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Por herencia familiar, pertenezco a una estirpe de sedentarios. Los tiempos han cambiado. Los sedentarios de ahora no vivimos vigilando con un ojo el ciclo de las estaciones y con el otro su reflejo en la cosecha. Más bien transitamos por un circuito semanal de calles, personas, programas de televisión, tareas y habitaciones del que rara vez salimos. Aún así no enfermamos de monotonía. Hemos aprendido a disfrutar de los matices, de los pequeños cambios que nos ofrecen las estaciones, de los libros que se suceden en la mesita de noche, del estado de ánimo de las personas con las que tratamos y del inevitable progreso de los acontecimientos: los hijos crecen, se emancipan, los cursos se ponen al rojo vivo en junio, nuestra imagen cambia en los espejos, nuestro propio estado de forma cambia también y ya no nos recuperamos con la misma celeridad de una noche en blanco o de una media maratón. El entorno contribuye: Chinchilla envuelve mi casa con una sucesión de ritos que jalonan el calendario, mientras que internet me da la ocasión de conversar casi a diario con personas que jamás hubiera conocido si no existiera este invento.

Una de las estaciones obligadas de mi circuito incluye consultar lo que me cuentan unos cuantos amigos de mi generación, que poco a poco han ido accediendo a los diarios locales y cuya opinión forma ya parte de mi rutina. Por supuesto no escriben para mí, sino para ellos mismos en primer lugar y para todos los lectores que quieran compartir su agudeza. Les ha costado (nos ha costado) hacerse sitio en los diarios, todo hay que decirlo (estamos todos más allá de la cuarentena) pero creo que nuestra aportación, al lado de maestros que ya son legendarios en la opinión albaceteña, como Pepe Sánchez de la Rosa, Ramón Bello Bañón o Domingo Henares, por citar algunos de los más admirados, espero que refresque al menos la manera de mirar las mismas cosas.

A mí Antonio García Muñoz me ayuda a aceptar el regreso de los lunes, con su dietario de la semana precedente engranado en una prosa chispeante, tan mordaz que a veces nos pone los pelos de punta. Y no entiendo los martes sin asomarme al Puente que nos tiende León Molina, con el aroma del tomillo y del romero de Yetas enredado en la escritura, pero también con reivindicaciones necesarias que se habían despistado en la letra comarcal de las noticias. Y aún no he llenado los miércoles y los jueves, pero para consolarme llegan los viernes iluminados con las leyendas cotidianas de Eloy M. Cebrián, que mezcla imaginación con realidad, agudeza con mala leche, y nos los sirve aliñados en su prosa exquisita; y la columna de José Juan Morcillo, su apunte sobre la palabreja de la semana en el que aclara de qué tiempos remotos ha venido a sentarse a nuestra mesa; y llega también los viernes Gregorio Salvador con sus advertencias y descreimientos sobre la política y la misma enseñanza en la que militamos.

Cada uno de ellos tiene para mí tanta importancia como esos cuervos cuyo vuelo escrutaban antes de partir los ejércitos de la Edad Media, teniendo muy en cuenta si se posaban a la derecha o la izquierda del camino antes de decidir qué paso dar. Todos ellos son jalones imprescindibles en la odisea que va desde el lunes hasta que el oleaje del viernes me arroja agotado a la playa del fin de semana. Tanta importancia como Manuel Vicent o Juanjosé Millás, a quienes también consulto con fervor religioso. Encontrándolos en su sitio, cada uno en su diario, parece que la semana está completa, que todo sigue en orden en la casa y que podemos seguir enfrentando con serenidad nuestra provinciana (que nada aburrida en absoluto) existencia.

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