Burbujeros


Circulamos a ciento veinte kilómetros por hora a través de una cinta de asfalto en la que sólo se puede circular en el sentido en que lo hacemos. Hay otra cinta aparte, perfectamente diferenciada, para los vehículos que vienen en sentido contrario. Alrededor nuestro, y detrás de una valla separadora, se extiende una llanura reseca. Soplan ráfagas de un viento que obliga a empuñar con fuerza el volante. Su frescura es engañosa. En realidad el termómetro del exterior del vehículo marca treinta y ocho grados. Y son las cinco de la tarde. Pero en el interior de la cabina parece que estuviéramos en una mañana de primavera, muy lejos de la canícula que nos cerca. Me doy cuenta de que estoy describiendo algo parecido a una historia de ciencia ficción con un toque crepuscular. Y sin embargo lo que cuento me está pasando a mí, en Albacete, y además a diario, cuando voy y vuelvo de Chinchilla. Si lo leyera un vecino de hace dos siglos, alucinaría. Lo más probable es que ni me entendiera y que, de hacerlo, llegase a la conclusión de que estoy loco. Y tal vez no se equivocara. Igual todo esto es una alucinación. Igual es Mátrix. Suena el móvil (para descolocar más al posible lector de hace dos siglos) y toma la pastilla mi hijo, que va de copiloto, y habla desde ella con una persona que ni siquiera está a la vista. Y habla casi en susurros. Si me lee un vecino de dentro de dos siglos, si eso llega a ocurrir (no que me lean, sino que haya gente por los alrededores dentro de dos siglos), lo más probable es que alucine también y se diga que gastamos herramientas arcaicas. De momento es como si yo me hubiese salido del siglo para retroceder unas décadas (no tanto como dos siglos) porque me estoy sorprendiendo de cosas de las que nadie se para a sorprenderse. Se usan y ya está. Si le digo a mi hijo lo que estoy pensando, que esto de viajar aislado de la canícula y de hablar sin hilos con una persona a la que no vemos me parece extraordinario, mi hijo fruncirá el ceño y tal vez no diga nada, pero pensará: mi padre empieza a chochear; qué pena, tan joven (bueno, lo de joven lo añado yo). Llegamos y me bajo del coche y me adentro en una habitación con aire acondicionado a escribir esta historia. En Albacete también he estado en una habitación con aire acondicionado, de modo que sólo he permanecido en contacto con la realidad unos pocos minutos, divididos en secuencias de unos treinta segundos. No me estoy enterando del verano. Estoy tan lejos de este verano como de las cadenas de televisión que nunca visito. Puede que estén ahí, pero no existen para mí. Lejos del verano, pero no de las vacaciones, alucino en secreto de ser un hijo de mi tiempo y de que, yendo tan mal las cosas en el mundo, pueda apagarlas con pulsar una tecla. Esto no puede durar siempre, me digo. Mi hijo frunce el ceño. ¡Igual lo he dicho en voz alta!

No hay comentarios: