Ana Isabel Conejo


Los laberintos de la vida se parecen mucho al destino. El padre de Ana Isabel Conejo quería que estudiara Biología y a ella le gustaba más la Filosofía. Pero llegaron a un acuerdo: satisfacer la voluntad paterna y después la propia. El padre murió en mitad del camino y Ana Isabel se resignó a ser profesora de ciencias en los institutos, empezando por el Sabuco de Albacete. Mientras, escribía. Escribía siempre. Sus poemas hablaban de ella misma. Cuando quedó finalista del Adonais con Vidrios, vasos, luz, tardes, tomó una decisión que ha terminado de traerla a donde está: no escribiría más de su propia realidad, sino a través de las cosas. Y de una revista de descubrimientos arqueológicos nacieron los primeros poemas de su nueva vida, los poemas que luego compondrían el libro Atlas, con el que ganó el premio Hiperión y el Ojo Crítico. A través de las ruinas más antiguas, las de Mesopotamia, en las que los muertos están muy muertos, pero todavía es posible encontrar indicios vivos de su paso por la tierra, nos es posible distinguir los ojos negros de Ana Isabel contemplando ese paisaje y su espíritu rescatando emociones de las más diminutas señales, de los más insignificantes restos. El otro día, en el salón de actos del ayuntamiento viejo, nos guió además con su propia voz por este poema y por otros, como aquel en el que se transporta al paisaje de los antiguos griegos, que no tenían un nombre para el color azul, aunque evidentemente contemplaban el cielo con “un color indecible que nosotros no vemos”. Y nos guió por el color rosa, que huye de la hambrienta vitalidad del rojo, “consciente de que gana / poder al diluirse / en el lienzo de sombras del contexto”. Y su voz, entrenada de leerle cuentos a su hijo Alejandro y de escribir historias para adolescentes y niños, gracias a las cuales ha dejado de momento la enseñanza, nos guió también por sus desconcertadas sensaciones de madre en el poema Hijo: “Eres tú quien me enseña a hablar como si nunca / hubiese hablado”. Y es la primera, Ana Isabel, que viene además a leernos directamente desde un libro digital, que colocó sobre la mesa y sobre el que pasaba las páginas invisibles pulsando una tecla con un rizo de dedos de su mano izquierda. Y así, después de haber paseado por el viejo Atlas de los muertos muy muertos y por los colores perdidos y ganados, después de recrear en el vapor de la tarde los rostros de Lauren Bacall y Humphrey Bogart y de mostrarnos el contenido de sus maletas, Ana Isabel calló y sonrió tímida esperando preguntas, que apenas si llegaron desde el público embriagado con estos poemas que son a la vez cuentos y poemas y son válidos en ambos géneros. Tras ellos, como un tapiz, se percibe un intenso ejercicio de documentación, la de una profesora de ciencias a la que el destino, al final, ha traído de lleno a la escritura.

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