolos de Pre-textos y el sevillano Abelardo Linares de Renacimiento le publican los libros conforme los escribe. Editores de los de antes. Editores con buen gusto que publican su calidad aun sabiendo que no va a hacerles ricos. Por eso Parra no ha tenido que ganar premios ni sufre por publicar como buena parte de los poetas. El otro día vino a Albacete a leer en público una selección de su último libro, De la frontera. Sus libros siempre tienen títulos que apuntan a lo sombrío. La frontera a la que alude este último es la vejez. Y de hecho, los primeros momentos del acto, en el antiguo Ayuntamiento, tuvieron hasta su punto de cómico, porque Parra no veía las letras. El primer poema lo fue reconstruyendo desde la memoria más que leyéndolo, según reconoció. Enseguida, solícitos, los empleados del Museo Municipal y algún colega le acercaron un atril provisto de iluminación propia. Entonces retomó con alivio la lectura. Aún tuvo que afrontar otro momento chocante. Tan serviciales estaban los empleados municipales que lo encañonaron con otro foco más grande justo en el momento en que él pronunciaba la palabra resplandor. Pareció que formara parte de un happening. Despertó risas en los asistentes. Sin embargo, sus poemas son intensos, pero profundamente sombríos. Hablan de sentimientos que habitualmente procuramos esconder bajo la alfombra, como la culpa, la esterilidad o la aceptación de la propia decrepitud. Conforme leía, se iba adensando el silencio en el salón de actos. Teníamos la sensación de ir sumiéndonos en una fosa cada vez más oscura. No obstante, esos sentimientos forman parte de la vida y Parra es capaz de conjurarlos con una precisión al alcance de muy pocos. El aplauso final fue como una liberación colectiva. Duró una eternidad. Al fin y al cabo siempre llega a sus poemas, para salvarlos de la sombra, la luz consoladora del amanecer, directamente desde sus lecturas matinales en la cocina.

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