Maldades deportivas


Que el deporte de élite llega a ser malsano para quienes lo practican no es ninguna novedad. Hartos estamos de ver deportistas que se retiran a los treinta y pocos años con las articulaciones o el corazón de un viejo de setenta, después de haber llevado hasta el límite su organismo durante el breve esplendor de la gloria. Como las cámaras se retiran un poco antes, en el declive, este pequeño detalle queda bajo la alfombra, excepto en los casos extremos en que el deportista muere o las pasa canutas cuando aún están recientes los ecos de su popularidad. Ahí tenemos los ejemplos de ciclistas como Pantani o Friederick Nolf, el infarto fulminante de Jarque y tantos otros ejemplos que el vendaval de la actualidad va cubriendo de hojarasca. Llámenme agorero, pero en eso pensaba cuando veía omnipresente esta semana a la selección de baloncesto que primero nos hizo sufrir con sus derrotas y luego vibrar con su destreza, en una combinación de drama e idilio más propia de una telenovela que de un espectáculo deportivo. Acababa de oírle comentar a un médico, con toda naturalidad, que el organismo humano no está hecho para dar tantos saltos como prodiga un baloncestista, entre entrenamientos y partidos, con lo que todos tienen las rodillas hechas puré. Pensaba también en que hace dos años la selección de voleibol ya había ganado en Moscú, ante la anfitriona Rusia, el mismo título. Lo consiguió casi a la vez que los de Gasol perdían la final del europeo en España, por cierto, ante los rusos. Y no hubo, ni mucho menos, tantos flases ni tantas expresiones de furor hispano en el regreso de esos españoles de segunda. O de tercera, ya que los baloncestistas fueron recibidos por una multitud mucho menor que los futboleros de Luis Aragonés. Los jugadores de fútbol sala en cambio han ganado el título europeo cuatro veces sin que merezca ni televisarse. Y dos veces el mundial, anoten. Tampoco nadie ha hablado ni ha hecho hablar a Fernando Alonso, mientras excomulgaban a su jefe Briatore por haber inducido al otro piloto, Piquet, a que estrellara su monoplaza. ¿Quién fue el beneficiado, sino Alonso, que ganó la carrera? Ahora calla. Qué va a decir. Callamos con él igual que saltamos con Gasol. Igual que jugamos más con Nadal que con los otros españoles, que deben de ser menos españoles. Por cierto comparen el grosor del brazo derecho y el izquierdo de Nadal. Además hemos corrido la vuelta a España con Valverde, sin acordarnos de que está suspendido por doping en Italia. Claro que le ayuda muy poco que nuestra normativa antidopaje vaya tan justita que haya sido uno de los puntos flacos de la candidatura de Madrid a ciudad olímpica. En eso no somos campeones. Aunque tengamos agujetas de tanto celebrar unas glorias más que otras desde el sillón bol más laureado del planeta.

1 comentario:

Rubén Martín Díaz dijo...

Interesante artículo, otro más. Nadie podría decir que no llevas toda la razón, así somos la gente. En fin, disfruto mucho con tus artículos.

Un fuerte abrazo.