El tanquista


Como a veces les ocurre a los artistas, a Gerda Taro le llegan el éxito y la fama después de la muerte. Sesenta y dos años después. Sólo tenía veintiséis cuando se soltó del vehículo al que se había encaramado para huir de Brunete. Bajo el acoso de la aviación franquista, aquello era un sálvese quien pueda. Y ella tuvo el infortunio de caer al camino en medio de la desbandada. Un tanque le pasó por encima. Ni siquiera fue rápido el desenlace. Aún tuvo la entereza de sujetarse los intestinos mientras la trasladaban al hospital inglés de El Goloso, donde vino a morir en la madrugada siguiente. Todo ocurrió en la tarde de un domingo de verano, el 25 de julio de 1937. Seis días más tarde hubiera cumplido 27 años, la edad en que la mayoría de los jóvenes de hoy están por salir del cascarón.

Había unido su destino al de André Friedmann, un judío húngaro algo tosco que jugaba bien al póquer y se ganaba la vida como fotógrafo de guerra. De ella fue la idea de que cambiaran sus nombres. Gerda sustituyó el apellido Pohorylle, que había heredado de su familia alemana, por el más eufónico de Taro, para sonar a Greta Garbo. André se hizo llamar ya para siempre, hasta que pisó una mina vietnamita en el 56, Robert Capa. Mezclaron sus fotos de tal modo que ha sido difícil distinguir quién de los dos apretó el percutor en cada una. Para nosotros Capa es un mito por congelar la muerte de un miliciano en Cerro Muriano el 5 de septiembre del 36. Vivió más, pero escribir su biografía es desenterrar a Gerda, justo lo que está sucediendo con Esperando a Robert Capa, de Susana Fortes.

Y lo que son las cosas, el renacer de la Taro rescata otros olvidos. Con emoción inesperada leímos el domingo en El País un artículo de Jacinto Antón, datado en Cenizate. Cuenta que el tanquista que mató a la fotógrafa era, mira por dónde, de Albacete. Se llamaba Aníbal Suárez. Ni siquiera se enteró. Había demasiado alboroto y la visión desde el tanque debía de ser muy limitada. Se lo dijo otro tanquista que venía detrás, el también albaceteño Fernando Plaza: “¡Te has cargado a la francesa!”. Así conocían todos a la alemana Taro. Se lo gritó de tanque a tanque un rato más tarde, cuando se detuvieron para reorganizarse. Conducían sendos T-26 de fabricación rusa.

En la vida no hay personajes secundarios, cada cual es el protagonista de la suya. Fernando Plaza salvó su peripecia contándole a su sobrino Fernando Cambronero lo que había visto. Y el sobrino también heredó las fotos. En una de ellas se ve a Aníbal subido al tanque. Fernando Plaza la había salvado escondiéndola en sus botas al ser prendido al final de la guerra. El sol de julio al que entorna los ojos sigue brillando 62 años después. Se lo debemos a una biografía y a un puñado de intermediarios, todos ellos imprescindibles.

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