Más inaccesible que la luna



Uno de los fenómenos más contradictorios que puede generar el ser humano se dio la semana pasada en Chinchilla. Más de cien personas vigilando el incendio de un bosque que en realidad es la diana de un campo de tiro. Si no lo entiendo mal, eso quiere decir que los militares se entrenan disparando a ese pedazo de tierra que sólo disfrutan con ellos los escarabajos, las perdices y los conejos. Que se acumulan proyectiles sobre el lugar, generando explosiones tal vez dirigidas a un enemigo imaginario, tan bien camuflado, tan perfectamente integrado entre la verdura y el polvo, que el polvo y la verdura son en realidad los enemigos contra los que hay que dirigir las ráfagas, contra los que hay que apuntar los obuses. Eso en tiempo de maniobras. El resto del año, si se pudiera, se cubriría el campo con una lona de invisibilidad para que nadie lo vea ni se acerque. Para que no exista.

Y de pronto, un día de julio, ese enemigo natural, ese espacio imaginario, se incendia. Por lo que dicen, solo. Posiblemente un proyectil, de tantos fallidos como yacen sobre los socavones, ha decidido explotar a destiempo. También hay quien afirma que estaban disparando a la vegetación en la misma época en que es delito encender barbacoas. El caso es que una vez prendido el fuego, a ver quién es el guapo que se aventura a pisotear la chatarra esparcida, no sabe si muerta o dispuesta a morder. Quién se juega la vida para salvar unos cuantos árboles. Nadie. Ni siquiera después. Nadie se adentrará entre las cenizas a ver por qué empezó. Sería demasiado peligroso. Esa parcela en realidad no existe. Para los humanos es más inaccesible que la luna, cuyas primeras huellas cumplen cuarenta años.

Según cuentan las crónicas, lo que han hecho los servicios de extinción ha sido rodear el perímetro del campo y no dejar que escaparan las llamas desde lo imaginario a los pueblos reales que sufren las detonaciones, Pozo Lorente, Hoya Gonzalo e Higueruela. Hartos de ver películas donde estallan selvas enteras, son masacradas las islas y los campos quedan reducidos a pavesas, no parece una gran pérdida mil hectáreas de bosque. Un accidente. En cambio, los que lo observaban permanecían como hipnotizados asistiendo a un espectáculo estremecedor. Ver desde la impotencia el bosque en llamas, oír crepitar los árboles, oírlos quejarse casi como seres humanos, sentir que el viento es dueño de la situación, sufrir la incertidumbre, el temblor de que un cambio de dirección pueda traerlo hacia nosotros, saber que cambia el paisaje tal vez para siempre. Eso no se olvida jamás. Y a uno le parece que un solo árbol, aunque sea un pimpollo enclenque, crecido entre explosiones, acostumbrado a sobrevivir en una guerra imaginaria, merece toda la atención. Merece vivir para que vivamos.

La fotos son de J.M.Esparcia y el Juli, respectivamente

1 comentario:

Rubén Martín Díaz dijo...

Muy buen artículo, Arturo. Por lo demás, es decir, por lo que comentas, sobran las palabras. Tú ya lo has dicho todo...

Que disfrutes del verano.

Un abrazo