El crimen del silencio



En lo más profundo de la noche, lo despierta una pulsación desmesurada, como si un inmenso corazón bombardease la ciudad y derrumbase un edificio con cada sístole y batiese los cimientos con cada diástole. Su casa se remueve con las otras, su corazón se agita, como no podía ser menos, y por supuesto su sueño se rebela. Estaba anunciado. Son las cuatro. Se levanta a orinar y, a la vuelta, ya tiene en el pasillo dispuestas unas tijeras y una cinta de embalar. Corta dos tiras y se las aplica en las orejas, tratando de taponar los resquicios por los que entran y salen las ondas sonoras. O bien no lo consigue del todo o bien la cinta de embalar no es lo bastante densa como para poner dique al ruido procedente de la plaza, que está a quinientos metros de su casa, con varias manzanas de viviendas entre medias. Cada año, las pulsaciones se las apañan para sortear los obstáculos, rebotar en el jardín que está junto a la ventana y adentrarse en la alcoba donde él y su mujer duermen. En años anteriores no los despertaban. De hecho no les dejaban conciliar el sueño. Retumbaban en las paredes y de algún modo también en sus propias entrañas, haciéndoles dar vueltas y más vueltas entre las sábanas, sin permitirles entrar en el trance. Era duro. El calor y el ruido asociándose para mantenerlos en vigilia, a pesar del enorme cansancio del día y del estrés añadido de que hay que madrugar para ir al trabajo, puesto que la pulsación no entiende de jornadas laborables o festivas. Cuando el maldito corazón de la fiesta empieza a palpitar, tanto le da lo que suceda al día siguiente. Este año, la novedad es ese concurso de pinchadiscos (diyéis les llaman ahora), en el que cada noche es uno diferente el que toma el mando de la bomba. Y encima, con el estímulo de superar a sus competidores, lo que por lo visto consiste en añadir decibelios. Para los que votan, pero también para los que oyen sin querer oír: enfermos, ancianos, niños, trabajadores, que al otro lado de las casas reciben toda la carga de decibelios casi sin merma, por algún misterio de la física. Y así, emparedado entre las dos piezas de la cinta de embalar, como anoche y como mañana por la noche, durante más de una semana, el hombre intenta fingir que no oye, intenta dominar el cabreo para reducir la frecuencia de su propio corazón y de este modo dormir algo y no estar tan cansado cuando suene el despertador, sólo unos minutos después de que se instale el silencio. De nada vale, ya lo ha intentado, quejarse ni denunciar ni ponerse tapones en los oídos. Es la fiesta, le han dicho en el Ayuntamiento. Un Ayuntamiento débil, dividido, que evita protestas de los jóvenes aceptando lo que propongan, por muy lejos que esté del sentido común, sin poner límites. Demasiado cansado para salir a matarlos, el hombre los maldice desde estas líneas.

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