Poetas vivos y poetas que no mueren




El lehendakari vasco leyó un poema de Kirmen Uribe en su toma de posesión hace cinco meses y ahora al poeta le han dado el Premio Nacional de Narrativa por una novela que aún no se ha publicado en castellano. El euskera recibe, como es evidente, un espaldarazo para su normalización en la cultura española, ahora que en Euskadi manda un socialista por primera vez desde la democracia. Por supuesto, no entramos en la calidad de la obra premiada, que no podemos juzgar, porque el vascuence de momento nos es impenetrable. Según los cronistas, para el jurado también, por lo que hubieron de leerlo en una traducción de Ana Arregi, revisada por el propio autor. Kirmen Uribe recibió la noticia mientras esperaba que varias editoriales pujaran por publicar esa traducción al castellano que de pronto se ha revalorizado. El premio llega unos días después de que los suecos le den el Nóbel de la Paz a Obama por haberse convertido en una esperanza para el mundo, cosa muy meritoria aunque su antecesor se lo pusiera a huevo. En fin que está bien que los premios sirvan para eso, para normalizar cosas que están sin normalizar y para agradecer que alguien traiga esperanza a este mundo desesperanzado. También es bueno que cada año le den el Nóbel de Literatura a un escritor desconocido. Sobre todo si es buen escritor, que ya lo iremos comprobando poco a poco. Se les agradece a los académicos suecos que se la jueguen, en vez de optar por lo trillado y premiar a escritores de renombre, ahítos de galardones, homenajes y vasallos. Más tarde el tiempo pondrá a cada cual en su sitio, un tópico consolador para los que escriben sin renombre y sin premio. Aunque también los hay con premio, pero sin renombre. Estoy pensando en Diego Jesús Jiménez, que ganó dos veces el Premio Nacional de Poesía, cosa que pocos pueden contar, y que sin embargo vivió en un segundo plano hasta el final. “Y en tus ojos, que celebran lo efímero, / arde la soledad de toda gloria”, decía uno de los versos de su libro más galardonado. DJJ se nos ha muerto ahora, tras regalarnos estos poemas y su amistad de fumador entrañable. También se nos ha muerto Rafael Arozarena, más viejo aún, con menos premios, tras mostrarnos la aridez vecinal y paisajística de una Lanzarote anterior al turismo, en ese libro legendario titulado Mararía. Y se nos ha muerto, antes de apagar las velas de su centenario, José Antonio Muñoz Rojas, al que llegué a tiempo de leer en vida gracias a mi amigo León Molina. Los tres me emocionaron y siguen haciéndolo. El premiado soy yo por haberles conocido. Uribe y Herta Müller de momento sólo son nombres, aún deben demostrar de lo que son capaces como autores. Mi emoción de lector no admite dirigismos. Aunque esté bien que un político ande por ahí leyendo versos.

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