Profetas, al paro


Saber qué va a pasar antes de que suceda, ese es el gran sueño de todos los que aspiran a un pleno en la quiniela, que en el fondo somos todos. Pero, o bien nadie ha conseguido ir tan lejos en el tiempo, ni siquiera cinco minutos más allá del presente, o si alguien lo ha logrado se estará guardando la información para no compartirla. Y sin embargo afloran por doquier los profetas. Algunos con un predicamento inmerecido, como los grandes gurús de la economía, que resultan ser científicos del pasado pero astrólogos del futuro. Predijeron explosiones de burbujas y crisis a mansalva cuando ya estábamos empantanados en ellas y ahora no paran de adelantar que están naciendo brotes verdes de un árbol que no sabemos cuál es, pero que nos va a sacar del aprieto, aunque sea haciéndonos sangrar con sus espinas. Vamos, pura parábola, casi poesía bíblica.

Más modestamente yo me conformo con pequeñas averiguaciones que no predicen el futuro, sino que confirman el presente. Por ejemplo, el domingo por la mañana, salí a la calle, me asomé al silencio que reinaba en Chinchilla y de inmediato supe que había elecciones. El mérito es escaso, dirán algunos, hartos de tragar propaganda electoral antes de los telediarios y durante los telediarios. Da igual que no me crean: yo hubiera sabido que había elecciones aunque no hubiese oído la radio ni visto la tele ni ojeado el ordenador en meses. Por el olor. Las elecciones huelen y entran en el dominio de los sentidos, por lo que se pueden intuir sin lugar a dudas, como presienten los animales un terremoto o las abejas la caída de un rayo. Por eso la meteorología se ha convertido en una ciencia casi exacta y el domingo ya sabían en Roland Garros que iba a llover a las cuatro, como efectivamente ocurrió.

También las elecciones entran ya en el terreno de los sentidos. Los políticos ya ni siquiera se molestan en prometer lo que harán, pues (en un alarde de anticipación) se huelen que con promesas no van a convencer a nadie y se aplican en desacreditar a sus rivales, lo que al menos les granjea la lealtad de los suyos. El resultado no se decide por el número de los que cada uno ha convencido, sino por el número de entre los suyos que han conseguido arrastrar hasta las urnas. En unas elecciones que parecen de segunda, como las europeas, ganan siempre las derechas de las que, como dice Pilar Bardem, “votan siempre todos, hasta los muertos”. La única emoción consiste en saber por cuánto ganan. Y ahí advertimos la diferencia entre las profecías y las estadísticas, que no sustituyen a las elecciones porque no aciertan nunca, o aciertan poco.

En cambio, cuando alguien se molesta en adivinar el pasado, nos vacuna contra el futuro y sobre todo nos despeja el presente. Nos explica por qué fallaron los augures. Por eso me ha gustado mucho el libro de Javier Cercas sobre el 23 efe. Porque explica por qué fallaron absolutamente todos en su predicción de que iba a ser el general Armada el que sustituyera a Suárez. Porque explica que nuestra democracia empezó siendo una chapuza y que nos libramos por los pelos de perderla en el año 81, cuando nadie hizo nada por evitarlo y sin embargo muchos nos pusieron en peligro con sus pequeñas y mezquinas ambiciones. Recién leído Anatomía de un instante, el domingo pasado, salí a la calle y me llené los pulmones con el olor a democracia, como si llevara veinticinco años sin sacar la cabeza del agua. Como si acabara de descubrir la democracia. Luego ya voté y volví a sumergir la cabeza en este pantano de certezas donde no se necesitan profetas para saber quién ganará las europeas ni a qué hora va a llover en Roland Garros. Lo de las quinielas, en cambio, que eso sí que nos importa, sigue sin haber quién lo anticipe.

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