Distancias



Dicen que la distancia es el olvido, asegura el bolero. Y los enamorados se esfuerzan por contradecirlo, casi siempre sin éxito. A los de aquí nos resulta más fácil, porque estamos acostumbrados. En este siglo en que nada pasa lo bastante lejos como para resultarnos ajeno, que lo mismo nos sobrecoge un terremoto en Sumatra que el secuestro de un pesquero en Somalia, no conozco viaje más transiberiano que ir a Toledo a resolver papeles. Y quien dice a Toledo, igual puede decir Ciudad Real o Puertollano o Tomelloso. Legendarias ciudades castellanas, quizá manchegas, o incluso castellano manchegas, si es que eso es posible, pero tan lejanas que cuesta llegar de una a otra, hasta en internet. Y no porque la distancia sobre el plano se antoje excesiva. Antes de partir uno se dice: por esta carretera son tres horas y por aquella, dos y tres cuartos. Se santigua, pone a andar el coche, y tarda lo mismo exactamente (una eternidad), marque la hora que marque el reloj cuando el vehículo surca las últimas rotondas, las de la desesperación. A estas alturas ya sabemos que todo es relativo, hasta el espacio y el tiempo. Tres horas de viaje en cualquier dirección fuera de nuestra comunidad no parecen igual de largas que tres horas de viaje de un punto a otro de Castilla-La Mancha. De hecho, puede resultar más llevadero pasar por Madrid para ir a Toledo que ir derecho desde Albacete. No sé por qué, pero Ciudad Real e incluso la misma Albacete están más cerca de la capital de España que la una de la otra. Ignoro a qué se debe este fenómeno, cuya explicación pertenece al campo de la metafísica. A veces tiendo a pensar que cuando a Einstein se le ocurrió que el espacio y el tiempo podían deformarse como si fueran elásticos, por influjo de la materia oscura, no pensaba en el cosmos infinito, sino que volvía de un viaje entre capitales de nuestra comunidad autónoma. Que a don Quijote no le volvieron loco los libros de caballerías ni la solana recalentándole el cerebro, sino la falta de referencias, los caminos que no llevaban a ninguna parte, las alucinaciones que produce la materia oscura del aburrimiento. Quevedo, otro que tal, se retiró a la Torre de Juan Abad, con unos cuantos doctos libros juntos, a vivir en conversación con los difuntos y a escuchar con sus voces a los muertos. Ni siquiera se pasó por su cabeza escapar del exilio a través de la región que se abría a sus espaldas, un proyecto inabarcable para su estado de ánimo. Si no hubiéramos exterminado los trenes de cercanía, tal vez resultasen una buena solución. Un vehículo público lento, un transmanchego con casino y algún crimen, tendría sentido turístico. Entre tanto, muchos nos seguimos sintiendo más de Murcia, que está a una hora de las normales. Dicen que la distancia es el olvido, insiste el bolero. Qué castellano-manchego lo contradice.