Dos lunas


A principios de verano oí en la radio que el día 27 de agosto iban a poder contemplarse dos lunas en el cielo, y sin haber bebido ni gota. El fenómeno, según explicaba el comentarista, se debía a lo cerca que se iba a encontrar en esa fecha el planeta Marte, hasta alcanzar de forma engañosa el tamaño de nuestro satélite. Añadía que no debía de perdérselo uno, porque iba a ser muy raro estar vivo cuando volviese a repetirse la conjunción astral, un montón de años más allá en el tiempo. Incluso daba la hora en la que había que asomarse: las doce y media. Apunté la cita y me olvidé de ella hasta el mismo jueves 27, en que se cumplía. Como estaba en Canarias, con una hora menos, dudé cuándo debía mirar a las alturas y me metí en internet a consultar. Aparecieron varias decenas de artículos en los que se nos advertía a los ignorantones de que esa noche Marte iba a andar más lejos incluso que otras veces. Que lo de las dos lunas era una leyenda urbana. Lo describía así mismo, Una leyenda urbana. Como había avisado a unos amigos y temía quedar mal, no me resignaba yo a que los artículos de Google llevaran más razón que el comentarista de la radio al que se lo había oído y que mi propia agenda. Me conjuré a estar presente a las once y media, atento a lo que ocurriera en el cielo sucio de Puerto del Rosario, que no tiene nada que ver con el de El Roque de los Muchachos palmero. Sin embargo, había tenido una jornada ajetreada y reconozco que me quedé dormido. Algún runrún sentí entre sueños de que estaba perdiéndome un fenómeno singular, pero sin la fuerza necesaria para despertarme. A la mañana siguiente repasé los periódicos en busca de una fotografía del acontecimiento, pero todos andaban ocupados en contarnos la terrible gravedad de la gripe A, que a unos aconsejaba cerrar colegios y a otros reprimirse de exteriorizar los sentimientos de amistad y de cariño. Qué extraño que ninguno hubiera reparado en las lunas. Demasiado extraño. Tuve que tragarme el sapo y aceptar que fui uno de los timados con la leyenda urbana. Para más inri, ni siquiera es nueva. Un número creciente de graciosos la difunde todos los veranos. Si tenía alguna credibilidad astronómica con mis amigos, la he dilapidado. Y también la fe que me quedaba de estar al día. No en vano, médicos, gurús y hasta gente que la pasó desmienten que la gripe A mate tanto como para cerrar colegios y dejar de besarse. El otro día, al reincorporarme al trabajo, juro que me olvidé de las amenazas y estreché manos y besé a las compañeras como si nada. De modo que me arriesgo a ver las dos lunas en medio de los delirios de la gripe, que ya empiezan: hasta he creído oír que la Feria de Albacete cumplirá en 2010 no sé qué centenario impreciso por el que hay que tirar la casa por la ventana.

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