Auctoritas


Luis Aragonés, el seleccionador que llevó a España entre clamores a ganar el europeo de fútbol, pasó de jugador a entrenador de un día para otro. Ayer estaba bromeando con sus compañeros, siendo uno más de la peña, y hoy tenía que organizarlos, decidir la alineación, determinar quién salía al campo y quién se quedaba en la grada. Menuda papeleta. Sus nuevos pupilos, los jugadores del Atlético de Madrid del año 74, se quedaron de una pieza al ver que su camarada de la víspera, en su alegato inicial, les hablaba de usted. Fue una solución sencilla y eficaz para marcar las distancias y recordarles que existían nuevos límites. También les usteaba cuando se dirigía a cada uno individualmente y así sigue haciéndolo. No en vano le llaman El Sabio de Hortaleza. Por supuesto, el usteo es sólo una herramienta que unas veces puede funcionar y otras no. La autoridad es otra cosa. Para los romanos, la ostentaban aquellas personas cuya opinión en una determinada materia merecía el respeto general. No es exactamente lo que nosotros entendemos por autoridad, pero era muy diferente de la potestas, que podríamos traducir con muchos matices como poder. Un individuo podía tener mucha auctoritas sin tener ningún poder y otro podía amasar mucho poder sin gozar de ninguna auctoritas. Lo ideal es que ambas coincidan, pero desde Roma hasta aquí esa conjunción se ha dado muchas menos veces de lo que sería deseable. El profesor, por ejemplo, ha ostentado durante generaciones la potestas indiscutible en su clase, sobre sus alumnos y sobre los padres de los alumnos. El respeto se adquiría con el título. Y en su clase, si él no quería, no le rechistaba nadie, aunque sea muy raro el profesor al que no le han rechistado y motejado en corrillos, puertas de váteres y pupitres del fondo. Los dos o tres profesores que recordamos con cariño, esos deben ser los que tenían auctoritas. Dos o tres, muy pocos más. Eso sucedió y eso sigue sucediendo. ¿Qué ha cambiado? Que el profesor ha perdido la potestas. Ahora, con la obtención del título, pierde todos los poderes, si es que le quedaba alguno. No manda sobre los alumnos, que creen que saben mucho más que él, y que si no lo saben, pueden averiguarlo en internet, en caso de que les apetezca. Tampoco tiene poder sobre la mayor parte de los padres, que inconscientemente ven en el profesor más un empleado de guardería que un educador. Que los aguante muchas horas, pero ojo con levantarles la voz. Y en caso de conflicto, el testimonio del hijo es el que va a misa. Pero siendo cierto lo antedicho, con quien menos poder tienen los profesores es con la administración. Hubo un tiempo en que los directores provinciales estaban cerca y se les sentía tan cerca que había un diálogo fluido. Conocían las características del centro y sabían las teclas que tocar. Hoy las delegaciones son sucursales de la gran Toledo, la madre de todas las burocracias, para la que somos números, cifras, códices, legajos, mierda. Se preocupa tan poco de los profesores que ni siquiera corrige a aquellos, que también los hay, que entran en sus clases como en una cacharrería y no tienen ni potestas, ni auctoritas, y con su mal ejemplo les quitan a sus colegas la poca que pueda quedarles. Al fin y al cabo, durante las últimas leyes, que se suceden con más ruido externo que efecto dentro de las clases, ninguna ha puesto el dedo en la llaga de la formación de los profesores. Nadie se ocupa de enseñarles a enseñar. Se les otorgó el permiso para conducir clases en un examen duro en el que se les examinaba de otras cosas. Como si conducir clases de treinta alumnos mirándote y estudiando cada uno de tus gestos fuera más sencillo que conducir coches o camiones, cuya licencia requiere por ley un tiempo de tutoría. Como si la auctoritas te la regalaran en una tómbola o en un arrebato de presidenta autonómica que necesita un golpe de efecto. Los conductores primerizos llevan la ele un año, recordándoles que son primerizos. Los profesores son profesores desde el primer día. Llegan al instituto, les endilgan el peor horario y las clases más complicadas, con gran alivio por parte de los veteranos, y hala, arréglatelas como puedas. Sólo al cabo de un tiempo, y de muchos ensayos y errores, los que tienen más suerte descubren que han adquirido una serie de herramientas que suelen funcionarles. Pero rara vez se comentan en el café del recreo, como si existiera un prurito que impidiera compartirlas. Mucho menos ante los nuevos que llegan y tampoco preguntan, quizá por timidez, quizá por miedo a parecer tan nuevos. Sólo los muy dotados, como Luis Aragonés, aciertan con la herramienta adecuada el mismo día en que debutan. Y aun así terminan ganando los títulos más importantes cuando están al borde de la jubilación. Seamos optimistas. Al menos han sembrado su auctoritas en generaciones y generaciones de pupilos.

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