Corredor Matheos

FOTO AGUSTÍN FERNÁNDEZ

Podemos ser libres porque nadie nos compra. Corredor Matheos se refiere, claro, a los poetas. A sus 80 años se mantiene en una forma envidiable. Ha pasado por Albacete como un huracán discreto, pero un huracán. En una tarde ha dirigido un taller de escritura en Chinchilla, ha leído una selección de su poesía y aún ha tenido tiempo de deslumbrar con unas reflexiones sobre arte, antes de seguir la conversación en la cena. Ha dicho que Picasso era un pintor extraordinario, el más representativo del siglo XX, pero en absoluto profundo. Que sus obras no tienen hondura, no estremecen. Con melenilla de artista, el cabello fino, deshilachado, la voz cascada y un ligerísimo acento catalán, este hombre menudo y fuerte es al mismo tiempo hijo predilecto de Castilla-La Mancha, de su Alcázar natal y Medalla de Oro de Barcelona. La punta del iceberg de un currículum apabullante. Dice que viajar le relaja y que va a todas partes con un bolígrafo y un papel, por si las moscas, o los perros, que son una constante en su vida y en su obra. Contemplas ese perro/ vagabundo/ y te sientes perdido/ como él. Dice que el arte no puede ser realista porque la realidad ya está ahí, no la toques. Que la poesía es descubrir ese secreto que esconde la realidad más visible. No es que la realidad no importe; importa como puerta que conduce a lo más profundo. También da la clave para que venga la poesía. Hay que perder el sentido de la responsabilidad. Decía Antonio Machado que el poeta es el que menos obligación tiene de escribir versos. Si buscas la poesía, no aparece. Tienes que estar atento, hacer un vacío, un paréntesis en tu vida cotidiana. El gran problema es que tenemos poco tiempo para la quietud y la soledad que requiere la escritura, pero también la lectura. Cómo es posible, con la actividad que desarrolla, que Corredor haya encontrado tantos de esos momentos. Desde Cartas a Li Po hasta el reciente Un pez que va por el jardín, ha cuajado una obra poética que algunos críticos consideran zen y que alcanzó en 2005 el Premio Nacional con El don de la ignorancia. Compara la poesía con una cebolla. La forma son las capas. Dice que si vas quitándole capas, al final no queda nada. Pues esa nada, ese silencio significativo, es la poesía. Un espectador le pide que destaque una metáfora propia. Corredor le contesta que las metáforas no son importantes, que no recuerda ninguna. ¿Pero ese pez que va por el jardín? No es una metáfora, soy yo. También el perro que me mira y me conoce. Antes de irse, hace otra demostración. He descuidado mi mochila en el suelo y tropieza con ella. Por un momento, temo que se caiga. Pero con qué agilidad se reequilibra, propia de quien va ligero, lleno de silencios significativos. Nadie nos compra, por eso somos libres. Se refiere, claro, a los poetas.

2 comentarios:

Rubén Martín Díaz dijo...

Sin duda resultó ser todo un ejemplo de poeta consagrado y a la vez de persona cercana y, yo diría, hasta cariñosa. Lo que más me impresionó, más incluso que su sabiduría, fue la lucidez que demuestra a su edad. Un gran encuentro. Una suerte para el amante de la poesía. Gracias, como siempre, a los organizadores del ciclo, por este regalo.

Bonito artículo, Arturo.

Un abrazo.

Fermín dijo...

Sencillez y profundidad. Y todo en el mismo equipaje. Sí, veo que tiene las cosas claras. Imagino que su misticismo oriental rige las normas de su vida e impregna por lo tanto esa poesía vital a la que acude, cuando aparece la necesidad y no puede hacer nada por evitarlo. Eso sí, procurando estar siempre preparado para atrapar ese momento.
Felices momentos los de su lectura que pude/pudimos disfrutar esa noche de noviembre.

Fermin